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“Necesitamos un cambio de vida” (Mt 3,1-12)

 
Sat, 07 Dec 2013 12:58:00

El texto que nos presenta Mateo (3,1-12) empieza por presentarnos al Bautista (cf. Mc 1,1-6; Lc 3,1-6), su persona, su predicación y otras circunstancias de su actividad de precursor.

“Por aquellos días se presentó Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: «Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos.» Éste es de quien habló el profeta Isaías, cuando dice:

Voz del que clama en el desierto:
Preparad el camino del Señor,
enderezad sus sendas.

Juan llevaba un vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero a su cintura, y se alimentaba de langostas y miel silvestre. Acudía entonces a él gente de Jerusalén, de toda Judea y de toda la región del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán, tras confesar sus pecados” (Mt 3,1-6).
El evangelista nos presenta el tema principal de su predicación; la conversión. Utiliza el verbo “metanoeo” que es utilizado un total de 5 veces en el evangelio (Mt 3,2; 4,17; 11,20.21; 12,41). Etimológicamente, la palabra significa “cambio de mentalidad”, cambio en nuestra manera de ver y juzgar las cosas. Para el Bautista el pueblo de Israel está contaminado, por lo tanto hay que alejarse del pecado.

El lugar de predicación de Juan era el desierto de Judea, de “acuerdo a la tradición del AT, «el desierto» evoca varías ideas. Unas veces se le ve como el lugar de la juventud del pueblo, las primicias de Israel en su encuentro con Dios. Por eso, a menudo utilizan los profetas la imagen del desierto para recordar a Israel el antiguo tiempo y exhortarlo a ser fiel a la alianza (Os 2,16). Este es el sentido del desierto en que se encuentra Juan Bautista. Se trata de un desierto geográfico, el desierto de Judea (Mt 3,1), situado más allá del Jordán (Lc 3,3: «[Juan] recorrió entonces toda la comarca lindante con el Jordán»), fuera del territorio estricto de Palestina. Este desierto se convierte en el polo opuesto a la institución judía, representada por Jerusalén y por el templo. Frente a la injusticia que domina la sociedad judía del tiempo de Juan Bautista, se presenta el desierto como recuerdo del antiguo ideal y como ofrecimiento renovado de la gracia de Dios”1.

El rito del bautismo de Juan se efectuaba en el rio Jordán que era una zona donde transitaba mucha gente y a la que Juan podía gritar su mensaje. Recuerda el paso por el Mar Rojo. El rito probablemente se trataba de un reconocimiento público y colectivo de los pecados del pueblo, tal y como lo dice el libro de Nehemías: “La raza de Israel se separó de todos los extranjeros, y puestos en pie, confesaron sus pecados y las culpas de sus padres” (Neh 9,2).

Según Lucas, el auditorio de Juan está constituido por una muchedumbre (gr. ójlos), mientras que para mateo de “fariseos y saduceos”

“Pero, cuando vio venir a muchos fariseos y saduceos a su bautismo, les dijo: «¡Raza de víboras!, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente? Dad, más bien, fruto digno de conversión, y no creáis que basta con decir en vuestro interior: ‘Tenemos por padre a Abrahán’, pues os digo que Dios puede de estas piedras suscitar hijos a Abrahán. Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo os bautizo con agua en señal de conversión, pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias. Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego. En su mano tiene el bieldo y va a aventar su parva: recogerá su trigo en el granero, pero la paja la quemará con fuego que no se apaga”. (Mt 3,7-12)

El texto de Mateo (3, 7-10) es tomada de “Q”, y subraya el carácter antifarisaico y antiformalista de su invitación a la conversión: todos se tienen que convertir, evitando seguridades y excusas vanas. No valen privilegios religiosos, sociales o raciales. Juan llama a los fariseos y saduceos “raza de víboras”, ese insulto los situaba en los niveles más bajos de ilegitimidad en Israel en toda la extensión del término: física, social y moralmente. “El «día de Yahveh», el futuro día del juicio, era ya, según los profetas del AT y también según las creencias judías, el día de la ira, del castigo de la justicia divina. Pero el judaísmo pensaba que el objeto de la ira iba a ser solamente los paganos, sus opresores. En contra de esta opinión se vuelve el Bautista, como después Jesús mismo, con la exigencia del arrepentimiento, de una absoluta conversión de toda la mente y la voluntad, conversión que debe mostrar su autenticidad en las correspondientes obras”2.

Según el Bautista, el Mesías no es él, es otro que pronto aparecerá y viene a traer otra clase de bautismo (3,11), mucho más eficaz que el suyo, él bautizaba con agua, mientras que el Mesías lo hará con Espíritu Santo. Su bautismo significa una purificación total desde adentro. Existían unas costumbres bautismales precristianas donde los baños sagrados eran usuales no sólo en los misterios helenísticos (en el culto a Attis y de Mitra era conocido y normal el baño de sangre), sino también en Egipto, Babilonia e India, donde el Nilo, el Éufrates y el Ganges, respectivamente favorecían la aparición de tales ritos. La virtud o eficacia atribuida al baño sagrado era sobre todo la purificación de impurezas legales o rituales, incidentalmente también el aumento de la fuerza vital y el don de la inmortalidad. Por su parte La Tóra conocía el baño de agua como medio legal de purificación para personas impuras (Lev 14,8; 15,16.18). En ocasiones, debían también ser lavados los objetos (madera, paño de cuero, bolsa, cama, vestidos etc) antes de ser usados nuevamente (Lev 11,32.40; 15,5.7). También en el AT se conoce en algunas frases proféticas el simbolismo del baño de agua para significar la interna purificación moral (Is 1,16; Ez 36,25; Zac 13,1; Sal 51,9).

Para Juan, el Mesías que ha de venir, tiene el “bieldo en la mano, recogerá su trigo, pero la paja se quemará con el fuego” (Mt 3,12). Esta es una metáfora que procede de la vida del campesino. La separación empezará dentro de pocos momentos.

ACTUALIZACIÓN
Hoy más que nunca necesitamos un cambio de vida, el mundo nos proporciona cosas triviales, pero lo que realmente vale es una sola cosa, aquella que María sabía que era lo más importante en su vida: “La presencia de Jesús”, por eso ella permanecía envilecida escuchando las palabras del maestro.

Muchos hogares viven como si Dios no existiera, es el “gran desconocido”. No le abrimos paso a Jesús para que entre en nuestros corazones, al igual que Dios hizo cruzar al pueblo israelita por el Mar Rojo para salvarlos de los egipcios Él quiere hacer grandes cosas en nuestras vidas, quiere tener una estadía permanente en nuestra mente cuerpo y corazón.






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