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Portada:: Realidades eclesiales:: Camino Neocatecumenal:: In­ter­ven­ción del au­di­tor del Ca­mino Neo­ca­te­cu­me­nal en el Sí­no­do de los obis­pos 2018

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In­ter­ven­ción del au­di­tor del Ca­mino Neo­ca­te­cu­me­nal en el Sí­no­do de los obis­pos 2018

Mon, 22 Oct 2018 12:52:00
 
En el Sí­no­do de los Obis­pos que es­tos días se ce­le­bra en Roma bajo el tema

Acon­ti­nua­ción, re­pro­du­ci­mos la in­ter­ven­ción que leyó ante el papa Fran­cis­co y el res­to de la asam­blea si­no­dal en la tar­de del mar­tes 16 de oc­tu­bre:

Bea­tí­si­mo Pa­dre, re­ve­ren­dos Pa­dres Si­no­da­les, que­ri­dos ami­gos jó­ve­nes. Me lla­mo Hi­lai­re. Soy de Cos­ta de Mar­fil.

Doy las gra­cias a Su San­ti­dad, que es tam­bién mi obis­po, de po­der par­ti­ci­par en este gran mo­men­to ecle­sial en re­pre­sen­ta­ción de to­das las co­mu­ni­da­des del Ca­mino Neo­ca­te­cu­me­nal.

Cuan­do te­nía 18 años el Se­ñor me hizo ini­ciar la ex­pe­rien­cia del Ca­mino Neo­ca­te­cu­me­nal. Pro­ven­go de una fa­mi­lia ale­ja­da de la Igle­sia y jun­to a ellos he co­no­ci­do la fe y la Igle­sia a tra­vés de una pe­que­ña co­mu­ni­dad. Hoy toda mi fa­mi­lia está vi­vien­do esta ex­pe­rien­cia de fe en Cos­ta de Mar­fil. En 1992 en­tré en el Se­mi­na­rio Re­dem­pto­ris Ma­ter de Roma, y des­pués de un tiem­po de for­ma­ción fui or­de­na­do sa­cer­do­te para la dió­ce­sis de Roma. Des­de hace 12 años soy rec­tor del Se­mi­na­rio Re­dem­pto­ris Ma­ter de Ma­da­gas­car.

El tema de la es­cu­cha es cru­cial para en­ten­der a nues­tros jó­ve­nes. En cada si­tua­ción a lo lar­go de su cre­ci­mien­to, so­bre todo en los mo­men­tos de cri­sis, de­be­mos es­cu­char­los. Tam­bién es ne­ce­sa­rio edu­car­los a es­cu­char la voz de quien ver­da­de­ra­men­te los ama tal y como son: Cris­to. En el cen­tro de la Re­ve­la­ción está Dios mis­mo que lla­ma a su pue­blo a la es­cu­cha.

La ex­pe­rien­cia que los jó­ve­nes ha­cen en las co­mu­ni­da­des neo­ca­te­cu­me­na­les es la de la ce­le­bra­ción se­ma­nal de la Pa­la­bra de Dios y de la po­si­bi­li­dad, en cada ce­le­bra­ción, de ser es­cu­cha­dos dan­do su ex­pe­rien­cia. Cada cris­tiano está lla­ma­do a po­ner su vida bajo la luz de la Pa­la­bra de Dios. Esta edu­ca­ción a es­cu­char y ser es­cu­cha­dos acon­te­ce en pri­mer lu­gar en la fa­mi­lia a tra­vés de una “li­tur­gia do­més­ti­ca”, el do­min­go, don­de los pa­dres trans­mi­ten la fe a los hi­jos, se­gún la cos­tum­bre del Ca­mino Neo­ca­te­cu­me­nal.

La co­mu­ni­dad a la cual los jó­ve­nes per­te­ne­cen, los ayu­da a sen­tir­se to­ma­dos en se­rio. Cre­cer en una co­mu­ni­dad com­pues­ta de per­so­nas de to­das las eda­des, sexo y con­di­ción so­cial ayu­da a des­truir las ba­rre­ras ge­ne­ra­cio­na­les y a cre­cer jun­tos en la fe.

A tra­vés de la es­cu­cha de la Pa­la­bra, los jó­ve­nes des­cu­bren cómo Dios está pre­sen­te en su his­to­ria con­cre­ta, tam­bién en sus im­pli­ca­cio­nes más pro­ble­má­ti­cas y do­lo­ro­sas. Des­cu­bren un Dios que es cer­cano y ven­da sus he­ri­das, des­cu­bren el mis­te­rio de la cruz glo­rio­sa que es la úni­ca que da un sen­ti­do a la exis­ten­cia del hom­bre.

