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El Santo Padre celebro la Santa Misa en el antiguo altar de la capilla sixtina


14-01-2008

CAMINEO.INFO.- Ciudad del Vaticano/VATICANO.- El Papa presidió en la Capilla Sixtina la Santa Misa durante la cual administró el Sacramento del Bautismo a 13 niños, hijos de personas que trabajan en el Vaticano.

En la homilía, el Santo Padre afirmó que "en el Bautismo, el pequeño ser humano recibe una vida nueva, la vida de la gracia, que le hace capaz de entrar en relación personal con el Creador, y esto para siempre, para toda la eternidad".

"Por desgracia -continuó-, el hombre es capaz de apagar esta nueva vida con su pecado, cayendo en una situación que la Sagrada Escritura llama "muerte segunda".

Benedicto XVI puso de relieve que "mientras en el caso de las demás criaturas, que no están llamadas a la eternidad, la muerte sólo significa el final de la existencia en la tierra, en nosotros el pecado crea un torbellino que corre el riesgo de engullirnos para siempre, si el Padre que está en los cielos no nos tiende su mano".

El misterio del Bautismo, explicó, es este: "Dios quiso salvarnos bajando él mismo hasta el abismo de la muerte para que todo hombre, incluso quien ha caído tan bajo que ya no puede ver el cielo, encuentre la mano de Dios a la que agarrarse y salga de las tinieblas, volviendo a ver la luz para la que ha sido creado".

"Todos experimentamos, todos percibimos interiormente que nuestra existencia es un deseo de vida, que invoca una plenitud, una salvación. Esta plenitud de vida se nos da en el Bautismo", dijo.

El Papa recordó que "el fin de la existencia de Cristo fue dar a la humanidad la vida de Dios, su espíritu de amor, para que cada ser humano pueda beber de esta fuente inagotable de salvación. (...) Por eso, los padres cristianos llevan cuanto antes a sus hijos a la fuente bautismal, sabiendo que la vida, que les han transmitido, invoca una plenitud, una salvación que sólo Dios puede dar. De este modo, los padres se convierten en colaboradores de Dios al transmitir a sus hijos no solo la vida física, sino también la vida espiritual".

Dirigiéndose a los padres de los recién nacidos, Benedicto XVI reconoció que "para crecer sanos y fuertes estos niños necesitarán cuidados materiales y muchas atenciones; pero lo que más necesitarán, lo que les será indispensable, es conocer, amar y servir fielmente a Dios para tener la vida eterna. ¡Sed para ellos -dijo a los padres- los primeros testigos de una fe auténtica en Dios!".

Según una nota de la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice, este año no se instaló en la Capilla Sixtina "la peana de madera sobre la que se apoyaba un altar provisional para celebrar esta Eucaristía. Se prefirió celebrar en el altar antiguo para no alterar la belleza y la armonía de esta joya arquitectónica, preservando su estructura desde el punto de vista celebrativo y usando una posibilidad contemplada por la normativa litúrgica".

Por este motivo, en algunos momentos de la Eucaristía, el Papa estaba de espaldas a los fieles, mirando la Cruz. Sin embargo, durante la celebración, se lee en la nota, "se siguió el Misal ordinario".

Después de haber celebrado la Santa Misa en la Capilla Sixtina, donde administró el sacramento del Bautismo a trece niños, el Santo Padre se asomó a la ventana de su estudio sobre la Plaza de San Pedro para rezar el Ángelus con los miles de personas allí presentes.

Antes de la oración mariana, el Papa recordó que la festividad del Bautismo de Jesús, celebrada hoy, cierra el tiempo litúrgico de la Navidad y que ese acto "fue la primera manifestación pública" de Cristo "después de treinta años de vida escondida en Nazaret".

El bautismo fue al mismo tiempo "cristofanía y teofanía", explicó Benedicto XVI, porque "Jesús se manifestó como el Cristo, un término griego para traducir el hebraico Mesías, que significa ungido", pero "Él no fue ungido con aceite como los reyes y los sumos sacerdotes de Israel, sino con el Espíritu Santo". El Papa citó el Evangelio de San Mateo, que narra cómo en el momento del bautismo de Jesús "los cielos se abrieron y bajó sobre Él el Espíritu Santo en forma de paloma".

El sentido profundo de toda la escena, prosiguió el Santo Padre, "se descubrirá sólo al final de la vida terrena de Cristo, o sea con su muerte y resurrección. Haciéndose bautizar por Juan, junto con los pecadores, Jesús comenzó a cargar con el peso de la culpa de toda la humanidad como Cordero de Dios que "quita" el pecado del mundo. Una obra que cumplió sobre la cruz cuando recibió también su "bautismo".

"Efectivamente, muriendo se sumergió en el amor del Padre y difundió el Espíritu Santo para que los que creen en Él renacieran de esa fuente inagotable de vida nueva y eterna. Toda la misión de Cristo se resume en esto: bautizarse en el Espíritu Santo para librarnos de la esclavitud de la muerte y "abrirnos el cielo" es decir, el acceso a la vida verdadera y plena".

Después de rezar el Ángelus Benedicto XVI habló de la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado que se celebra hoy y está dedicada este año a los jóvenes emigrantes. "Son muy numerosos -dijo el Papa- los jóvenes que por varios motivos se ven obligados a vivir lejos de sus familias y sus países. La situación más delicada es la de las muchachas y los menores. Algunos niños y adolescentes han nacido y crecido en los campos de refugiados: también ellos tienen derecho a un futuro".

El Papa expresó a continuación su aprecio a "cuantos trabajan en favor de los jóvenes inmigrantes y de sus familias y para favorecer su integración laboral y escolar", e invitó a las comunidades eclesiales a "acoger con simpatía a los jóvenes y jovencísimos con sus padres, intentando comprender sus historias y favorecer su inserción".

Por último, el Santo Padre se dirigió a los jóvenes inmigrantes, invitándolos a construir con sus coetáneos "una sociedad más justa y fraterna, cumpliendo vuestros deberes, respetando las leyes y no dejándose llevar jamás por la violencia".


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