TOMÁS MELENDO GRANADOS- Cuando, a lo largo de estos años, en cursos, conferencias o conversaciones privadas, he procurado poner a los padres de familia ante la responsabilidad que les compete como agentes de transformación de la sociedad, he advertido en muchos de ellos cierta actitud de desaliento
y de defensa.
Y no es extraño: desde hace ya muchos lustros, la familia viene siendo el centro de los ataques organizados de toda una civilización.
Entre esas asechanzas cabría incluir las afirmaciones expresas de un Nietzsche o de un Lenin, las más cercanas de un Gramsci o las actividades de los Gobiernos de un buen número de países, incluso muy próximos a nosotros, todas ellas en desdoro de la familia y, muy en particular, de la mujer…
Pero más directo y decisivo es echar un vistazo a los dos sistemas que durante los últimos ciento cincuenta años se han disputado la hegemonía en Occidente: el comunismo y el capitalismo liberal. El estatalismo igualitario del primero y el individualismo atroz del segundo han pretendido reducir a la familia a casi nada. Y el intento actual de legalizar modelos «alternativos» al matrimonio —parejas de hecho, homosexuales, familias monoparentales, etc.—, así como las dificultades por las que suele atravesar cualquier pareja joven para obtener un puesto de trabajo o una vivienda, o las de la mujer para hacer compatibles las labores fuera y dentro del hogar, constituyen elementos suficientes para apoyar la afirmación que acabo de sostener: en el mundo de hoy, con mayor o menor conciencia, la familia se ha convertido en diana a la que llegan venablos envenenados desde casi todos los rincones de la sociedad.
Y no es cosa de ahora. Hace más de medio siglo, Charles Péguy dejó constancia de una situación, que en el momento presente puede aplicarse del mismo modo al varón y a la mujer: «Solo hay un aventurero en el mundo, como puede verse con diáfana claridad en el mundo moderno: el padre de familia.
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