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Portada:: Habla el Obispo:: Monseñor Antonio Ceballos Atienza:: "Subida a Jerusalén para todos: Itinerario de la travesía pascual del apóstol Santo Tomás"

     






   

CAMINEO.INFO.- Mons. Antonio Ceballos Atienza

"Subida a Jerusalén para todos: Itinerario de la travesía pascual del apóstol Santo Tomás"

Mons. Antonio Ceballos Atienza
Mons. Antonio Ceballos Atienza, Obispo de Cádiz y Ceuta.
Wed, 09 Mar 2011 07:31:00

CAMINEO.INFO.- La cuaresma es el tiempo litúrgico que tiene como finalidad preparar a la Iglesia para la celebración anual de la Pascua, preparación que se alcanza mediante la escucha asidua de la Palabra de Dios, la celebración de los sacramentos, la oración, la limosna, el ayuno y la práctica de las buenas obras, de forma que se consiga la verdadera penitencia, es decir, el cambio de mentalidad y comportamiento.

La cuaresma es un tiempo de gracia y de perdón. La cuaresma llama a la conversión. El carnaval oficial divierte, es decir, distrae de las serias preocupaciones del paro y la situación económica. Pero, esperamos que no distraiga totalmente de lo que, detrás de todo y a la vez más cerca que cualquier cosa está ahí, Dios.

1. Subir a Jerusalén

La subida a Jerusalén es para todos. Vamos a emprender este año 2011 ese camino cuaresmal que nos conduce hasta la Pascua. Un camino en el que ya nos ha precedido Cristo y que la Iglesia tradicionalmente ha concebido como un subir a Jerusalén para participar de su misterio pascual.

El evangelio nos refiere que Jesús tomó aparte a los doce y se puso a decirles lo que le iba a suceder: “Mirad, estamos subiendo a Jerusalén, y el Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas; lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, se burlarán de él, le escupirán, lo azotarán y lo matarán; y a los tres días resucitará” (Mc 10,33-34; cf. Mt 20,17-19; Lc 18,31-33).

Subir a Jerusalén era la expresión usual para la peregrinación a la Ciudad Santa, situada en la altura, pero aquí adquiere una nueva significación como meta del éxodo de Jesucristo, lugar de su pasión, muerte y resurrección.

2. No les puedo engañar

Jesús había tomado la determinación de subir a Jerusalén, y entonces a sus discípulos les abre el corazón y les dice toda la verdad del misterio de la pasión, muerte y resurrección.

Dice el evangelio que Jesús caminaba delante de ellos y ellos se asustaron (cf. Mc 10,32). Los apóstoles no comprendían la decisión con que el Señor se encaminaba a cumplir la voluntad de su Padre... Nosotros debemos pedir luz al Espíritu para que nos haga comprender mejor el sentido de nuestro camino cuaresmal, para que nos haga ver que la cuaresma debe constituir para nosotros unsubir a Jerusalén, siguiendo a Jesús, para celebrar la Pascua en el misterio de su muerte y resurrección.

Cada año vivimos la experiencia de este camino cuaresmal hacia la Pascua; un camino que exige conversión constante, purificación e iluminación de nuestros corazones para poder participar más plenamente del misterio de la muerte y resurrección de Cristo.

3. Nuestra vida cristiana es peregrinación

Pero la cuaresma es también símbolo de una dimensión inherente a nuestra vida cristiana que es peregrinación, de ese camino que estamos recorriendo a lo largo de nuestra vida hasta que en cada uno de nosotros tenga cumplimiento la Pascua definitiva. Hemos vivido ya tal vez muchas cuaresmas y no sabemos cuántas nos faltan hasta que participando del misterio de la muerte de Cristo pasemos a participar del misterio de su resurrección. No debemos echar en saco roto, la gracia que supone esta cuaresma, este tiempo de salvación que la Iglesia nuevamente nos ofrece.

