CAMINEO.INFO.- Hace unos años, en un marco ambiental esencialmente determinado por el ocio y el turismo, escribí en la prensa un pequeño artículo que comenzaba mencionando aquella famosa novela de Maxence van der Meersch, Cuerpos y almas. Esta novela es una de aquellas obras que nos impactaban de jóvenes y que de vez en cuando vuelven a la memoria. Su argumento consistía en reflejar la tragedia y los gritos del alma humana, sometida al ambiente turbio y asfixiante de una medicina deshumanizadora. Pero en el fondo no se trataba propiamente de una crítica a una manera de ejercer la medicina, sino de denunciar una concepción (y, por lo tanto, un tratamiento) de la persona humana, que la vacía de toda su dignidad.
¿Por qué la atención a nuestras vacaciones y al ocio me lleva espontáneamente a recordar la tragedia de esta obra? Supongo que, a veces, determinadas risas sin alegría y determinadas lágrimas sin esperanza vienen todas de la misma fuente; casi son la misma cosa. Me atrevo a decir que nuestras vacaciones se convierten a menudo en «risas sin alegría», lo mismo que algunos tratamientos del cuerpo humano son la causa de «lágrimas sin esperanza». El origen de una y otra experiencia es la pérdida de la dignidad humana.
Perdemos la dignidad por muchos motivos. Uno de los más importantes es el que señalaba nuestro querido profesor J. M. Rovira Belloso en su obra Fe i cultura al nostre temps, analizando el pensamiento de algunos autores modernos: la fragmentación, la falta de unidad personal, la imposibilidad de integración armónica. En este caso nos referimos a la fragmentación y separación entre cuerpo y alma.
Ya Juan Pablo II, en sus catequesis sobre el cuerpo y el amor humano, a menudo advertía que uno de los obstáculos más graves hoy para vivir el verdadero amor es que, con la manera de tratar el cuerpo humano (y la sexualidad), ha vuelto el dualismo que rompe la persona humana: el cuerpo viene a ser una cosa, un instrumento, «algo que tengo, que poseo para hacer uso de él según mis intereses». Digamos de paso que en el extremo de esta locura oímos cómo algunas mujeres quieren justificar el aborto diciendo que «somos dueñas y libres de hacer lo que queramos con nuestro cuerpo». Creemos que la verdad sobre el cuerpo humano es muy diferente.
- El cuerpo humano es personal. Queremos decir que el cuerpo forma parte esencial de la persona humana y que, por lo tanto, no es «una cosa», sino que participa de la dignidad propia del ser humano.
- El cuerpo humano tiene un sentido específico en nuestra vida: hace presente al exterior lo que somos por dentro. Por ello podemos decir, con Ortega y Gasset, que el cuerpo humano es «una metáfora del alma».
- Pero es preciso aclarar que la belleza del cuerpo humano no coincide con la belleza del alma: un cuerpo dañado puede corresponder a un alma muy virtuosa, y, al revés, un cuerpo perfecto puede corresponder a un alma muy mala. De aquí el engaño y la hipocresía que nos rodea en esta civilización de la imagen.
Lo que sí es cierto es que el alma (su voluntad, sus sentimientos, sus afectos) se tendrá que comunicar mediante el cuerpo. Un cuerpo humano siempre es una presencia de alma y, por tanto, el tratamiento que merece es el de la misma persona. Todo cuanto podemos decir sobre el cuerpo, la sexualidad, el descanso, la castidad, el deporte, la salud, la alimentación, etc., obedece a este principio. No olvidemos que Dios asumió en Jesucristo un cuerpo perfectamente humano. El amor más perfecto comunicándose en la debilidad de un cuerpo humano.