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CAMINEO.INFO.- Miss Elena de Borón, consagrada del Regnum Christi, con dos alumnas del Colegio CECVAC.

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Testimonio,De princesa a esposa de Rey


06-12-2007

Testimonio vocacional de la Srita. Elena de Borbón: «Poco a poco me fui dando cuenta de que podía darles una cobija, comida, pero todo eso se acababa; sin embargo, cuando les daba a Dios, tenía la certeza de darles algo para siempre».

Miss Elena de Borbón (tercera de izquierda a derecha) con el personal directivo del Colegio CECVAC de Monterrey. Ampliar imagen

Elena de Borbón nació el 9 de septiembre de 1973 en São Paulo, Brasil. Un 25 de diciembre, 25 años después, en la capilla del centro de formación de São Paulo consagraba su vida a Dios en el Movimiento Regnum Christi. Realizó los primeros años del período de formación en Madrid. Desde el año 2001 realiza su apostolado en la ciudad de Monterrey, donde es directora del Colegio CEVCAC.

****

Un día, mientras caminaba por el patio durante la primera semana que llevaba en el colegio en el que actualmente trabajo, se me acercó una niña de primaria: «Están diciendo por ahí que tú eres princesa, ¿es verdad?». Le dije «Bueno, la verdad, sí, si esto te hace feliz a ti, sí...». Sus ojitos brillaban, y con alegría ingenua exclamó: «¡Entonces, conociste a un príncipe!». No pude dejar de reírme, y en mi interior me di cuenta de que todo eso ya es indiferente; encuentro en todo la certeza de que soy de Dios, y quiero vivir para su reino. Ser esposa de Cristo es mucho más grande y hermoso de lo que la vida me podría haber ofrecido.

Mi madre es italiana, hablábamos italiano en casa. Mi padre nació en Polonia pero tiene nacionalidad española. Yo nací en Brasil. Mi vocación brota de las raíces profundas de la vida de mi familia, así que no podría contarla sin hablar de ellos.

Mi abuelo paterno, siendo español, nació en el exilio, en Francia. La familia había sido exiliada por cuestiones políticas, pues, formaban parte de la nobleza. Después de algún tiempo, lograron el permiso de regresar a España. Mi abuelo se casó con una polaca y vivió en España, pero al llegar la guerra civil española, otra vez vino el exilio y se fueron a Polonia. Perdieron de nuevo su casa, sus cosas... todo. A los dos años de haber llegado a Polonia, comenzó la 2° Guerra Mundial. Mis abuelos tuvieron que huir y dejar todo: casa, hacienda, bienes... y salir en un coche hacia Roma. Mi abuelo paterno quiso empezar otra vez su vida y por eso decidió trasladarse a Argentina, porque ahí hablaban español, era la misma mentalidad europea y tenían posibilidad de empezar su vida nuevamente. Al llegar a Río de Janeiro, Brasil, la estancia se prolongó una semana debido a unas averías en el barco. Precisamente en esa ciudad mis abuelos se encontraron con unos primos que les invitaron a quedarse con ellos y probar fortuna. Si las cosas no salían bien, podrían ir a Argentina como tenían pensado.

Mi abuela acudía ante el Sagrado Corazón y le preguntaba qué debía hacer, puesto que se trataba de una decisión de familia, una decisión de vida. Un día, mientras rezaba, sintió que debía quedarse en Brasil. Llegada la fecha, partió el barco, pero este explotó y murieron todos los pasajeros. Por Providencia de Dios, mis abuelos no iban en ese barco. Ahí, en Brasil, nací, y ahí prácticamente viví toda mi infancia y primera juventud.

Tenía todo en mi vida: una posición social y económica, un nombre, una gran familia, viajes, amistades... Mi padre siempre me decía que, por lo que representaba, tenía en mi vida más deberes que derechos. Esta es una frase que nunca he olvidado y que marcó y sigue marcando gran parte del sentido de mi vida.

A los 16 años viví una experiencia muy fuerte en mi colegio. Una de mis compañeras murió por sobredosis. Cuando murió, yo me empecé a cuestionar muchas cosas: «¿Qué es la vida? ¿Por qué morir? ¿Por qué el mal? ¿Por qué el dolor y el sufrimiento?». Me daba cuenta de que la vida se nos da como un regalo, como un don magnífico y misterioso, y que la tarea primordial del hombre es descubrir el sentido de su vida. Yo podía seguir yendo a fiestas, divirtiéndome con mis amigos, yendo a la playa o a esquiar, y sin embargo, vivir insatisfecha por no saber el porqué de mi vida. Tenía que ponerme en actitud de búsqueda. Me resultaba indispensable descubrir aquellos valores que harían que mi vida valiera la pena ser vivida.

Un raciocinio lógico para mí era que, si Dios era el sentido de la vida, el único modo seguro de construirla era vivirla junto a Él, de cara a Él, en su presencia y en su amor. Entonces, Dios cobró un sentido mucho más profundo para mí. Pensaba que si mi amiga hubiera tenido a Dios, no hubiera muerto de aquella manera. Surgió entonces en mí el sentido de misión: si le hubiera hablado de Dios tal vez mi amiga no hubiera muerto. Recordaba las palabras de Jesucristo en el Evangelio: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?». No quería que el tiempo de vida que Dios me daba pasara en vano construyendo un edificio que luego se desplomara por haberlo edificado sobre arena.