4. Invitación entrañable a hacer la travesía pascual

Como Pastor de la Iglesia que peregrina hacia el reino en Cádiz y Ceuta os invito, un año más, a todos vosotros, presbíteros, religiosos, religiosas, personas consagradas, diáconos, seminaristas, laicos y cofrades para que juntos respondamos a la voluntad amorosa de Dios, que quiere purificar el rostro de nuestra Iglesia y convertirla en un instrumento más dócil y eficaz de su solicitud para la acción evangelizadora.

El Papa Benedicto XVI en su Mensaje para la Cuaresma 2011, recuerda que todos nosotros, en el bautismo, fuimos incorporados al misterio pascual de Cristo, de modo que al compartir sus sufrimientos, pudiéramos participar, también, de su gloria (cf. Rm 8,17). Desde aquel momento, entramos a formar parte del linaje elegido, el sacerdocio real, la nación consagrada, el pueblo adquirido por Dios para anunciar las maravillas del que nos llamó de las tinieblas a su luz maravillosa (cf. 1Pe 2, 9-10).

5. Itinerario apostólico en la travesía pascual del apóstol Santo Tomás

Os invito a hacer este camino con Jesús, durante este tiempo cuaresmal de gracia y conversión, teniendo presente como paradigma el itinerario de Santo Tomás y los otros discípulos.

6. “Señor, no sabemos adónde vas”

Tomás es un discípulo generoso y decidido pero no acaba de comprender el misterio de la persona de Jesús. El camino del seguimiento apostólico de Tomás aparece en el evangelio de San Juan por primera vez. Ha muerto Lázaro y Jesús decide ir a Betania. El ambiente está tenso y se teme lo peor, se teme la prisión y la muerte de Jesús. Pero Jesús decide marchar a pesar de todo. Él va a revelar la ternura y la fidelidad del Padre a los ojos de los discípulos. Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: “Vamos también nosotros y muramos con él” (Jn 11,16). Pero el apóstol tiene serias dificultades para seguir el camino de Jesús hasta tal punto que, en un determinado momento, le dice a Jesús: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”. Y Jesús le responde: “Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,5-6).

7. Jesús intenta explicar el misterio de su camino

Los discípulos en el camino de la subida a Jerusalén, poco a poco iban sintiendo miedo. Jesús marchaba delante de ellos (cf. Mc 10,32) y ellos estaban sorprendidos y tenían mucho miedo. Es entonces cuando Jesús intenta explicarles el misterio de su camino. Misterio que explica con el verbo “entregar” en pasivo, así les dice: “el Hijo del hombre va a ser entregado ” (Mc 10,33). Jesús usa muchas veces esta forma de hablar. Así camino de Galilea, Él no quería que se supiera, porque iba instruyendo a sus discípulos, les decía: “El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará”. Pero ellos no entendían lo que decía, y les daba miedo preguntarle” (Mc 9,31-32).

Jesús quiere que sus discípulos hagan esta travesía pascual con Él. Esta travesía que de momento les resulta un escándalo, una piedra de tropiezo, una piedra que ellos no pueden sobrepasar.

8. Situación del apóstol Tomás

Tomás está dispuesto a recorrer el camino de Jesús, pero tiene serias dificultades para descubrir la hondura de su muerte y resurrección, de su travesía pascual.

Tomás está decidido a compartir el mismo camino de Jesús. Así grita: “Vayamos también”. Está dispuesto a ir con Jesús, a arriesgarse con Él, incluso morir con Él, y adentrar a los hermanos a que hagan este camino... Pedro, discípulo de Jesús, de corazón grande y apasionado por Jesús, en otro momento, dirá a Jesús: “Señor, contigo estoy dispuesto a ir incluso a la cárcel y a la muerte” (Lc 22,33).

Es posible que Tomás y Pedro, de alguna forma, compartieran esta misma actitud ante el seguimiento de Jesús. Pero Tomás, tan dispuesto a recorrer el camino de Jesús, tiene dificultades para descubrir la profundidad del misterio de la persona de Jesús, que encierra este camino...

