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Domingo de la Presentación del Señor: Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz.

 
Sun, 02 Feb 2014 06:32:00

CAMINEO.INFO.-

MALAQUÍAS 3,1-4
SALMO 23
HEBREOS 2,14-18
LUCAS 2, 22-40


Celebramos hoy la Fiesta de la Presentación del Señor. La escena que hoy contemplamos se desarrolla toda en el templo de Jerusalén.

1. Empiezo haciendo una introducción al sentido del templo para los judíos, que nos puede iluminar algún aspecto interesante para nosotros. Para los judíos, el templo era el lugar de la presencia del Señor. Moisés, en su peregrinación por el desierto, hablaba con Dios en la tienda del encuentro. Esta tienda del encuentro les acompañó a lo largo de los cuarenta años que estuvieron en el desierto. Cuando llegaron a la tierra prometida y bajo el Reinado de Salomón, esta tienda finalmente, acabará convirtiéndose en el Templo de Jerusalén. Dentro del templo, en el Santa Sanctórum había el arca de la alianza. Donde se guardaba las tablas de la alianza, que Dios había hecho con su pueblo en el Sinai. Por tanto, el templo era el lugar de la presencia del Señor en medio del pueblo.

En nosotros ha disminuido el sentido del templo como lugar de la presencia del Señor. Hemos de recuperar esta sensibilidad. Sí que el templo es también el espacio donde se reúne la comunidad cristiana, sí que es donde celebramos los entierros, bodas y bautizos, pero es sobre todo, el lugar de la presencia de Dios. Más aún para nosotros, que creemos en la presencia de Dios en el pan de la eucaristía.

Recuerdo que en Cuba fui a un pequeño pueblecito, el rector había decidido que una pequeña chabolita empezara a funcionar de capilla. Celebré la eucaristía y dejé el santísimo en el sagrario. Al acabar la misa entré en la sacristía, y al salir, veo a un montón de personas llorando, emocionadas, y yo les pregunto un poco alarmado: ¿Qué ha pasado? Y me dicen: ”¡Dios está aquí!”. Era yo quien tenía poco sentido de presencia, poco sentido de lo que quiere decir aquella capillita en medio del pueblo.

2. Hoy contemplamos a José y María cumpliendo un precepto de la Ley de Moisés que prescribía que cuarenta días después del nacimiento del primer hijo, los padres tenían que ir al Templo de Jerusalén para ofrecer a su hijo a Dios, hacer un sacrificio para recuperarlo, y para la purificación ritual de la madre.

Esto es lo que hemos contemplado, y esto nos lleva a preguntarnos: ¿de dónde nace esta prescripción, qué sentido tiene?, ¿qué nos dice a nosotros?
La presentación de Jesús en el templo está llena de significado y está relacionada con el Éxodo, la huída, de Egipto del Pueblo de Israel. Es una huída donde los israelitas experimentan, de diversas maneras, que Dios ha intervenido de una manera clara a favor suyo. Dios les ha salvado de la esclavitud.

La noche que Dios liberó su Pueblo murieron todos los primogénitos de los animales y de los hijos de los egipcios.

Dios, a través de Moisés, mandará al pueblo de Israel que recuerden su intervención salvadora, y les da este precepto: “Dedicarás al Señor todo primer nacido de la matriz. También todo primer nacido del ganado que poseas; los machos pertenecen al Señor”• (Éxodo 13, 12).

Por tanto, la presentación de Jesús en el templo, es un rito, mandado por Dios, para recordar el acontecimiento salvífico por excelencia, es el hecho que configura al Pueblo de Israel como pueblo: la huída de Egipto.

¿Y a nosotros qué?... ¡¡a nosotros mucho!! ¿Qué acontecimiento de salvación recordamos nosotros? Nosotros en cada eucaristía estamos no recordando, mucho más que recordando, estamos haciendo presente nuestro acontecimiento salvador: el Misterio Pascual. La pasión, muerte y resurrección de Jesús. En cada eucaristía estamos haciendo presente la pasión... Por esto hablamos de la eucaristía como sacrificio. Y no recordamos un acontecimiento, lo volvemos a hacer presente, para participar de él, para entenderlo mejor, para configurarnos a él, para recordarlo. Es el acontecimiento central de nuestra fe.

Y lo hacemos porque Jesús dijo: “Haced esto en conmemoración mía”.

Dos ideas más muy breves: a) En el templo había mucha gente: sacerdotes, levitas, gente devota, peregrinos, pero nadie se da cuenta de nada, excepto Simeón y Ana, dos ancianos. Dice el evangelio hablando de Simeón: “justo, piadoso,... el Espíritu Santo moraba en él”. Y dice de Ana: “...una profetisa,...No se apartaba del templo día y noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones.”. Aquí tenemos las llaves para descubrir a Jesús...

b) Simeón dice de Jesús: “luz para alumbrar a las naciones”. Palabras que dan lugar al simbolismo de la luz, tan importante hoy. Candelas de luz, que dan nombre a la fiesta, la candelaria. Y que nos dice que Jesús debe ser luz para nuestra vida, para todos los ámbitos de nuestra vida.

Oremos para que Jesús sea luz para nosotros y para todas las naciones.





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