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El viento de poniente se vuelve sagrado
cuando trae al cementerio, el toque de campanas
que anuncia la Oración del Ángelus
por mares y tierras, montañas y ciudades.
El sol alcanza ya cenit de luz
y el silencio de tumbas y nichos
se puebla de un murmullo apacible
de familias que están junto a los difuntos,
para rendirles culto de oraciones y flores
en el día de amor a los santos del cielo,
consagrados por Dios para la eternidad.
Duerme el cementerio,
duerme en ondas de luz y de muerte,
duermen en el sueño de la Resurrección,
nuestros familiares y amigos, ya difuntos,
difuntos de ayer y hoy
y de nuestro mañana junto a ellos
en olvido de lamentos, dolor y sufrimientos,
en olvido de goces y alegrías.
Sobre las lápidas del Campo Santo,
se graban los recuerdos para siempre
con la fe de las cruces y de los crucifijos,
con amor al Sagrado Corazón de Jesús
y las advocaciones a la Madre de Dios.
Tiemblan los labios ante los sepulcros
y palpitan las almas en el rezo.
Es la liturgia de nuestra memoria
que une a los vivos con quienes no han muerto.
Cesa el viento sagrado de poniente,
y un eco de campanas en plegaria
acompaña a imágenes, flores y epitafios
que se marchitarán mañana con la muerte,
como todos nosotros cuando seamos difuntos,
difuntos pero santos junto a Dios.
(Del poemario: Liturgia de la memoria).