CAMINEO.INFO.-OJO POR OJO Y FRESCURA POR DESVERGÜENZA-. Ya dice una expresión popular que una cosa es ser bueno y otra ser tonto. Un dicho que algunos tendrían que grabarse a fuego en el corazón, pues por su modo de ser, por su cercanía a lo trascendente, ven en el prójimo no sólo a un ser vivo, sino a un hermano, a un hijo de Dios al que hay que amar más que a uno mismo.
Porque, de acuerdo, la caridad ha de ir siempre por delante en toda relación humana, social o profesional, pero siempre y cuando no vaya en contra del legítimo derecho de una tercera persona o de la justicia más elemental.
Y es que al revés nunca ocurre, pues cuando alguien que se autoproclama agnóstico o ateo ve peligrar sus teorías, sus dogmas o su puesto de trabajo no duda en contraatacar con dureza, caiga quien caiga, para defender sus posiciones y salirse con la suya.
Y este descaro, que a muchos creyentes les falta, lo ponen en práctica aunque la razón no les acompañe, aunque su modo de ser y de actuar vaya en contra de la confianza depositada en ellos y también del ideario de la empresa que en su día les acogió.
Por eso, no es faltar a la caridad y sí defender el derecho de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones y no faltar a la confianza depositada, hablar claro con aquellos profesores que imparten clase en colegios diocesanos, religiosos o privados y que, de forma pública e impúdica, faltan a su compromiso de respetar y apoyar el ideario del centro.
Y ese hablar claro ha de ir acompañado, si ese profesor advertido no cambia de actitud, de una acción tajante, similar al descaro esgrimido por el sagaz docente: apuntarlo en una academia para que se prepare con esmero y así saque las oposiciones a la escuela pública lo antes posible.
Por eso, por no faltar a la confianza que en ellos han depositado los padres y la misma Iglesia, las comisiones de enseñanza dependientes del obispado están mirando con lupa la formación, el comportamiento y el buen hacer de los maestros que desean impartir clases de religión en la escuela pública.
Y es que ya va siendo hora de ser buenos de verdad, pero sin que nos tomen el pelo pues nos jugamos mucho: la felicidad presente y futura de nuestros hijos.