Jesús se ha sentado a la mesa, antes de padecer, y les explica la hondura y la espesura del padecer a donde conduce este camino. Ha sucedido ya el lavatorio de los pies y Jesús ha celebrado la cena pascual con sus discípulos y conversa detenidamente con ellos.

Con este camino nuevo que abrimos, les dice, derribaremos el callejón sin salida del muro y abriremos la puerta de la casa del Padre: “Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre” (Jn 16,28).

Jesús intenta aclarar a los apóstoles que el camino de la Cruz conduce al misterioso hogar del Padre; abre ese hogar, derriba aquella entrada, para que los hermanos puedan entrar con Él a sentarse a cenar. Por eso continúa diciendo: “No se turbe vuestro corazón (...), porque me voy a prepararos un lugar. Cuando vaya y os prepare un lugar, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino” (cf. Jn 14,1-4).

9. Tomás hace camino con Jesús, pero no alcanza a comprender

Tomás está haciendo camino con Jesús, se está arriesgando con Él, pero no entiende muy bien “de dónde viene” y “a dónde va”. No entiende el misterio que encierra el camino de Jesús. No se ha adentrado en el misterio del Hijo, en la pasión del amor, en esa misteriosa palabra que encierra el escándalo de la Cruz, el escándalo de ser entregado por el Padre a manos de los hermanos.

Tomás veía el camino de Jesús desde el conflicto de la historia, como le ocurría a los otros discípulos; aprecia en Él un cierto rasgo de zelotismo, de mesianismo político, pero no sabía entender, desde el exceso de misericordia del amor del Padre, como aparición de la nueva creación.

Tomás, aparece en un primer momento como Pedro, más bien como un militante que se alista al proyecto de Jesús, como alguien que se deja arrastrar por la aventura de su misericordia, un tanto incomprendido por los planteamientos humanos.

Tomás, sigue sin saber “de donde viene” y “adónde va” Jesús. El apóstol Felipe le pide: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta” (Jn 14,8). Jesús dice: “Yo soy el camino...”.Y ¿en qué consiste ese camino? Pues, ese camino consiste en la gracia, llevada hasta la fidelidad, que conduce a la vida.

Tomás, a pesar de todo, no puede entender enteramente a Jesús, porque Jesús no se ha revelado del todo todavía. Es verdad que la mesa de la fracción del pan y del lavatorio de los pies es un anticipo, pero hasta que el Hijo del hombre no cuelgue del madero y sea levantado en lo alto, su rostro no aparecerá por entero.

10. Hacer camino con Jesús bajo la sombra de la Cruz

Jesús no quiere que nadie haga a la fuerza la travesía pascual. Al pie de la cruz sólo puede estar aquel que quiera estar de todo corazón. No se puede estar forzado al pie de la cruz.

Jesús, después de la cena, va a orar al huerto de los olivos y cuando vienen los soldados a prenderle, les dice: “Si me buscáis a mí, dejad marchar a estos” (Jn 18,8). Los discípulos no habían comprendido todavía su amor, por eso, para ellos el camino de la cruz, hubiera sido forzado. Para ellos. Así se marchan todos y sólo se quedan con Jesús para la travesía pascual dos discípulos: Pedro y Juan.

Pedro es el discípulo que ama a Jesús, y Juan es el discípulo que se deja amar por Jesús; son dos discípulos que tienen ante Jesús dos posiciones radicalmente distintas. Cuando Jesús va avanzando en la travesía pascual, el Ungido va diciendo “Yo soy”. Pedro, el discípulo que ama a Jesús, en la medida en que entra en el camino de la Cruz va diciendo: “Yo no lo soy”. “¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre? Él dijo: “No lo soy” (Jn 18,17). En cambio, Juan, en la medida en que avanza con Jesús en la travesía de la Cruz, él, que era el discípulo amado y que se había dejado amar por él, silenciosamente acaba bajo la sombra de la Cruz junto con María, y llega hasta el final.

