CAMINEO.INFO.- Podemos dar un paso adelante en el camino que seguimos, descubriendo los misterios del amor resucitado.
De lo que hemos dicho hasta ahora, se puede deducir que este amor no nos sale espontáneamente. Lo que a menudo llamamos “amor” no es exactamente “amor resucitado”.
El psicoanalista y filósofo marxista Erich Fromm, que no hace muchos años gozaba de tanto de éxito entre quienes entonces éramos jóvenes, en su famoso libro El arte de amar, insistía en que “el amor maduro” es un verdadero trabajo. Quería decir que hacía falta acción, transformación, esfuerzo, para llegar a amar. Eso ya chocaba entonces con la mentalidad común, que conjugaba el verbo “amar” con demasiado ligereza: “nos estimamos”, “hacer el amor”, “somos amigos”... Entonces (como ahora también) nadie pensaba que, si estas expresiones quieren ser verdaderas, habían de tener detrás no pocas horas de trabajo. No sé si alguien llegó al amor más maduro estudiando sus lecciones.
Pero más acertado estaba San Ignacio de Loyola, cuatro siglos antes, construyendo la estructura de sus Ejercicios Espirituales: la última etapa del camino de los ejercicios, llamada “Semana Cuarta”, tiene por título “Meditación para alcanzar amor”. Un buen especialista en los ejercicios ignacianos, Jean Laplace, explica que este último ejercicio debe ser necesariamente el último, porque sólo se puede llegar a amar después de haber caminado y atravesado todos los pasos esenciales de la vida, desde el Principio y Fundamento, hasta la Tercera Semana o etapa, que es la contemplación del Misterio Pascual... Como los Ejercicios Espirituales es un compendio de toda la vida cristiana, podemos decir que sólo al final de la vida podemos llegar a ser capaces de amor.
Tenemos que recordar aquí algo que lógicamente Erich Fromm no decía, que el amor resucitado es esencialmente un regalo que nos hace el Espíritu. Por ello San Ignacio no escribía “Meditación para amar”, sino “para alcanzar amor”, como queriendo decir “meditación para llegar a ser una criatura capaz de recibir el amor”. Sabía bien que convertirse en una criatura que efectivamente ama, sólo puede ser consecuencia de ello.
- El amor resucitado no es una lección o una técnica que se estudia y se aprende. En todo caso es una lección que se aprende en la escuela de la vida, en el ámbito de la experiencia profunda.
- Este aprendizaje es esencialmente transformación del corazón. Lo cual quiere decir que amar no es “tener” conocimientos sobre el amor, sino “ser” personalmente amante.
- Pero ni siquiera al final de la vida uno puede decir que ama de verdad. Todo lo más dirá “tengo las manos, los brazos y el corazón abiertos, confiando, esperando lo que Dios quiera darme”.
Si todo eso es verdad, habrá que responder muchas e importantes preguntas que nos planteamos todos los días: ¿qué quiere decir “una comunidad de hermanos que se aman”? ¿Qué pensar de las relaciones sexuales entre los jóvenes? ¿En qué consiste la madurez para contraer matrimonio? ¿Cómo educar la afectividad?... Una vez más, el amor resucitado no es exclusivo de los místicos... O tal vez todas estas realidades tengan, o han de tener, algo de místicas...