A raíz de esto, decidí estudiar la carrera de Derecho para luchar por los valores, y la de Diplomacia para trabajar por Brasil, pues palpaba la miseria en la que mucha gente vivía en mi país. Estaba convencida de que no se podía hacer nada que valiese la pena sin arriesgar. Quería luchar por algo mayor, no por unas leyes que luego podrían cambiar. Empecé a concebir la vida como una misión, y surgió en mí la inquietud de buscar algo más trascendente.

Comenecé a trabajar mucho en acción social en Brasil. Formábamos grupos, impartíamos una capacitación, y después íbamos a hacer acción social con el colegio. Un día, en una de esas charlas de formación, fue una chica a hablar de su vida. Ella era periodista. Yo conocía muy bien a su novio. Nos dijo que se iba a consagrar, que iba a dar su vida a Dios. Yo pensé: «pobre, o no está muy bien de la cabeza o hay algo muy grande detrás de eso». Me acerqué, le pregunté de dónde era y le pedí su teléfono por si algún día se me ofrecía algo. Así fue como concebí en mi vida la posibilidad de una consagración, pues nunca antes se me había ocurrido el ser religiosa o consagrada.

Creí que debía darle una oportunidad a Dios. Me parecía que el compartir toda mi vida con el que era mi novio, no era mi camino, no me llenaba a fondo; quizás no era mi vocación la vida matrimonial. La veía como algo precioso, y en el fondo la quería, pero a la vez había algo fuerte en mi corazón que me decía: «Vete a ver lo que Dios quiere de ti». Definitivamente no resultó una decisión fácil; yo disfrutaba mi vida social, mis amistades, mis fiestas y reuniones, y muy especialmente a mi querida familia. Por otra parte, era muy independiente, siempre hacía lo que quería. Estudiaba, trabajaba, hacía lo que me gustaba. No era fácil renunciar a ello. Así que no quise que Dios interviniera en mi vida. En lugar de escuchar a Dios, quise escucharme a mí misma y al mundo. En este momento había llenado mi vida de todo tipo de actividades, trabajo, salir más, viajar por Europa, fiestas, bailes, etc., sin dejar ni un minuto para pensar, en el fondo todo era para no escuchar a Dios.

Pero una inquietud en mi interior me decía que existía algo más grande que todo esto que yo estaba viviendo. Ante eso, trabajé más en las «Favelas» de Brasil. Miraba a esa gente y veía su miseria: caminar por las casas de papel, ver a un niño recién nacido en una caja de leche... Ver tanta miseria me conmovió. Poco a poco me fui dando cuenta de que podía darles una cobija, podía darles comida, pero todo eso se acababa; sin embargo, cuando les daba a Dios, tenía la certeza de darles algo para siempre, para siempre.

México también tuvo mucho que ver con mi vocación. Empecé a trabajar más con los Legionarios de Cristo porque me gustaba la sólida formación que tenían. Yo era muy intelectual, muy racionalista. Participé en Juventud Misionera. En 1995, me invitaron a asistir a la “Megamisión” en México. Fue otra experiencia muy fuerte. Yo, acostumbrada a dar cosas, tenía que dar a Dios en unas misiones de evangelización. Por un lado, sentía una gran impotencia al ver que yo no poseía tanto a Dios, y por otro, volvía la certeza de que si dejaba a Dios en estas personas, dejaría algo para siempre. A partir de esas misiones, comprendí que lo importante no era “mi vida” ni “mis planes y proyectos”, sino los planes y los proyectos de Dios en mi vida.

Acabé mi carrera de Derecho y, por coherencia de vida, dejé todo y decidí ir a ver cuál era mi vocación. Me fui de Brasil a Madrid. Estuve viviendo en el centro de formación de las consagradas del Regnum Christi, sin estar consagrada, porque quería conocer más su vida antes de dar el paso.

Mi hermana, a quien le agradezco su apoyo, su alegría, su cariño, su ejemplo de hermana, cuando le comenté que me iba, me dijo: «¿Cómo eres capaz de dejar todo eso que tú quieres?». La verdad, sentía la fuerza de Dios, la gracia de Dios, la fuerza de la entrega, y la ilusión de hacer cosas grandes en mi vida. No podía ser incoherente con un Dios a quien amaba y conocía. Si la vida es el tiempo en que el hombre construye su eternidad, ¿habrá mejor manera de emplear la vida que consagrarla para ayudar a que otros hombres encuentren la vida eterna? Una vez que tuve claro, en la oración, cuál era mi camino, hice la opción.

La consagración sí es una lucha, es amor y dolor, sin embargo, cuando uno está donde tiene que estar, alcanza una alegría y una paz que llena el alma a pesar de las contrariedades de la vida. La vocación es embarcarse en una aventura que es un ‘sí’ a Dios para todo y para siempre. Ahora puedo decir que he descubierto la verdadera grandeza: ser de Dios. Hoy mi campo es mucho más amplio y por una causa mucho más profunda: vivir para Dios y para que otros conozcan y toquen a Dios y lleguen al cielo. Es una causa que para mí, no tiene precio. Y alcanzo hoy la verdadera libertad, la libertad de ser lo que tengo que ser, y de serlo en plenitud.

Mi vida es una profunda gratitud a Dios. Gratitud a mis padres, a mis hermanos. Gratitud a tantas consagradas del Movimiento que en su esfuerzo diario y escondido me dan testimonio; que en han rezado por mi vocación. Gratitud a tantas señoras y señores que con su generosidad hacen posible nuestra vocación. Gratitud a mis almas que en cada encuentro me revelan el rostro de Cristo.

Fuente: www.regnumchristi.org


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