11. Tomás desea ver a Jesús

El rostro de Jesús se desvela colgado en el madero. Levantado hacia lo alto. El rostro traspasado. Desde allí, los amó hasta el extremo. Tengo sed... Todo está consumado... ¿Quién podrá ver a Jesús traspasado? ¿Quién lo podrá ver glorificado?

Pues el que mejor puede ver a Jesús, traspasado y glorificado, es el pequeño discípulo que se dejó amar por Jesús. “El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis” (Jn 19,35).

Juan, testigo del rostro transfigurado, ve a Jesús colgado del madero de la Cruz, entronizado sobre la Cruz; palpar sus manos estigmatizadas, esto es lo que convierte a los apóstoles en apóstoles, porque la radical experiencia apostólica es ser testigos de quien nos amó en el madero.

12. Condición para ser apóstol: Ver a Jesús

Juan, en su primera carta, subraya la condición para ser apóstol: “Eso que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que estéis en comunión con nosotros” (1 Jn 1,3). Sin esta experiencia de haber visto al crucificado, no somos verdaderos apóstoles. El apóstol no se mantiene en pie si no ve al Señor. Tomás aparece con el deseo de ver al Señor y reconocerle. Los discípulos han vuelto al Cenáculo y tienen las puertas cerradas por miedo a los judíos. Jesús, se ha hecho presente: “Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: “Paz a vosotros”. Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor” (Jn 20,19-20). Tomás no estaba con ellos, cuando Jesús se les hizo presente. Ellos le dijeron “Hemos visto al Señor” (Jn 20, 24). Tomás les contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo” (Jn 20,25).

A primera vista, el apóstol no puede ser apóstol si no ve a Jesús, si no le palpa, si no le escucha en la comunidad. Tomás no estaba con ellos y desea ver a Jesús.

13. ¿Qué significa ver a Jesús para Tomás?

Estos son los deseos y los latidos muy humanos de los apóstoles de todos los tiempos. Pero ¿qué significa ver a Jesús para Tomás?

Dicho por el mismo Tomás significa querer ver con la luz de sus ojos, querer ver con estos ojos, como estos ojos ven: estos ojos ven, como constatación, como apropiación, como seguridad, queremos ver algún signo que responda a nuestra búsqueda, ver con seguridad, querer cogerle a Él, ver para creer, para asegurar nuestra entrega.

Es una forma en la cual los apóstoles intentamos apoderarnos de Jesús, exigimos una constatación, una prueba de su presencia, una garantía, y que nuestro itinerario apostólico no desembarque en el vacío; pedimos un signo que asegure nuestra búsqueda de Jesús y nuestro proyecto detrás de Él; de ahí, la expresión del texto: “si no veo, no puedo creer”. Tomás quiere ver un signo, quiere comprobar, quiere asegurar su proyecto de vida al seguimiento de Jesús.

14. Tomás pasa de la incredulidad a la fe

A los ocho días los apóstoles continúan con el miedo y han vuelto del Cenáculo, y tienen otra vez las puertas cerradas; ellos habían tenido la experiencia del encuentro con Jesús resucitado, de la alegría, de la misión y del aliento, pero aún no se habían puesto de rodillas uno por uno, delante del Señor; por eso todavía no habían vencido el miedo. Uno por uno se tienen que reencontrar con Jesús y cada uno en su propio nombre tiene que ponerse de rodillas. Es decir, hace falta un encuentro personal.

