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¿AUTENTICIDAD NAVIDEÑA?

 
Pepita Taboada Jaén
Fri, 02 Jan 2015 16:02:00

Pues parece ser que muchas personas ignoran el significado de la Navidad, lo que representa su celebración, los siglos que han transcurrido desde la primera vez que sucedió, la gran importancia de su conmemoración, el agradecimiento y alegría por tal evento…

Todo queda, según encuestas recientes hechas a pie de calle, en unos días agotadores: comprar regalos para todos, organizar comidas especiales, ilusionarse con la lotería, reunirse la familia, y… ¿ya está? No se hace alusión alguna al Nacimiento de Jesús, inaugurando con ello el comienzo de la Redención, acontecimiento único que representa el origen de la Navidad que todos los años celebramos los cristianos. Estas opiniones estarían justificadas si se hubieran realizado en los países árabes, donde pocos cristianos tendrían opción a que se les preguntara, pero no: han sido hechas a españoles y en España, donde la mayoría se supone que son cristianos. Es cierto que otras muchas personas celebran este acontecimiento dándole su sentido propio, pero éstas no suelen aparecer en los medios de comunicación, quizás porque lo verdadero y auténtico no se subraya.

Vayan algunas reflexiones personales sobre este tiempo, que puedan ayudar a profundizar en el sentido histórico y trascendente que supone la Navidad.

“NAVIDAD. Noche cruda, helada, misteriosa, copos blanquísimos caen sobre la tierra como si quisieran cubrir con una gran alfombra la desolación, la impureza, el odio… Aullidos lejanos de lobos hambrientos hacen estremecer a los moradores de Belén -¡parecen quejidos!-. La luna oculta recelosa su pálida luz, las estrellas con su refulgente tintineo brillan, nerviosas, en el firmamento. Los humildes pastores, al abrigo de un buen fuego, comentan entre sí las incidencias de la jornada. En su maravillosa sencillez preludian un gran acontecimiento…

Dos figuras se perfilan en la oscuridad. Sobre el helado suelo van quedando marcadas las huellas de sus pisadas Una de ellas camina con gran trabajo, se la nota extenuada, dolorida. No han encontrado dónde pasar la noche y esperan hallar un rincón para guarecerse. Les han señalado un establo, un pesebre, y hacia allí se dirigen. Son María y José. Ella, absorta en el profundo misterio que se avecina, apenas se da cuenta de dónde la llevan. Va pensando en “cómo le arrullará…cómo le cogerá… con qué le arropará”…

Es cerca de medianoche. Los ángeles quedan suspensos en el cielo, va a ocurrir el acontecimiento más grande de todos los siglos: ¡lo Grande se va a hacer pequeño, lo Inmenso, débil, lo Rico, pobre!... Se respira un silencio solemne, distinto, único. De pronto, LLEGADA LA HORA, un rayo divino hiere el seno virginal de María y ¡CRISTO NACE! ¡Aleluya!

Júbilo, alegría, regocijo. Los ángeles entonan cánticos de gloria, dejan el cielo para adorar a Dios en la tierra. No comprenden este misterio sublime: ¡Dios hecho carne! La humilde cueva donde ha querido nacer el rey del cielo refulge como un ascua de oro. María, bellísima, estrecha entre sus brazos al más hermoso de los hijos de los hombres. José, aturdido y emocionado, clava su dulce mirada en aquella escena mientras va recordando lo anunciado por el ángel: “No temas recibir a María tu esposa, porque lo que ha concebido en su seno es obra del Espíritu Santo”.

Los pastores -sencillos por fuera, ilustres por dentro- avisados por el ángel, aturden al recién nacido: lo cogen, le ríen, le cantan, le bailan. María les deja, para ellos ha nacido. José, más asustado, les pide: ¡cuidado!

En el cielo, ya raso, aparece una estrella, brillante, distinta. Los Magos de Oriente descubren su luz, ¡es el Esperado! Se alegran, se postran, le dejan sus dones: como es Rey, le ofrecen oro, como es Hombre, le dan mirra, y el incienso porque es Dios, María recuerda: “Será llamado Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre del siglo venidero, Príncipe de paz”.

Para todos, ricos y pobres, grandes pequeños, poderosos y humildes ¡ha venido la salvación!

Un ángel atraviesa gozoso el firmamento y extiende un mensaje que envuelve a la tierra: “¡Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!”.





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