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Portada:: Reflexión en libertad:: Pedro Luis Llera Vázquez:: Por el derecho a una muerte digna: mi abuela Eloísa

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Por el derecho a una muerte digna: mi abuela Eloísa

 
Sat, 12 May 2012 20:02:00

Llevaba grabados en las arrugas de su rostro los sufrimientos de una vida larga y dura. Había criado a sus cuatro hijos en los tiempos difíciles del hambre y la guerra. Trabajó mientras pudo. Sacó adelante a su familia junto al abuelo Rogelio. Tuvo que despedir a sus hijos uno a uno y ver cómo todos dejaban el pueblo para buscar un futuro mejor lejos de casa. Así se quedó sola, con el abuelo y conmigo. Ellos me criaron y me enseñaron casi todo lo que sé; seguro que lo más importante: a vivir como una persona decente, a ser honesto, a cumplir siempre la palabra dada, a buscar siempre la verdad; a esforzarme, a creer en mí mismo y en Dios; y a querer entrañablemente a la Santina, a la que visitábamos cada verano en Covadonga, con la tartera llena de filetes empanados guardada en una bolsa. La Santina de Covadonga era (y sigue siendo) una más de la familia: una madre buena que nos cuida. Lo que soy, a ellos se lo debo. A ellos y a mis padres, que también trabajaron duro durante muchos años para pagarme unos estudios y sacarme adelante.

Aquel verano del 86, yo tenía veintidós años y acaba de terminar cuarto de Hispánicas. Una llamada telefónica nos ponía en marcha a mi madre y a mí: mi abuela Eloísa se moría. Era cuestión de horas. Aquella maldita y revirada carretera que conducía desde Gijón a Colunga nos condujo a toda velocidad hasta Gobiendes, donde mi abuela agonizaba. Ya llevaba tres años luchando contra un cáncer que la iba consumiendo lentamente. Ahora parecía que había llegado su hora. En su cama, yacía inconsciente mi güelita. Había perdido mucha sangre y se moría. Yo no me aparté de su lado. Nunca se me olvidará aquella noche que pasé en vela, sentado en el suelo, junto a su cama, con su mano entre las mías. «Güelita, no te mueras. Te necesito. Señor, cuida de ella. Si quieres llevarla contigo, seguro que será porque es lo mejor para ella. Pero si no, ayúdala a salir de esta agonía». Fue la noche de Viernes Santo más intensa de mi vida (y en pleno verano).

No había esperanza. El médico les había dicho a mis padres y a mis tíos que probablemente no saldría de aquella noche. Pero no fue así. Se pasó varios días sumida en aquel sueño profundo. Pero despertó. Y poco a poco volvió a comer y a hablar y a vivir y a ser feliz junto a los suyos.

Después de aquel susto, mi abuela todavía resistió un año más. Y pudo verme acabar la carrera. Murió en agosto del 87, un año después de haber sido desahuciada. Pasamos juntos una Navidad más en nuestra casa de Gijón. El cáncer no se curó, obviamente. La enfermedad le concedió una tregua de un año. Un año más de vida plena y feliz, a pesar de la enfermedad. Un año más de amor. Dios me la dejó prestada un año más porque a mí todavía me hacía mucha falta. Yo aún no estaba preparado para separarme de ella. Todavía ahora las lágrimas me obligan a quitarme las gafas ante la pantalla del ordenador mientras escribo torpemente estas líneas. Yo la quería tanto. No. Todavía la quiero. Y la querré mientras viva y espero algún día volver a abrazarla y besarla y decirle lo mucho que la quiero. Estoy seguro de que, desde el cielo, ella aún me quiere y me cuida. Y sabe lo mucho que la amo. En los cuatro años que duró la enfermedad, nunca la vi quejarse. Nunca la oí protestar ni renegar de la vida. Nunca perdió la esperanza ni la fe. Afrontó la enfermedad con la misma dignidad con que había afrontado toda su vida. Murió como había vivido: con la modestia de una persona sencilla y decente. Murió una noche de agosto sin hacer ruido, sin molestar a nadie; rodeada del amor de sus hijos y de sus nietos. Todos la querían y la respetaban. Ella era el alma y el corazón de su familia. Tampoco podré olvidar nunca aquella noche que murió la abuela Eloísa. Entonces también lloré mi pena paseando solo por el muro de San Lorenzo y mi dolor se desposó con la mar para siempre.

Por eso, cuando leía hace poco en un periódico cómo un reconocido escritor había acabado con la vida de su madre, enferma de cáncer, para evitarle el sufrimiento y proporcionarle una «muerte digna», no podía dar crédito. Yo jamás podría haber hecho una cosa así para acortar la vida de mi abuela. Mi abuela murió con dignidad porque había vivido como Dios manda: con decencia. El sufrimiento es consustancial a la propia existencia porque vivir y amar conllevan inevitablemente el sacrificio. Sólo la fuerza del amor es capaz de darle sentido al sufrimiento. Sólo el amor es capaz de aplacar la desesperación y mantenernos firmes en la esperanza. Sólo el amor da sentido a tantas noches sin dormir por tus hijos, tantas horas de trabajo para mantener a tu familia, tantos desvelos por educarlos y cuidarlos.

El Dios de Jesucristo es ese Amor: Él es la vida y la esperanza. No nos ahorra el dolor ni el sufrimiento, porque tampoco se lo ahorró a su Hijo. Pero gracias a Cristo sabemos que debemos cargar cada día con nuestra cruz y que, sólo desde esa cruz, podemos alcanzar una vida plena y feliz. Es el amor el que hace que una vida sea decente y que merezca la pena ser vivida. Es el amor el que hace que la muerte sea digna. Cristo murió con dignidad porque vivía en el amor incondicional del Padre. Vivir sin que nadie te quiera tiene que ser un infierno. Morir solo, sin una mano que te acompañe, sin un «te quiero», tiene que ser terrible. Eso lo supo muy bien la madre Teresa de Calcuta, que dedicó su vida a recoger a los moribundos de las calles para cuidarlos, acompañarlos y darles el consuelo del cariño y la ternura de sus manos. Así morían sintiéndose queridos por alguien y con dignidad. Como personas. No como animales.

Lo que es desvergonzado, indigno, inmoral y repugnante es matar a una persona (o animarla y ayudarla a que se suicide) y, encima -para colmo de la desfachatez- apelar al supuesto derecho a una «muerte digna» para justificarlo. ¡Qué asco!






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