CAMINEO.INFO.- Iban juntos por el camino, pero discutían entre sí. Hacía tiempo que algunos de ellos buscaban cierto liderazgo en el grupo, pues unos se sabían más populares y otros sentían que podían disfrutar de algunos privilegios. Por primera vez en sus vidas comenzaban a ser importantes, antes no eran tomados en cuenta, ni en sus personas ni en sus acciones; unos habían sido pescadores, otros pastores, unos cuantos militaban en la Resistencia; nada que pudiese proporcionarles grandeza entre los demás, pero ahora habían escuchado la promesa de ser “pescadores de hombres” y de formar parte del “Reino” que estaba comenzando. Ante sus ojos habían visto sucederse milagros extra-ordinarios y consideraron que había llegado el momento de establecer quién, de entre ellos, era el mayor, el más importante.
Llegados a Cafarnaúm escucharon la pregunta que no esperaban: -¿De qué discutían por el camino?- y que evitaron responder optando por guardar silencio al saberse descubiertos en sus pretensiones. Con su silencio por respuesta, Jesús les pidió que escucharan con atención la solución a sus discusiones. Les dijo: -Miren, si alguno de ustedes quiere ser el primero, deberá hacerse el último de todos y ser el servidor de todos; hasta entonces podrá ser visto por los otros como el más grande y como el primero, pues lo que verdaderamente hace que los demás nos aprecien radica en la capacidad y disponibilidad de servir y no en ser servido, ¿me entienden lo que les digo?-.
En aquel momento no entendieron nada, como luego de dos mil años sucede con muchos, pues aunque de corazón se sabe que la finalidad del ser humano es servir a los demás, en la práctica no se lleva a la acción y es notorio que una mayoría actúa como si la grandeza o importancia personal dependiera de los bienes materiales, de la belleza física o de la calidad del vestido. Sin embargo, ¡cuánta razón tiene Jesús en su enseñanza!, porque la promesa de servir es lo que consigue, casi siempre, la aceptación de los demás, aunque luego resulte que se sabe prometer pero no se quiere cumplir.
Aquellos discípulos tampoco habían comprendido hasta entonces que Dios se había hecho hombre para servir y no para ser servido; les faltaba verlo dar la vida por ellos mismos. Por eso fue que una noche, antes de cenar, Jesús se ató un lienzo a la cintura y, de rodillas ante ellos, los que habían discutido sobre quién era el mayor, se puso a lavarles los pies. Arrodillado, les quitaba las sandalias con cuidado, como lo sabían hacer los sirvientes de los poderosos hacia los visitantes que llegaban extenuados de viajes largos con los pies resecos, calientes por el sol y ardientes por la arena. De igual manera Jesús les lavó los pies para luego secarlos con el lienzo atado a su cintura. Pedro no quería dejarse lavar los pies por el Maestro porque, pensaba en su interior -si me dejo lavar, yo tendré que hacer lo mismo por los demás-. Pero ya Jesús había llevado sus palabras a la acción concreta.
Dos mil años después, al terminar la mañana del pasado domingo 16, en la Capilla Redemptoris Mater del Vaticano los ejercicios espirituales para la Curia Romana, el Papa dio las gracias al predicador, el cardenal Albert Vanhoye, y le dijo que le hizo recordar la imagen de Jesús arrodillado ante Pedro para lavarle los pies, “que he tenido siempre ante los ojos y me ha hablado durante las meditaciones. He visto que precisamente aquí, en este comportamiento, en este acto de extrema humildad se realiza el nuevo sacerdocio de Jesús. Y se realiza precisamente en el acto de la solidaridad con nosotros, con nuestras debilidades, nuestro sufrimiento, nuestras pruebas, hasta la muerte” y comentó además el momento en el que Pedro ruega al Señor que no solo le lave los pies, sino también la cabeza y las manos. “Me parece -dijo el Papa- que expresa, más allá de aquel momento, la dificultad del apóstol y de todos los discípulos del Señor de entender la sorprendente novedad del sacerdocio de Jesús, de este sacerdocio que es humillación, solidaridad con nosotros y nos abre el acceso al verdadero santuario, el cuerpo resucitado de Jesús”.
Uno de los títulos que corresponden al Romano Pontífice es “Siervo de los siervos de Dios”, título ante el que obispos y cardenales se doblegan, porque saben que el llamado a servir es precisamente, para todos, de manera particular para quienes han consagrado sus vidas al Servicio de la Iglesia, y en ella a los bautizados, porque su sacerdocio les hace constituirse en servidores de todos.