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Domingo XXVIII T.O. : "La boda está preparada "

 
Sun, 09 Oct 2011 00:28:00

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Is 25, 6-10a
Sal 22
Fp 4, 12-14. 19-20:
Mt 22, 1-14:

Esta escena se desarrolla en Jerusalén, pocas semanas antes de la muerte de Jesús y como la parábola de la semana pasada, nos habla de la no aceptación de Jesús por parte de los dirigentes del Pueblo de Israel.

El rey es Dios. El hijo es Jesús. ¿Y quién se casa? La boda es entre Jesús y la humanidad (la Iglesia). Los primeros en rehusar la boda son los notables del pueblo. Los que acogen la invitación al banquete son gente de toda clase: pobres, ricos, judíos, no judíos, etc.

Cuatro ideas breves a partir de esta parábola:
1. Un banquete de boda es una imagen muy poética para hablar de la vida cristiana. ¡A todos nos alegra recibir una invitación a un banquete de boda! Esto nos ayuda a entender que la vida cristiana es una invitación que Dios hace a cada uno de nosotros. ¡Hemos sido invitados! Dios no nos pide nada… Dios nos ofrece la vida.

Un Dios que pide cosas es un “dios” un poco latoso, pero un Dios que ofrece, que invita, es una imagen mucho más correcta de nuestro Dios deseoso de comunicar vida.
2. En las bodas hay alegría, fiesta, fraternidad. Que sea un banquete de bodas también nos ayuda a entender que la invitación es a un reino festivo, alegre, gozoso. La vida cristiana vivida en profundidad es siempre alegre y gozosa. No hay santos tristes. Sí que hay santos que pasan por dificultades, pero no santos tristes. Hemos de confrontar si nuestra experiencia cristiana, nuestra experiencia de Dios coincide con estas palabras: reino festivo, alegre y gozoso. ¿Es esta nuestra experiencia? Pienso que demasiadas veces vivimos un cristianismo tristón, como si esto de ser cristiano fuese una carga que hemos de ir arrastrando. Y eso no puede ser. La alegría y el gozo es signo de identidad de los cristianos. Lo mejor que nos ha pasado en la vida es ser cristianos. ¡Demos gracias a Dios!

¿Qué hemos de hacer si hay tristeza en nuestra vida? La tristeza puede ser una sensación puntual, si es así no pasa nada. Pero si se prolonga en el tiempo será preciso hacer alguna cosa. Primero: ponernos las gafas de la fe, o graduarlas mejor. Si ya están puestas y graduadas tendremos que encontrar caminos para que la situación no nos afecte tanto.



3. La tercera idea surge de una pregunta: ¿A qué nos invita Dios? Cuando nos invitan a una boda sabemos muy bien a qué nos están invitando… ¿A que nos invita Dios? Dios nos invita a participar de su propia alegría, su propia vida. ¡Participamos de la vida de Dios! Y así vencemos el pecado y la muerte. Hace falta hacernos presentes, en la oración, estas realidades para que enriquezcan nuestra vida espiritual.

4. La invitación de Dios es seria. Compromete toda nuestra existencia. Rechazar lo que Dios me ofrece no es indiferente. Rechazar este don significa excluirme voluntariamente de la bendición de Dios y condenarme. Y esta invitación de Dios es constante: cada Dios me ofrece nuevas gracias y yo puedo acogerlas o rechazarlas.

Con nuestra vida de cada día: ¿Estamos acogiendo el don precioso que Dios nos quiere comunicar?

¿Verdad que sorprende bastante que los invitados a la boda del hijo del Rey rechacen esa invitación? Y que la rechacen a cambio de seguir con su rutina: sus campos, sus negocios. Quizá nosotros estamos haciendo lo mismo: rechazando la invitación de Dios a profundizar nuestra vida cristiana por seguir con nuestra rutina. ¡Es ilógico!
Esta parábola es muy eucarística. La eucaristía es también un banquete, al que somos invitados por Dios, donde comemos el más exquisito de los manjares, el Cuerpo de Cristo.

Vale la pena explicar qué significa eso de que ”cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta”. El rey no mira el vestido exterior, el rey mira el vestido de su corazón. Si se tratase del vestido exterior los siervos del rey se habrían dado cuenta y lo habrían echado. Pero el rey se da cuenta de que el vestido interior, de que el corazón del hombre, no estaba preparado para recibir esos manjares.

A nosotros esta interpelación de Jesús: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?” Nos tiene que iluminar. Es necesario venir a la eucaristía, a este banquete, con un corazón limpio, con unas determinadas actitudes y con una determinada disposición del corazón. Y de este modo en la eucaristía recibimos la vida de Dios que nos lleva por el camino del gozo y la paz.


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