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CAMINEO.INFO.- Monseñor Jaume Pujol Balcells


La confesión frecuente


Monseñor Jaume Pujol Balcells, Arzobispo metropolitano de Tarragona
14-10-2008

CAMINEO.INFO.- El 11 de agosto de 1961, siendo Papa, Juan XXIII, evocando las prácticas espirituales que acompañaron su vida, escribió en su dietario: “Ante todo confieso a Dios todopoderoso. Durante toda mi vida he sido siempre fiel a la confesión semanal”.

La Iglesia tiene un mandamiento de mínimos según el cual “todo fiel llegado a la edad del uso de razón debe confesar al menos una vez al año los pecados graves de que tiene conciencia”, aunque advierte: “Quien tenga conciencia de hallarse en pecado grave que no celebre la misa ni comulgue el Cuerpo del Señor sin acudir antes a la confesión sacramental…”
Angelo Roncalli no se contentaba con esto. Y Juan Pablo II tampoco. Su secretario, Stanislao Dziwisz, dice en su libro “Una vida con Karol”: “La misma importancia que daba a la oración se la confería a la confesión. La consideraba no sólo la manifestación de los pecados, sino, antes que nada, el perdón y la redención de éstos por parte de Dios, y por tanto la fuerza que ayuda a llevar una vida honesta, virtuosa. Se confesaba todas las semanas”.

¿No resulta exagerada esta frecuencia, podría preguntarse alguien que confundiera la sensibilidad con el escrúpulo? Pero quien plantea esta objeción ve como cada semana se hace limpieza de su casa o él mismo quizá se ducha cada día. La confesión no requiere materia grave, pecados mortales; habitualmente bastará dolerse ante de Dios y solicitar su perdón por los veniales, por las faltas de amor y de servicio a los demás, por las omisiones por egoísmo o por comodidad.
En cualquier caso para la confesión se requieren unas condiciones: la primera es la contrición, el dolor del alma, la detestación del pecado, es decir el arrepentimiento. Un examen de conciencia nos facilita darnos cuenta de nuestros fallos.

La confesión al sacerdote, que en aquel momento hace las veces de Cristo, constituye parte esencial del sacramento. En circunstancias normales es insustituible. Para ello dispuso Jesús que haya ministros ordenados y la Iglesia siempre interpretó aquellas palabras suyas “A quienes les perdonéis los pecados, les serán perdonados…” como la necesaria presencia de un sacerdote que absuelve en nombre de Dios y que con este sencillo gesto, trazando una cruz, es la garantía material para nosotros de que aquellos pecados expuestos han sido borrados.
Los sacramentos no eran siete y ahora son seis. El Vaticano II y todas las declaraciones posteriores han insistido en la necesidad de este sacramento del perdón que nos restituye la gracia y nos une con Dios en una profunda amistad. El decaimiento que ha tenido su práctica en la Iglesia está muy ligado a la pérdida de sentido del pecado. Es su consecuencia y también su causa. Una persona que, en ejercicio de humildad, se arrodilla y pide perdón se hace más delicada en el trato con Dios y con sus hermanos que le rodean en su vida diaria.


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