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Portada:: Habla el Obispo:: Las Eda­des del Hom­bre y Ec­cle­sia Dei

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Ma­nuel He­rre­ro Fer­nán­dez, OSA. Obispo de Palencia




Las Eda­des del Hom­bre y Ec­cle­sia Dei

Sat, 03 Mar 2018 04:16:00
 
Ma­nuel He­rre­ro Fer­nán­dez, OSA. Obispo de Palencia
Ma­nuel He­rre­ro Fer­nán­dez

La ex­po­si­ción Mons Dei, or­ga­ni­za­da por Las Eda­des del Hom­bre que se va ce­le­brar, en Agui­lar de Cam­poo, des­de mayo a no­viem­bre de este año, tie­ne una ex­ten­sión, un aña­di­do y com­ple­men­to por los al­re­de­do­res de la vi­lla agui­la­ren­se ti­tu­la­do “Ec­cle­sia Dei”, la Igle­sia de Dios.

os que lo deseen po­drán vi­si­tar, ad­mi­rar y go­zar en una se­rie de tem­plos ro­má­ni­cos que son el or­gu­llo del nor­te pa­len­tino. Igle­sias, por ejem­plo, de San Sal­va­dor de Can­ta­mu­da, Mave, Ba­rrio de San­ta Ma­ría, Pe­ra­zan­cas, Moar­bes, San An­drés de Arro­yo, etc.

El ob­je­ti­vo de esta ex­ten­sión de las Eda­des del Hom­bre es pre­sen­tar la ri­que­za ro­má­ni­ca de nues­tra Dió­ce­sis y Pro­vin­cia. Yo di­ría que, en pri­mer lu­gar, es ayu­dar a per­ci­bir o in­tuir que la pre­sen­cia de Dios; esta no se re­fle­ja úni­ca­men­te en las obras de arte, ex­pre­sio­nes de la sed de be­lle­za in­fi­ni­ta que lle­va el hom­bre en su mis­ma es­truc­tu­ra, sino que, emi­nen­te­men­te y por la ac­ción del Es­pí­ri­tu San­to, bri­lla en la co­mu­ni­dad cris­tia­na que se reúne en una casa o tem­plo que lla­ma­mos igle­sia.

El tí­tu­lo in­di­ca que la Igle­sia, el Pue­blo de Dios reuni­do en asam­blea, no es he­chu­ra hu­ma­na; es obra y pro­pie­dad de Dios.

Toda fa­mi­lia for­ma­da por un pa­dre, una ma­dre y los hi­jos ne­ce­si­ta una vi­vien­da dig­na en la que com­par­tir la vida des­de el amor, una vi­vien­da es­truc­tu­ra­da de tal for­ma que ex­pre­se su vida. Así tam­bién la co­mu­ni­dad cris­tia­na. Los bau­ti­za­dos for­ma­mos la fa­mi­lia de Dios, por­que re­co­no­ce­mos que Dios es nues­tro Pa­dre, que nos ha he­cho sus hi­jos; que Je­sús, el Hijo de Dios y hom­bre como no­so­tros, nos hace her­ma­nos y cohe­re­de­ros con Él; que por nues­tras ve­nas flu­ye una mis­ma vida, un mis­mo Es­pí­ri­tu San­to. So­mos to­dos miem­bros de la fa­mi­lia, pero cada uno con su iden­ti­dad y fun­ción en bien de to­dos.

En la casa de esta fa­mi­lia hay un ci­mien­to, fir­me como la roca fir­me, que es la fe en Cris­to. Él lo es todo para no­so­tros y está re­pre­sen­ta­do de mu­chas y di­ver­sas ma­ne­ras, por ejem­plo, en el sa­gra­rio, la cruz, el via­cru­cis, di­ver­sas imá­ge­nes que re­pre­sen­tan en su na­ci­mien­to, en su vida pú­bli­ca, en su muer­te, re­su­rrec­ción, etc. En esta casa sin­gu­lar hay una mesa, el al­tar, don­de el Pa­dre par­te el Pan de vida y los hi­jos lo co­me­mos en ale­gre fra­ter­ni­dad con ac­ción de gra­cias; hay una Pa­la­bra que com­par­tir, la Es­cri­tu­ra pro­cla­ma­da des­de el am­bón; hay, tam­bién, una sede des­de la que el mi­nis­tro or­de­na­do re­pre­sen­ta a Cris­to que es nues­tra Ca­be­za, Maes­tro, Se­ñor, y Pas­tor. Otro lu­gar des­ta­ca­do es la sede de la Mi­se­ri­cor­dia y del Per­dón, el lu­gar de la Pe­ni­ten­cia.

