JAIRO DEL AGUA-Cuentan, en un apócrifo añadido a la parábola, que el samaritano misericordioso (Lc.10, 30) se encontró en Jerusalén con el sacerdote que había pasado de largo. Coincidieron en el curso de doctrina que impartía éste y al que el samaritano asistía regularmente porque tenía deseos de convertirse. Precisamente ese día llegó tarde por haberse parado a socorrer al apaleado. Después de contar la causa del retraso, el sacerdote le contestó que le comprendía pero que la doctrina y la misericordia pertenecen a esferas distintas, que, si quería convertirse en un buen judío, tendría que aplicarse mucho a la doctrina y dejar para los ratos libres su afición a ayudar; la enseñanza es el cimiento, apostilló. El samaritano aquél, que quería y respetaba al sacerdote, se fue triste y -dicen- salió afuera y lloró amargamente.
Nuestros sacerdotes de hoy olvidan o marginan, con mucha frecuencia, las duras palabras que Jesús dedicó a los sacerdotes de “aquel tiempo”. Éstos, los nuestros, se creen indemnes de la tentación de casta, de superioridad, de privilegio; inmunes ante la tentación de letras sin testimonio, de dominación sin servicio, de apagar en vez de encender el fuego (Lc.12, 49). Bien sé que hay sacerdotes y religiosos, jofaina en ristre, que jamás se desciñen la toalla y ante los cuales he gritado: ¿lavarme los pies tú a mí? (Jn.13, 6). Pero muchos otros -conviene decirlo- ceden a la tentación de los opíparos tiempos y se olvidan de la misericordia, del ejemplo, de los signos, de la austeridad y del servicio.
Os contaré una historia real, de ayer mismo, por si pudiera inducir a reflexión sincera. A mí esta historia me ha hecho pupa y me ha cuestionado seriamente sobre la misión, hoy, de nuestros colegios católicos: ¿Es necesario dedicar tantos de los “pocos obreros” (Mt.9, 37 y Lc.10, 2) a enseñar matemáticas, lengua o física? ¿Qué valores, específicamente cristianos, se practican en nuestros colegios? También ha volteado mi austeridad, mi coherencia, mi solidaridad y mi testimonio, aún frente a la contradicción de los buenos. Esta es la historia. El que quiera oír que oiga.
Mi amigo Félix anda estos días cabizbajo, desconcertado, aturdido. A simple vista no le ocurre nada porque nada ocurre cuando el dolor navega otros ríos. Sin embargo él está dolorido, magullado, sorprendido. Le han pisado la coherencia, le han dicho que dos más dos son... ¡depende cómo se mire!
Su hijo mayor termina este año la educación primaria y el colegio ha organizado un “viaje fin de carrera” para celebrar la conclusión de ciclo. Esta actividad extra, de una semana de duración, tiene un coste de 130 ¤, unas 22.000 ptas. de ayer. Félix le ha explicado a su hijo que esa excursión puede ser muy pedagógica y muy divertida -cualquier actividad lúdica bien dirigida puede ser educativa para un niño de once años- pero que iba a poner “NO” en el volante de respuesta al colegio. No le parecía oportuno costear una actividad ni necesaria ni exigida por el plan de estudios. “Me parece un lujo prematuro e insolidario hijo, porque todo lujo es insolidario en un mundo que pasa hambre y muchas necesidades”, le añadió.
Al principio el niño insistió en que quería ir con sus compañeros, que prácticamente todos se habían apuntado, que iba a quedarse solo... Ante la insistencia, mi amigo propuso a su hijo elegir entre esa actividad organizada por el colegio o un cuatrimestre de natación, que ya figuraba en el presupuesto familiar. El niño, como todos los niños, quería las dos cosas y su padre le explicó que la vida es un camino de continuas opciones, que no se puede tener todo, que hay que saber aplicar los recursos limitados de la familia a lo más necesario y más fructífero, sin olvidar nunca a las personas menos favorecidas. Finalmente el niño, con mucha sensatez, eligió la natación porque era consciente de sus mayores y más extensos beneficios.