De nuevo, estando reunidos los discípulos ya con Tomás, Jesús se hizo presente. Él hace la fraternidad. Jesús baja entonces a la exigencia de los suyos, son gente menuda, son pequeños. Si piden signos habrá que concedérselos; son pequeños, mucho tiempo pequeños. Por eso Jesús baja a su pequeñez. Jesús va a conceder a Tomás el signo que le ha pedido, le va a mostrar las manos, pero el milagro es el siguiente: que al prender Tomás las manos de Jesús, se sienta Tomás tomado en manos de Jesús. “Trae tu dedo; aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado” (Jn 20,27). Solo así se pasó de la incredulidad a la fe. Como si dijera Jesús: “Llevas razón, Tomás. Mira mis manos. Tú buscas verme, pero de otra manera”.

15. Tomás ve a Jesús de otra manera


Tomás, ahora ya no toma a Jesús en sus manos si no que se pone de rodillas. Jesús, entonces, le acoge tal y como es: en su flaqueza, en su torpeza, en su perplejidad, en su búsqueda, en su confianza, le ha dado un abrazo entrañable como al hermano pequeño, como al pequeño discípulo.

Ahora sus ojos ven en la claridad de su rostro del Señor que le ama y sus manos estarán ya sostenidas para siempre en Él. Tomás ha caído de rodillas y ha entrado en un nueva experiencia de fe. Ha pasado de la confianza, a la fe del reconocimiento, de la aclamación se ha entregado en una actitud de abandono en el Señor y ha exclamado: “Señor mío y Dios mío”. Tomás ha visto con sus ojos el rostro de Jesús.

Los apóstoles, sin este cambio, es imposible que hagan la travesía de la Cruz. Hacen el camino, pero sin hacerlo. Ahora, como Tomás, pueden hacerlo porque han entrado en la fe, en el abandono en sus manos. Confesar a Jesús es entregarse Él en la absoluta disponibilidad, es la experiencia de San Ignacio: “Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer. Vos me lo distéis, Señor, a vos os lo torno, todo es vuestro, dadme vuestro amor y vuestra gracia, que esto me basta”.

Es esta una experiencia nueva, radical, a la que tal vez nosotros no hayamos accedido todavía, pero que es el umbral necesario, para el seguimiento de Jesús hasta compartir con Él, la muerte en la Cruz.

16. Estar en Jesús, desde Él, en la unidad del Espíritu Santo

Este breve recorrido que hemos hecho nos evoca una realidad muy bella que nos produce mucha alegría. Puede ser que nosotros que hemos sido llamados y enviados estemos todavía en los primeros pasos de este itinerario apostólico; pero esto no debe preocuparnos si seguimos al Señor. Es posible que llevemos ya muchos años de vida apostólica. El haber permanecido tanto tiempo amando a Jesús, es señal de que Él nos ha tomado de su mano, porque de lo contrario, no hubiésemos permanecido fieles. Pero es necesario reconocer que no podemos dar un paso más en el seguimiento radical de Jesús, porque lo amamos a Él, desde nosotros; somos en Él desde nosotros y no “desde Él”.

Es esta una irrupción de la novedad de Jesús en nosotros. Cuando ya no somos en Él “desde nosotros”, sino “desde Él”, y esto es lo que permitirá, si permanecemos fieles, poder atravesar el madero de la Cruz y ser consumados en el amor de Jesús.

El Espíritu realiza en nosotros el paso de este umbral. Es obra del Espíritu y de nuestra disponibilidad; depende de que nos dispongamos a ser “amados de Jesús”. Esta experiencia del “ser amados de Jesús” cambia radicalmente nuestra vida, cambia nuestra vida de oración, de ayuno y limosna, cambia nuestro amor fraterno, cambia nuestro servicio a la Iglesia, cambia nuestro compromiso en el mundo, cambia nuestra vida de consagración en la forma de vivir nuestra pobreza, castidad, virginidad y obediencia, cambia la vida familiar y apostólica. Es una manera de vivir el evangelio.

17. ¿Cómo podemos hacer este itinerario apostólico de la travesía pascual?

17.1. Tener presente el camino recorrido y dejar pasar el amor.

Tengamos presente el camino recorrido por los grandes discípulos y concretamente este de Santo Tomás... Pues, ¿qué hacer ahora?