En los tem­plos hay imá­ge­nes de la Vir­gen Ma­ría, del san­to pa­trón y otros san­tos vin­cu­la­dos a la co­mu­ni­dad; y es que esta fa­mi­lia no la for­ma­mos úni­ca­men­te los que hoy vi­vi­mos; tam­bién los san­tos que son los me­jo­res hi­jos de la Igle­sia. For­man par­te de la mis­ma los di­fun­tos, los que nos pre­ce­die­ron en la fe y en la es­pe­ran­za; es ver­dad que ya no se en­tie­rra en los tem­plos, sal­vo con­ta­dí­si­mas oca­sio­nes, pero en al­gu­nas igle­sias to­da­vía pue­den ver­se se­pul­tu­ras en el sue­lo.

¿Qué es­pa­cios re­sal­tar de esta casa? En los tem­plos está ex­pre­sa­do lo fun­da­men­tal de la vida cris­tia­na para quien sabe ver lo in­vi­si­ble a tra­vés de lo vi­si­ble que son la fe, la es­pe­ran­za y la ca­ri­dad. La puer­ta, que es la fe en Cris­to y el Bau­tis­mo, que nos hace li­bres. Hay asien­tos, por­que no so­mos es­cla­vos sino hi­jos. Las pa­re­des o mu­ros re­pre­sen­tan a la doc­tri­na y la ora­ción; la ca­ri­dad está ex­pre­sa­da en la ar­ga­ma­sa o ce­men­to que une a las pie­dras; el te­cho ex­pre­sa que la co­mu­ni­dad está abier­ta a to­dos para aco­ger a los que bus­can un te­cho, un ho­gar, un ca­lor. En los tem­plos hay lám­pa­ras y ve­las, que nos ha­blan de la mi­sión de la co­mu­ni­dad que es ilu­mi­nar y alum­brar con las bue­nas obras. El sue­lo del tem­plo in­si­núa la hu­mil­dad de Cris­to y nues­tra hu­mil­dad. En mu­chas igle­sias hay un coro, in­di­can­do que la vida de la co­mu­ni­dad tie­ne que ser un himno ale­gre de ala­ban­za al Se­ñor, un himno sin­fó­ni­co, don­de se ar­ti­cu­lan y en­sam­blan las vo­ces dis­tin­tas de las per­so­nas di­ver­sas y uni­das en ar­mo­nía. Las co­lum­nas re­pre­sen­tan a los após­to­les y la ca­ri­dad.

Pe­ga­da o jun­to a la igle­sia o tem­plo hay una to­rre o una es­pa­da­ña que apun­ta al cie­lo; alu­de a nues­tra es­pe­ran­za, la glo­ria. La to­rre tie­ne cam­pa­nas, que con­vo­can a la reunión oran­te y a la ce­le­bra­ción, al igual que al tes­ti­mo­nio cris­tiano vi­si­ble y au­di­ble en la so­cie­dad por el amor que es pa­cien­te, be­nigno, no tie­ne en­vi­dia, no pre­su­me, no se en­gríe, no es egoís­ta, no lle­va cuen­tas del mal, no se ale­gra de la in­jus­ti­cia, sino que goza con la ver­dad… (cf. I Cor, 13,4-8). La puer­ta in­vi­ta a sa­lir y lle­var la paz vi­vi­da y ce­le­bra­da a la con­vi­ven­cia so­cial.

Por las ven­ta­nas pe­ne­tra la luz y el aire, el amor del Es­pí­ri­tu San­to, que ilu­mi­na y, con el in­cien­so, per­fu­ma to­das las per­so­nas y co­sas.

Que la be­lle­za de las igle­sias de pie­dras muer­tas nos ayu­de a per­ci­bir el mis­te­rio de la igle­sia for­ma­da por pie­dras vi­vas.









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