Fiel a su conciencia solidaria, mi amigo Félix transfirió los 130 ¤ al Domund, durante cuya campaña sucedió esta historia. Después le expuso a su hijo que ese dinero podría haber pagado su excursión colegial pero que consideraba más importante ayudar a los misioneros que hacer un gasto no necesario aún sabiendo las posibles ventajas. Todo parecía solucionado. El niño se conformó y los padres aplicaron su pedagogía casera y su escala de valores.
Pero a Félix le llamó el profesor del niño y le insistió en los beneficios de la excursión, incluso le propuso hablar con el director para recibir una ayuda, si los motivos de la negativa eran económicos. Mi amigo fue a hablar con el director del colegio, le agradeció el ofrecimiento de ayuda y le reveló que la decisión tomada no era por precariedad económica sino por coherencia con la escala de valores familiar. Por encima de un lujo pedagógico, puramente recreativo, había que poner -en su opinión- el socorro a los necesitados; en este momento el socorro a los misioneros y sus misiones. “Si nosotros no tenemos agallas ni ocasión, al menos podremos aportar nuestro dinero para que la obra de los misioneros continúe”, le dijo. El director -religioso y sacerdote- le contestó que ese era un planteamiento simplista, que la educación y la solidaridad pertenecían a platillos distintos, que no se puede mirar constantemente a los necesitados, que había que tomar decisiones al margen de las necesidades ajenas, que le comprendía pero no compartía su criterio y decisión.
Mi amigo me contó que salió del colegio triste, confuso, hundido. Pensaba él que en un colegio religioso comprenderían y compartirían su escala de valores. Al fin y al cabo habían elegido ese colegio para que sus hijos recibieran una educación humana y cristiana. Pero, al parecer, la austeridad y la solidaridad eran valores de cola que había que poner en otro platillo. “Yo -me decía con los ojos humedecidos- no tengo más que un bolsillo donde van a parar las ganancias de mi esfuerzo y el de mi mujer; con ese único bolsillo atiendo las necesidades de mi familia antes que las mías; desde ese único bolsillo canalizo con austeridad lo que hay que gastar y lo que hay que ahorrar para necesidades futuras; desde ese único, reducido y limitado bolsillo me es imprescindible socorrer a los más necesitados porque es imposible mirar a otro lado y sentirse humano. Intento integrar en mi vida todos los valores y me dejo sentir, en cada situación, cuáles son más o menos importantes para decidir en consecuencia. En este caso, me ha parecido más importante aportar un mínimo socorro a las abismales necesidades de los misioneros que mandar a mi hijo a una convivencia para que monte a caballo, aprenda a hacer cestos o experimente el senderismo nocturno. Me ha dolido, y mucho, no sentirme apoyado y alentado por quienes deberían ser la sal de la tierra y los mejores ejemplos de austeridad y solidaridad”.
Desde que mi amigo me contó esta historia, tengo una sarta de preguntas clavadas en mi conciencia como anzuelos. ¿Soy realmente católico -universal- y peregrino de la caravana humana o un competidor individual de la moderna Babel? ¿Qué escala de valores estoy transmitiendo a mis hijos? ¿En qué lugar pongo yo la solidaridad? Me temo que en la bolsa amarilla de los reciclables. Doy, o mejor dicho tiro, lo que me sobra, lo que no me sirve, lo roto y gastado. Con eso -pienso- se puede ayudar a alguien y me quedo tan tranquilo. Mi amigo lleva la solidaridad cosida a su único bolsillo, yo tan sólo la llevo hilvanada al monedero: una moneda aquí, otra allá o acullá y conciencia acallada. No se me ocurre transferir 100, 300 ó 600 ¤ al Domund, a Cáritas u otros organismos de ayuda. Tampoco me acuerdo de ese mínimo 0,7 solidario que todos los hartos deberíamos dedicar a quienes pasan hambre y que nuestros gobernantes se niegan a detraer de las arcas comunes. Me he puesto a calcular ese 0,7 de mi sueldo bruto anual y he sentido vergüenza por no haber decidido antes entregar anualmente esa miseria. ¡Gracias, amigo Félix, por tu dolorida confidencia! ¡Gracias por mostrarme tu bolsillo único!