CAMINEO.INFO.- Desde aquella tarde del año 431, en Efes, cuando todo el pueblo con antorchas encendidas -la primera procesión de antorchas- la aclamó “Santa María Madre de Dios y Madre nuestra”, todas las generaciones han proclamado a María bienaventurada.
La devoción a la Virgen María está arraigada en las entrañas de nuestros pueblos. Hoy, que tanto se habla de memoria histórica, no podemos borrar las páginas de historia de nuestros pueblos, unidos a través de los siglos a la devoción de la Virgen, venerada generación tras generación en ermitas, capillas, santuarios, basílicas. Nuestra Diócesis está enmarcada entre santuarios marianos: desde la Misericordia de Flix hasta Ntra. Sra. de los Desamparados de Alcalá; de Vallivana a Peñíscola; y la Cinta en el corazón diocesano. Todo un rosario de devociones marianas; todo un clamor de bienaventuranzas. La devoción a María no es un puro elemento folclórico, ni una venerable tradición ancestral compuesta por romerías, cantos y rezos, sino que es la raíz de la fe de nuestros pueblos. Ella es nuestra Madre en orden a la fe, la Madre de Jesús nuestro Salvador, la Madre de la Iglesia. Hoy se tiende a recuperar tradiciones de la vida social, intentando excluir las tradiciones cristianas, ignorando que las manifestaciones de la fe de un pueblo son las tradiciones más plenamente sentidas y vividas. Como decía el Papa Juan Pablo II, la fe es cultura en la medida en que los valores que emanan de ésta iluminan, conforman y transforman nuestros valores y sus expresiones.
La devoción a María nos transmite una determinada forma de entender el mundo, de vivir el dolor y la alegría; una manera especial y gratificante de compartir; una manera gozosa de expresar y celebrar la fe. María nos ayuda a cumplir nuestra misión en la Iglesia y en la sociedad. No se puede ser hijo de María y no amar la Iglesia, con todas sus consecuencias. María, esposa y madre, nos muestra cómo debe ser nuestra familia. Ella, al pie de la Cruz, nos enseña a permanecer al pie de las cruces de nuestro mundo, al lado de los que sufren.
De nuestros antepasados hemos heredado las ermitas y santuarios marianos y las tradiciones ligadas a María. Ahora nos toca a nosotros conservar y transmitir este tesoro, tejer una nueva capa, un nuevo traje a nuestra Virgen. Hoy continuamos llamándola bienaventurada. Intentemos imitarla siempre. Que María, venerada y proclamada bienaventurada en nuestros pueblos, sea para nosotros faro que guíe nuestra vida cristiana, como lo fue para nuestros antepasados.