CAMINEO.INFO.- El director del programa ‘El Espejo de la Iglesia’ en Madrid, Mario Alcudia, entrevistó a Fausto Marín, diácono permanente de la diócesis desde hace 12 años. En sus declaraciones, Fausto, padre de familia numerosa, y con cinco nietos, confesó que aunque el Vicario General de la diócesis le invitó a ser diácono, él no se lo planteó hasta un viaje que realizó con sus alumnos a Roma, y ante la tumba de San Pedro “pensé muy seriamente que yo lo único que podía hacer es bien a mis hermanos”. A partir de ese momento, habló de la posibilidad de ser diácono con su mujer y sus hijos, quienes le apoyaron y le ayudaron. “Yo estaba entusiasmado e ilusionado”. Así que dio los primeros pasos en este camino, “y desde entonces llevo 12 años dando gracias a Dios”.
“El diácono, dijo, es el servidor, viene a servir a la Iglesia. Cuando somos ordenados, el Cardenal nos manda a una parroquia. Yo estoy en la parroquia de San Miguel de Carabanchel. Allí, hacemos lo que nos manda nuestro párroco, según las aptitudes: celebramos los bautizos, entierros, liturgias, colaboramos en Cáritas… Pero lo más importante en el Diaconado Permanente es la mujer. La mujer tiene un gran mérito, cuando tienen a un marido que está entregado a la Iglesia, y pasan muchas horas solas. Y eso es un mérito importantísimo. Y ellas también colaboran en la parroquia”. En el caso concreto de Fausto, comparte las tareas con su mujer. “En San Miguel, señala, compartimos las laboras, y como el domingo me toca guardia, hago los entierros en el cementerio, y me encargo de todo lo que puedo hacer, como de los bautismos de la tarde o de alguna boda sin Eucaristía”.
Reconoce que su mujeres y sus hijos viven su diaconado “igual que yo. Con una fuerza de Dios enorme”. Reconoce que más de una noche “me he tenido que levantar de la cama para hacer mis oraciones”, ya que el diácono, “como cualquier cristiano, tiene obligación de hacer los rezos de las horas, especialmente laúdes y vísperas. Y si uno puede, también completas”. Para Fausto, “en el diaconado, si no está la familia contigo, la mujer y los hijos, es una nota disonante”.
En la diócesis de Madrid hay en total 17 diáconos. Reconoce que entre ellos “vivimos en una comunión muy buena. Nos reunimos periódicamente, cada quince días o un mes, con nuestro formador, Justo Bermejo, y desde hace unos dos años con el Padre Ponce. Hacemos ejercicios espirituales, compartimos, y tenemos una corrección fraterna. Gracias a Dios, el diaconado de la Diócesis de Madrid disfruta de una salud muy buena”.
Aunque afirma que “se puede servir a la Iglesia de cualquier manera”, señala que como diácono permanente se “puede hacer mucho bien, y se es portavoz, puente, entre los feligreses y los sacerdotes”. Por eso, invitó “a cualquier hijo de la Iglesia, a cualquier cristiano, a animarse, porque lo único importante es hacer el bien, sin esperar nada, sirviendo a tus hermanos”.