CAMINEO.INFO.- El hecho de que un deportista diga que lo que hace es un espectáculo, en principio, no tendría nada de malo. Pero entonces, si le preguntasen por su profesión, tendría que decir con naturalidad y sin avergonzarse: «soy actor». De hecho, muchos actores de espectáculos tienen como recurso principal su cuerpo cultivado y convenientemente adiestrado. Los casos más conocidos son los del circo y de la danza, pero no son los únicos.
El valor del cuerpo en un espectáculo viene del hecho de que el cuerpo humano es un medio de expresión extraordinario. El espectáculo busca divertir, emocionar, producir un goce estético. Por ello esencialmente consiste en un acto de comunicación entre los actores y el público. Esta comunicación se hace mediante la palabra, la luz, la plasticidad, el ritmo, el sonido, la música o la expresión corporal... Pero siempre el objetivo es alcanzar el máximo grado de sintonía entre los actores y el público, la conexión más intensa.
Ésta es la gran cuestión. Porque el espectáculo echa mano de todos los recursos posibles para alcanzar esta sintonía. Y en eso el cuerpo humano es un instrumento muy eficaz. Tenemos que decir, una vez más, que no se comunican los cuerpos, sino los espíritus. Pero, sobre todo en el mundo de las emociones, el cuerpo bien conducido por el sentimiento y el espíritu, es una maravilla de expresividad. Bien lo sabemos en la liturgia y también en esta liturgia que es el conjunto de posturas, gestos y formas que llenan nuestra vida cotidiana.
Sin embargo entre las muchas posibilidades que tiene el cuerpo humano, está la de despertar el atractivo erótico – sexual. Este atractivo, como hemos dicho frecuentemente, tiene su lugar en el encuentro de amor del matrimonio. Pero, tanto el propio atractivo erótico – sexual, como el cuerpo humano y, sobre todo, la persona humana entera, quedan degradados cuando se ponen al servicio de un espectáculo. Desgraciadamente es un medio muy recurrido, por el hecho de que resulta bien fácil. A menudo lo que hace es esconder o disimular la carencia de verdadera capacidad artística. Por otra parte, no nos tiene que extrañar este hecho, pues lo podemos encontrar igualmente en otros ámbitos de la comunicación, como por ejemplo en la publicidad.
Es muy triste comprobar cómo el cuerpo humano y, ¿porque no decirlo?, la persona que se presta a este juego, quedan reducidos a la función de un anzuelo; al fin y al cabo siempre en función de un éxito económico. Estamos por ello muy cerca de la explotación humana.
- La capacidad expresiva del cuerpo es uno de los regalos que Dios nos ha hecho a los humanos. En determinados casos puede llegar a ser como una ventana del espíritu y un puente de comunicación entre los corazones.
- Es su riqueza. Pero también su riesgo, cuando esta capacidad se pone al servicio de otros objetivos y, por tanto, se hace instrumento de una mentira.
- Todo el que entra en este juego, tanto actores, como espectadores, tienen que ser muy conscientes de que la ganancia o la satisfacción que pueden obtenerse tienen un alto precio de deshumanización y que siempre hay un ganador (explotador) que trabaja a escondidas. Es, además, quién obtiene el máximo beneficio.
¿Qué mejor espectáculo que la belleza formal o del alma, manifestada por un cuerpo, que le pone a su alcance la manera y la ocasión de llegar a los ojos de otros seres humanos, para que participen del mismo gozo?