En el in­te­rior de las co­mu­ni­da­des, jó­ve­nes y adul­tos vi­ven una edu­ca­ción gra­dual a la fe a tra­vés de una ini­cia­ción cris­tia­na que no pre­su­po­ne la fe, sino que en va­rias eta­pas ayu­da a re­des­cu­brir toda la ri­que­za con­te­ni­da en el bau­tis­mo.

Este pro­ce­so se hace bajo la guía de un equi­po de ca­te­quis­tas com­pues­to por lai­cos (hom­bres y mu­je­res) y sa­cer­do­tes que acom­pa­ñan al jo­ven a lo lar­go de su ca­mino ca­te­cu­me­nal. En esta fase del paso de la fa­mi­lia a la co­mu­ni­dad, el Ca­mino ha des­cu­bier­to la be­lle­za de una pas­to­ral de la post-con­fir­ma­ción que ayu­da a los jó­ve­nes a per­ma­ne­cer en el seno de la Igle­sia y a ex­pe­ri­men­tar sus ri­que­zas en la edad crí­ti­ca de la pu­ber­tad y de la ado­les­cen­cia.

En la pe­que­ña co­mu­ni­dad pue­den ex­pe­ri­men­tar el ca­lor fra­terno que tan­to desean los chi­cos. Las Jor­na­das Mun­dia­les de la Ju­ven­tud son oca­sio­nes de gran res­pi­ro para los jó­ve­nes que vi­ven mo­men­tos de evan­ge­li­za­ción y fra­ter­ni­dad con coe­tá­neos de otras par­tes del mun­do.

San Pa­blo VI, a tra­vés de la Hu­ma­nae Vi­tae, ha ayu­da­do a mu­chas fa­mi­lias en la Igle­sia a es­tar abier­tos a la vida. Esta aper­tu­ra a la vida en el Ca­mino ha dado como fru­to vo­ca­cio­nes a la vida con­sa­gra­da, al pres­bi­te­ra­do y al ma­tri­mo­nio. Mu­chas fa­mi­lias jó­ve­nes, des­pués de un tiem­po de ges­ta­ción de la fe en el in­te­rior de su co­mu­ni­dad, lla­ma­dos por los obis­pos y en­via­dos por el San­to Pa­dre, sa­len en mi­sión a las zo­nas más se­cu­la­ri­za­das del mun­do.

El Es­pí­ri­tu San­to está lla­man­do a mu­chos jó­ve­nes de las co­mu­ni­da­des a la vida sa­cer­do­tal. Han sido eri­gi­dos por los obis­pos dio­ce­sa­nos 122 se­mi­na­rios dio­ce­sa­nos mi­sio­ne­ros in­ter­na­cio­na­les. Esta in­ter­na­cio­na­li­dad, que he ex­pe­ri­men­ta­do yo el pri­me­ro du­ran­te mi for­ma­ción, la es­toy vi­vien­do aho­ra de nue­vo con los se­mi­na­ris­tas y los sa­cer­do­tes for­ma­dos en nues­tro se­mi­na­rio que pro­ce­den de 15 na­cio­nes de Eu­ro­pa, Áfri­ca y Amé­ri­ca.

Un jo­ven en el fon­do bus­ca sólo una cosa: sen­tir­se ama­do y aco­gi­do. La Igle­sia, que es maes­tra en hu­ma­ni­dad y que po­see la ri­que­za del Evan­ge­lio, es la úni­ca en po­der­les ofre­cer esta be­lle­za del amor.

Allí don­de se en­cuen­tre un jo­ven en la tie­rra, tam­bién para él Je­su­cris­to ha dado la vida y ha de­rra­ma­do su San­gre, aun­que no lo sepa. To­dos los jó­ve­nes tie­nen el de­re­cho de es­cu­char la Bue­na No­ti­cia de que es po­si­ble ser fe­liz no vi­vien­do egoís­ta­men­te para sí mis­mo, sino para los de­más. Los jó­ve­nes es­pe­ran que no­so­tros, en cuan­to Igle­sia, sal­ga­mos para ir a en­con­trar­los en lo pro­fun­do de su alma, don­de re­si­den sus in­te­rro­gan­tes más pro­fun­dos y don­de anida la im­pron­ta de Dios.









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