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Portada:: Habla el Obispo:: Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia



CAMINEO.INFO.-

Carta semanal del Sr. Cardenal Arzobispo de Valencia

 
Antonio, Card. Cañizares -Arzobispo de Valencia-
Mon, 27 Oct 2014 13:01:00

CAMINEO.INFO -Valencia/ESPAÑA-

Hemos celebrado, un año más, la Jornada Mundial por las misiones, día del Domund. Ocasión privilegiada para recordar la permanente validez y la urgencia del mandato misionero, que constituye la Iglesia: Ella existe para llevar el Evangelio, la alegría inmensa del Evangelio a todos los rincones de la tierra: a decir y compartir con obras y palabras que Dios es nuestro Señor y que ama a los hombres, con predilección por los pobres, esta es la gran noticia que llena de alegría a todos, que es necesario compartir; Dios está por el hombre y todos pueden vivir con esa alegría de ser amados sin límite por Él, todos pueden participar de esta alegría compartiendo con todos la verdad de que son amados, porque nosotros, los que creemos, nos acercamos a todos, a los pobres, a los que sufren, amándolos de verdad, llevándoles el gozo y la alegría de nuestro amor, de nuestra entrega, de nuestro servicio, de nuestra cercanía, que es la del amor de Dios que les quiere.

En todas las partes del mundo atravesamos una situación muy difícil, que se agrava en los llamados "países de misión", a veces sentidos tan lejanos, pero que son tan cercanos y tan amados por los misioneros que nunca faltan en esos lugares dando la vida literalmente por esos pueblos y sus gentes con generosidad y entrega tales que sólo se comprenden desde la caridad que anima la misión: la que brota de Dios, nuestro solo y único Señor. Vivimos un mundo capaz de lo mejor y de lo peor, desde donde nos llega a la Iglesia un poderoso y apremiante llamamiento a ser evangelizado. Se repite aquel grito angustioso que Pablo escuchó: "¡Ayudadnos!". La ayuda que se nos pide, en medio de tantas cosas que necesita, tiene un nombre: la caridad en la verdad, real y sin condiciones, el amor verdadero y real, la pasión por el hombre que sana, libera, alienta, da luz, esperanza, y otorga y devuelve dignidad y grandeza a todo hombre. La ayuda que la Iglesia, interpelada por este clamor humano universal, ofrece desde siempre y que recoge todo esto, lo resume, lo lleva más allá, y le ofrece todo su sentido y fuerza para alcanzarlo entregando el Evangelio: Jesucristo mismo en persona. "No tengo oro ni plata", dice san Pedro al paralítico que demanda su ayuda a la puerta del templo de Jerusalén, "lo que tengo te doy: en nombre de Jesús Nazareno, ¡levántate y anda!". Esta es la riqueza y la ayuda que la Iglesia ofrece y da, Jesucristo, que nos muestra en nuestra propia humanidad, en nuestra propia carne, en nuestros sufrimientos y dolores que Dios es Dios, el único Señor que vence los poderes del mal y los poderes que esclavizan, subyugan y amenazan al hombre. Esta es la gran riqueza, la gran palabra, el testimonio, la verdad que el mundo de hoy, los pueblos y los hombres abrumados por tantas miserias, dolores y necesidades, necesitan y piden, sin saberlo a veces, para que se puedan poner en camino, y andar hacia una realidad enteramente nueva, con una humanidad en verdad nueva, y con esperanza firme.

Cuando se vive el encuentro y la experiencia de Jesucristo, cuando se le conoce y se le sigue, dejándolo todo y teniendo a Él como único Dueño y Señor, se sabe que esto que acabo de decir es verdad, que no hay riqueza ni tesoro que se le pueda comparar y que no nos pertenece porque es para todos. Cuando se vive con Él y desde Él, se sabe que es verdad que Él es el alimento que sacia el hambre más grande del corazón del hombre, que busca, hambrea y espera; se sabe que Él es la más plena, grande e insospechada riqueza, que no se puede comprar con todo el oro y la plata del mundo y que no perece ni es utilizable por unos pocos en provecho propio y egoísta; quien le sigue a Él, que, por lo demás, lo pide todo, sabe que Él llena el corazón del hombre y sacia sus anhelos más hondos, que Él cura heridas del camino, que en Él se encuentra alivio, descanso y ánimo en el cansancio y abatimiento de los días, que sólo Él tiene palabras y hechos de vida eterna, y que en Él se halla la misericordia, el perdón, la comprensión y la reconciliación que todo hombre necesita para poder vivir. Todo esto es el amor, la caridad, la ayuda que los hombres y pueblos, todos hoy, en situaciones muy diversas y con connotaciones muy particulares, necesitan y buscan.

