CAMINEO.INFO.- La relación hombre-Dios siempre ha ocupado un lugar central en la vida y la historia de la humanidad. Negar a Dios ha sido una constante a lo largo de la historia, sea por ideologías o regímenes políticos. Sin embargo, el tema de Dios siempre reaparece como una dimensión espiritual del hombre que, a pesar de su distancia o negativa, siempre es un buscador de trascendencia y plenitud. Dios no limita al hombre, sino que lo abre a dimensiones totalmente nuevas y creativas en todos los aspectos de su vida. Dios lo libera de toda atadura que lo empobrece, y lo hace más humano.
Este diálogo de encuentro entre Dios y el hombre pasa, necesariamente, por nuestra libertad. Dios está, pero no obliga. Aquí radica la dignidad del hombre y la grandeza de Dios. Cuando ambos se encuentran en la libertad del diálogo, se abre un mundo nuevo que potencia la riqueza del hombre y comienza a ser visible la presencia de Dios. La gloria de Dios es la dignidad del hombre. Dios no ocupa su lugar, lo acompaña. Por ello, la mayor ofensa a Dios es destruir su obra maestra. No podemos decir que alabamos o servimos a Dios, si despreciamos o excluimos al hombre: la verdadera fe en Dios es respuesta a Él y compromiso con la dignidad de todo hombre, que se convierte en el fundamento de una vida y de una conducta nueva.
El evangelio de este domingo nos presenta la parábola de aquel Rey que invita a una Fiesta. Los invitados somos todos. Qué linda imagen, Dios invita a una Fiesta porque quiere compartir la alegría de su Vida con nosotros. Es cierto, hay que estar preparados nos dice el texto, tener el traje de fiesta, esto no hay que olvidarlo, porque nos habla de las disposiciones que debemos tener, que a veces pueden significar renuncias y otras esfuerzos. La Fiesta a la que nos invita el Señor, por otra parte, ya ha comenzado en esta vida. Es decir, no tenemos que esperar para vivir esta nueva realidad a un mundo futuro, el encuentro con Dios, que es el centro de esta invitación ya ha comenzado con la venida y la presencia de su Hijo Jesucristo. Viviendo con él en este mundo, ya participamos de esta Fiesta que nos abre a una esperanza de plenitud.
A esta Fiesta el cristiano la celebra cada domingo, cuando vamos a Misa y nos acercamos a la mesa del altar para participar de la Vida de Dios. Esta certeza era tan viva en los primeros cristianos que ellos decían: “No podemos vivir sin participar cada domingo en la Misa, en la Fiesta del Señor”. Ellos habían comprendido el sentido y la alegría de esta invitación que, además de enriquecerlos a ellos, los hacía miembros vivos de una comunidad que se convertía en el testimonio de la presencia viva de Dios. Comprender esto significa que ser cristiano no es ir a Misa para consumir algo solo para mí, individualmente, con algo de egoísmo, sino en participar de una comunidad llamada a vivir y a comunicar esta riqueza que hemos recibido de Dios.
Deseando que cada fin de semana nos encontremos para participar de esta Fiesta a la que el Señor nos invita, para transformarnos y hacernos testigos de su Vida, les hago llegar junto a mis oraciones mi bendición en el Señor.