Pues, caminar, como nos dice San Juan de la Cruz: “Sin otra luz y guía sino la que en el corazón ardía”. Hay que aprender a dejar pasar el amor y dejarnos amar por Jesús. Pero ¿cómo dejar pasar el amor cuando se hace el camino apostólico?

Hay que realizar un ejercicio de la renuncia pequeñita de cada día. Cuando tenemos a un lado el miedo; de otro lado, la seducción del mundo y las riquezas, y los golpes de la vida: el desencanto y la pereza.

Hay que renunciar al miedo y a toda forma de compasión. Hay que renunciar a la seducción del mundo y de las riquezas. Y siempre que mi corazón descubra que voy buscándome a mí mismo: suplicar al Señor de rodillas: “Señor, dame tu amor”.

Hay que abrazarse a la cruz de cada día o hay que dejar pasar el amor: el amor que recibimos en el bautismo y en la ordenación sacerdotal. Hay que aprender a dejarnos pasar a las manos de Jesús, y desde Él hacer el camino.

17. 2. ¿Y si permanecemos así durante mucho tiempo?

¿Y si permanecemos así durante mucho tiempo?

Es necesario entonces un tiempo largo para el coloquio con el Señor en la oración de gratuidad.

Durante este tiempo, de nuestro corazón seguirán brotando latidos y gemidos de protesta, de rebeldía y las involuntarias pasiones del alma. Entonces es el momento de entrar en un ejercicio de abandono y aprender a caminar bajo la sombra de la Cruz, rostro en tierra; tal vez tengamos que permanecer en este ejercicio algunos años: “Quedéme y olvidéme (...) cesó todo, y dejéme, dejando mi cuidado” (San Juan de la Cruz).

Y no olvidemos que como esto es una travesía pascual, puede llegar el momento en el que en nuestro corazón brote un manantial inagotable que salta hasta la vida eterna, y con San Juan de la Cruz podemos gritar: “Qué bien sé yo la fonte que mana y corre aunque es de noche”.

Este ejercicio pequeño de dejar pasar el amor, abandonarse y pasar a las manos de Jesús, es la experiencia íntima, experiencia apostólica descrita en el itinerario apostólico de Santo Tomás. De este modo encontraremos el gozo transfigurado, la alegría dada a la luz en el dolor.

18. Caminar bajo la sombra de la Cruz de la situación económica y del paro


La Cuaresma es, para todos, un tiempo privilegiado para reflexionar sobre nuestro compromiso con el mundo de la pobreza y la exclusión. La comunidad cristiana está llamada a reflexionar y revisar sobre cómo vivimos el mandamiento del amor y si es, para nosotros, una realidad viva que configura nuestro ser y nuestro hacer. Durante los cuarenta días que nos conducen a la Pascua del Señor, la Iglesia nos pide que demos un paso más en nuestro ejercicio en el compartir con aquellos que menos tienen y más nos necesitan.

Los datos que tenemos de la situación económica y de paro siguen siendo alarmante. Esta es una Cruz pesada y hay que caminar bajo la sombra de esta Cruz, sin caer en el desánimo y en la tentación de cerrar los ojos ante uno de los grandes problemas sociales de nuestro tiempo. Permitid que en esta cuaresma del 2011 os haga, un año más, una llamada a la solidaridad con los pobres.

“La Iglesia considera deber suyo recordar siempre la dignidad y los derechos de los hombres al trabajo, denunciar las situaciones en las que se violan dichos derechos, y contribuir a orientar estos cambios para que se realice un auténtico progreso del hombre y de la sociedad” (LE 1).

Os invito a cumplir este deber de solidaridad con los adultos que han perdido su puesto de trabajo y se encuentran desplazados de la sociedad que colaboraron a formar con su trabajo, o con aquellos, que habiendo dejado de recibir el subsidio de desempleo, se encuentran en dificultades para tener incluso los medios necesarios para la subsistencia.