Todo este amor, y más allá de lo que se puede hasta soñar, se encuentra en Jesucristo. La Iglesia, a lo largo de más de dos milenios, da fe ininterrumpidamente hasta los últimos rincones o confines de la tierra proclama y testifica que es verdad, cierto con la mayor de las certezas posible, que en Jesucristo se encuentra el perdón y la misericordia sin límite que necesitamos los hombres para vivir con esperanza y confianza; que en Él se encuentra el amor real sin barreras ni ribera alguna porque ha dado su vida por todos los hombres –ahí está el amor, el mayor amor– y ha venido a servirnos y no servirse de nosotros ni de nadie; en Él se halla a manos llenas la reconciliación y la paz tan urgente y apremiante, y la mayor de las mansedumbres que descarta toda violencia; también la cercanía a los enfermos y a los que sufren, la identificación con todos los crucificados de tantas formas en estos momentos; en Él tenemos al "buen samaritano" que no pasa de largo sino que se acerca a todo hombre malherido, despojado y tirado a la vera del camino para sanarle y llevarlo donde hay calor y cobijo de hogar; en Él, además, se nos ha devuelto la dignidad perdida, una dignidad inviolable, la de ser con Él mismo hijos de Dios; y, por eso, en Él y con Él se descubre y aprende la grandeza de ser hombre, lo que vale todo hombre, nuestro hermano. En Él ha sido vencida de manera decisiva y definitiva la muerte: la vida, vida plena y eterna es nuestro destino. Todo esto y muchísimo más encontramos en Jesucristo, Hijo de Dios, Dios con nosotros, Dios con el Hombre sin vuelta atrás y para siempre, rostro humano de Dios que es Amor; así nos muestra que sólo Dios es Dios, nuestro solo y único Señor. ¿Cómo callar esto y ocultarlo o dejar de ir a todos los rincones de la tierra para anunciarlo y hacerlo presente allí, si es la "ayuda" que se está pidiendo y necesitando? Esta es la razón de ser de las misiones y de los misioneros. Se entiende que hombres y mujeres consagren su vida a la misión. Y se entiende que hombres y mujeres, en lugares donde nadie quiere ir, ellos estén allí dando su vida, incluso físicamente, haciendo presente el Amor que es Dios.

Ante el Domund de este año, doy gracias a Dios por los misioneros y misioneras que han hecho de las "misiones" la razón de ser de su vida; particularmente doy gracias a Dios por los misioneros y misioneras de nuestra diócesis de Valencia, que están siendo la “avanzadilla” de nuestra Iglesia particular en tantas partes del mundo, a quienes agradezco todo cuanto son y están haciendo, enviados por esta iglesia en Valencia, que los quiere, les recuerda, está con ellos, por ellos ora y les ayuda: ayuda, oración, cercanía que deben acrecentarse cada día más entre nosotros. Dios nos llama a que la diócesis de Valencia sea cada día con mayor intensidad y extensión una diócesis misionera: Dios quiere de Valencia, tan enriquecida por tantísimas gracias y dones suyos, que sea una iglesia, una diócesis misionera, así mostrará con mayor claridad, que los “talentos” recibidos no los esconde, sino que los multiplica.

Los misioneros y misioneras proclaman sin fin, con obras, gestos y palabras, las gracias y los dones de Dios, el don de su amor sin límites ni barreras. No pocas veces este "sin fin" llega hasta el derramamiento de la sangre: de ellos, ¡cuántos han sido y están siendo testigos, mártires, de la fe! Gracias a ellos se ha podido dilatar el designio o querer de Dios de hacer partícipes de su amor y misericordia, ceñidor y base de la unidad consumada entre las gentes. A ellos va mi recuerdo y el de todos, lleno de agradecimiento, acompañado de la oración y de la ayuda y cercanía que necesiten. Su ejemplo es estímulo y sostén para los fieles cristianos, y todo hombre de buena voluntad. Podemos sentir ánimo viéndonos rodeados de un número tan grande de testigos que con su vida y su palabra han hecho y hacen resonar en todos los continentes el Evangelio del Amor, de Dios que ama a los hombres hasta el extremo, y apuesta por el hombre. Los necesitamos.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia






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