(CAMINEO.INFO)- En muy pocos lustros las mujeres hemos conseguido revolucionar la historia. El derecho a votar, a opinar, a estudiar, a trabajar fuera de casa, son ya conquistas sin retorno. Gracias al esfuerzo de nuestras abuelas hoy vivimos con naturalidad lo que ayer era asombroso o imposible. Ahora nos urge reflexionar, no dejarnos arrollar por la rutina ni pararnos en lo conseguido. Se nos han abierto tantas puertas para "hacer" que podemos olvidarnos de "sentir", "pensar" y "decidir", que es lo específicamente humano.
Hoy podemos caer en la tentación de renunciar a ser mujer, de creer que el progreso consiste en convertirnos en hombres. Tengo compañeras que fuman como corachas sin importarles su salud, su embarazo o el de sus colegas. Conozco varonas que gritan porque "están hasta los mismísimos..." -fisiológicamente imposible- o se defecan en "su... madre", u otras lindezas semejantes. Esa brutalidad machista ofende los oídos y la sensibilidad de las mujeres trabajadoras que soportamos la brutalidad de esas féminas tránsfugas.
Las empresas, demasiado tejidas todavía por urdimbres machistas, suelen premiar a las maritornes, prepotentes y violentas, porque son más útiles para la competencia instaurada por los varones. Se valora más el empujar que el motivar. Se admira la apariencia más que la laboriosidad o la profesionalidad. Se premia a las que se olvidan de la familia y renuncian al horario. Se cotiza a las que claudican de su maternidad.
Las nuevas conquistas de la mujer van a ser menos espectaculares pero más profundas y enriquecedoras para la humanidad. Se trata de conseguir mayor respeto, igualdad y libertad. Pero sin caer en la trampa de la masculinización y la renuncia a nuestros rasgos propios. Traicionando nuestra identidad nos convertimos en colonias de los hombres -tal vez lideradas por varonas- pero donde ellos siguen imponiendo sus objetivos, sus normas y su estilo.
Ahora nos toca luchar por nuestro ser de mujer, por las grandes riquezas que podemos aportar al mundo. Nuestra delicadeza, intuición, constancia y fidelidad. Nuestra valentía, nuestra responsabilidad, nuestra capacidad de amar y sembrar amor, que es la esencia motivadora por excelencia. Se trata de sembrar vida y cuidarla, no de relegar nuestra capacidad de humanizar.
No podemos renunciar al hijo que nuestro ser de madre reclama. No podemos creernos la mentira de que somos dueñas de nuestro cuerpo porque hemos aprendido a controlar nuestra fertilidad. No podemos renunciar a la verdad de que somos la fuente de la vida. No podemos confundir el amor, que certeramente sabemos distinguir, con el frenesí circunstancial y humillante que nos aliena al desahogo varonil. No podemos renunciar a nuestra dignidad cayendo en el exhibicionismo más primitivo para conseguir prebendas laborales o usar nuestro cuerpo como herramienta para mejorar de fortuna en el trabajo. No podemos consentir que nadie acose nuestra libertad y dignidad por el hecho de ser mujeres, pero tampoco nosotras debemos usar las artes femeninas para acosar, captar y manipular a nuestros compañeros y jefes. Si desarrollamos un trabajo, somos ante todo personas arrimando el hombro para un avance comunitario.
No podemos pretender que se nos valore por nuestra fuerza, ni tolerar que se humille nuestro ser de mujer con la rapiña de quienes solo quieren instrumentalizar nuestras ondulaciones femeninas. Nos urge rebelarnos contra quienes comercian con la atracción femenina, nos degradan y exhiben como muñecas hinchables.
Hay muchos brotes de esperanza. Mujeres bien despiertas que compaginan su buen hacer en la empresa con la cita inaplazable a la puerta del colegio. Mujeres que consiguen realizar su trabajo desde casa para evitar unos meses de guardería al recién nacido. Mujeres que se rebelan ante presiones, manipulaciones e injusticias, dando la cara por todas. Mujeres que han decidido no comprar tal revista o tal producto, que se niegan a ver aquel programa o aquella película, porque comercian con su dignidad o porque se producen con la degradación de otras mujeres. También las hay que han optado, libre y decididamente, por seguir siendo femeninas en un mundo que premia y alienta lo masculino. Las hay con un valor inmenso que, después de estudiar y prepararse bien, han optado por ser jardineras de la vida dedicándose plenamente al cuidado de sus padres ancianos o de sus propios hijos.
Hay muchas, muchas mujeres, que están pintando el mundo con sus colores femeninos. Cuando todos los colores convivan en auténtica libertad el mundo será más pacífico y luminoso.