Os invito, asimismo, a la solidaridad con los jóvenes parados y con los que todavía no han tenido un primer empleo. Entre los parados son, sin duda, un grupo social importante cuantitativa y cualitativamente.

El problema del paro es ingente, pero la fuerza de Dios es mayor. Por eso los cristianos no podemos encerrarnos en nuestros intereses, el Señor nos llama a buscar el interés de los demás. Seamos creativos en la forma de colaboración, no solo ser sensibles, sino concretos a la hora de colaborar, viviendo un testimonio de vida sencillo, sacrificado y austero para ayudar económicamente a los demás.

19. Caminar bajo la sombra de la Cruz de la oración, el ayuno y la limosna

El ayuno y la limosna en la cuaresma son parte de la rica tradición cristiana, Uno de sus significados es poder dar de lo superfluo propio a los que carecen de lo necesario. Cumplir con la intención profunda del ayuno cuaresmal tiene que llevarnos a recortar muchas cosas innecesarias. Se gasta y se derrocha, como si no existiera la situación económica y de paro. Hay que compartir no solo lo superfluo, sino también de aquello que necesitamos para nuestra vida.

La familia es escuela de caridad donde aprendemos desde pequeños a compartir con los demás. Reunidos a lo largo de la jornada, diariamente, podemos reservar un tiempo para la oración en común y para aportar una parte de nuestros bienes ahorrados en ese día. Y así, al final de la cuaresma, este compartir lo entregaremos en la tarde del Jueves Santo, en la colecta destinada al Fondo Diocesano de Solidaridad que Cáritas Diocesana distribuye entre los proyectos de promoción a favor de personas y colectivos en situación de exclusión.

Pero no sólo debemos ser generosos con los demás. Jesús nació pobre y vivió pobre entre los pobres de su tiempo, por eso, nosotros, sus discípulos, debemos adoptar formas de vida austeras y coherentes con el modo de vida que propone el Evangelio. Sólo así seremos creíbles en el mundo.

Los difíciles tiempos que vivimos nos reclaman un mayor índice de compromiso con la realidad sufriente. Enfermos, mayores en soledad, jóvenes sin esperanza, hombres y mujeres que han perdido su empleo, niños abocados al fracaso escolar, y una larga lista de sufrimientos, esperan, al borde de los caminos de nuestro tiempo, la ayuda desinteresada de la Iglesia. Es necesario salir de nuestras cómodas realidades y descubrir que podemos darnos en abundancia, que la entrega a los demás es el verdadero camino de santidad. Participar como voluntarios en proyectos e iniciativas sociales de la Iglesia y de otras entidades que buscan la justicia y la dignidad de nuestros hermanos, es también una forma adecuada y evangélica de testimoniar el amor de Dios por todos.

20. Caminar con María bajo la sombra de la Cruz

María subió a Jerusalén silenciosa y anónimamente. Seguía a Jesús acompañada de un grupo de mujeres. La tradición nos dice que la encontró en la calle de la amargura, cuando Jesús, bajo el peso de la cruz, caminaba hacia el calvario. Ciertamente María estaba allí, junto a la Cruz del Señor. Ella participó de manera singular y excepcional del misterio de la pasión, muerte y resurrección de su Hijo.

María es imagen del apóstol Santo Tomás, porque ella hizo lo que todo apóstol tiene que hacer, pasarse a Jesús, para que Jesús viva en nombre suyo su propia existencia; para que hable nuestras palabras, mire nuestros ojos, parta su propio ser en nuestras manos. Pasarse a Jesús es unirse a Él.

Que en nuestra subida a Jerusalén de esta cuaresma del 2011, Ella esté con nosotros y nos aliente e ilumine para hacer esta travesía pascual en nuestra vida personal, en nuestras comunidades eclesiales, parroquiales y diocesanas, y en las Hermandades y Cofradías, a fin de que se realice una profunda conversión y auténtica renovación espiritual.


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