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¿Por qué la aversión de la izquierda por España?: «Nuestra historia está empapada de catolicismo»

 
Fri, 08 Jun 2012 16:03:00

O cómo "la catolicidad española impide que prosperen los mensajes basados en la xenofobia"; así una extrema derecha laica no podría arraigar.

El historiador Fernando Paz está siendo una de las sensaciones agradables de la Feria del Libro de Madrid gracias a su ensayo de divulgación histórica «Antes que nadie» (LibrosLibres).

Nos desvela el por qué la izquierda española tiene tanta distancia con el proyecto nacional, o la imposibilidad de que pueda arraigar una extrema derecha al estilo europeo, precisamente por nuestra identidad católica como sociedad.

- Señor Paz ¿qué es “Antes que nadie”?
- Antes que nadie es un intento de recuperación de una serie de episodios de la historia de España que habían quedado ocultos, en el mejor de los casos, debido al brillo de ciertos hechos y personajes de nuestro pasado que nos habían deslumbrado.

- ¿Y en el peor?
En el peor, podemos admitir que habían quedado ocultos tras una gruesa capa de roña producto de la desidia y la ignorancia.

- Hay entonces un sentimiento de vergüenza con respecto a la historia de España…
- Se ha determinado una descalificación global de periodos enteros de nuestro pasado, se propone la Reconquista como algo “insidioso”, execrable, evitando incluso el término; se proscribe la utilización de la palabra “España” hasta que resulta insoslayable hacer referencia a ella, y se valoran ochocientos años de edad media por la capacidad de convivencia entre las tres culturas. Que hay un rechazo de lo específicamente español no es una opinión, sino la constatación de una evidencia.

Se trataría, eso sí, de un sentimiento de vergüenza inducido. No sólo con respecto a la historia de España, sino con el hecho mismo de ser español.

- Usted dice que es algo inducido y que alguien lo ha determinado de este modo, pero ¿cómo se induce y quién lo ha determinado así?
- El poder político se ha facultado a sí mismo la capacidad de imponer una interpretación oficial de la historia que, naturalmente, conforma a su conveniencia. El objetivo es la ocupación del espacio público, desde la academia hasta los medios de comunicación, pasando por la educación, y la consecuente imposición de un discurso fuertemente ideologizado. De este modo, la historia se convierte en un arma de control ideológico.

- Hay una especie de reflejo entre los usos de la élite dominante y la cultura oficial.
- Es inevitable observar un paralelismo entre la renuencia de las instancias oficiales y oficiosas a mentar a España (sustituida por “este país”) y la feroz resistencia de la historiografía oficial a considerar la existencia de España antes del siglo XIX o, en el mejor de los supuestos, del XVIII (que truecan por “monarquía hispánica”).

- ¿Es que la izquierda no puede ser patriota?
Toda la historia de España gira en torno a su identificación con el catolicismo. La ausencia de una revolución liberal que refundase España en el siglo XIX, capaz de recrear la nación desde unas bases laicas, ha impedido que la izquierda pueda reconocerse en un proyecto nacional que, por serlo, está empapado de catolicismo hasta el tuétano. Sin catolicismo no hay España; habrá otra cosa, pero no España.

El resultado es que la izquierda española no es patriota y no quiere serlo. El único izquierdista burgués de alguna altura que se propuso fundar una especie de patriotismo progresista, tuvo que comenzar proclamando aquella estupidez de que “España había dejado de ser católica”. Y ya sabemos cómo acabó.

- ¿Y el nacionalismo?
- Es una de las grandes lacras de España; en el plano político, quizá la mayor.

- Pero usted considera positivo el patriotismo…
- El patriotismo es un acto de la voluntad, que nace de una convicción profunda; aunque a menudo se presenta cargado de emotividad, en sí no es un sentimiento. El nacionalismo, en cambio, es pura sentimentalidad. El nacionalismo es un concepto político. El patriotismo, por el contrario, es pre-político, y se define como la solidaridad en la historia de un pueblo con un destino propio que le diferencia del de los demás.

El patriotismo no pasa necesariamente por construir una nación, sino por legar a nuestros descendientes un futuro mejor; para el nacionalismo, en cambio, lo importante es que esos descendientes crezcan en el seno de la comunidad nacional, aunque esta sea una ruina moral y material. Lo decisivo es que sea una comunidad política independiente.

Pero el nacionalismo es solo un problema porque los españoles hemos hecho dejación de nuestros deberes.

Ante una España decidida, el nacionalismo se desvanecería como la pesadilla que es: el mal sueño de una oligarquía regional que defiende un haz de intereses egoístas.

Porque, en España, el nacionalismo es la protesta de los privilegiados.

- La evolución contemporánea de la historia de España ha producido el nacionalismo y la izquierda antinacional ¿Tiene otras implicaciones en nuestra historia esa ausencia de revolución liberal durante el siglo XIX?
- Pues sí, la naturaleza de las organizaciones de carácter nacional, eso que llaman por ahí –con una imprecisión notable- ultraderecha o extrema derecha, también se ve tremendamente limitada (o matizada, si se prefiere) por el carácter profundamente católico de España. Aquí resulta difícil imaginar, hoy por hoy, una extrema derecha laica, al estilo de lo que sucede en Francia o en Holanda, acaudillada por una divorciada o por un homosexual.

La catolicidad española impide que prosperen los mensajes basados en la xenofobia; la Iglesia socorre a los desvalidos, vengan de donde vengan y hablen el idioma que hablen. Además, es que nuestra emigración habla español, y eso evita que se suscite en nuestro país un rechazo equiparable al que produce la magrebí en Francia.

Lo nacional en España ha de sostenerse sobre el sustrato católico o, sencillamente, no será nacional.

- ¿Corre hoy verdadero peligro la unidad de España?
- Creo que esto es evidente. Hay regiones de España donde confesar afecto hacia la patria común tiene consecuencias muy negativas. Ya hay generaciones que han crecido odiando a España o, en el mejor de los casos, desentendiéndose de su suerte.

De muchas regiones españoles se ha borrado hasta el nombre de España. Durante años nos hemos hecho los distraídos porque el proceso de integración europea parecía hacer superfluo el combate contra el separatismo; ahora que esto se ha revela una ilusión, reverdece la ofensiva separatista que, realidad, jamás ha cesado.

Entre tanto, España se ha convertido en un tabú, y en torno a ese tabú se ha construido el imaginario colectivo de una nación estafada.

Pero creo que España puede ser más difícil de derribar de lo que algunos piensan. Eso sí, en el futuro, el esfuerzo que habrá que hacer para renacionalizar España habrá de ser tanto más grande cuanto que su deconstrucción ha ido ciertamente muy lejos. Y ya no se podrá hacer, desde luego, desde los supuestos del sistema que nos ha conducido a esta situación. Razón de más para comenzar lo antes posible.






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