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Portada:: Razón y Fe:: D. Pablo Mª Ozcoidi:: Necesidad del Consejo

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Necesidad del Consejo

 
Mon, 01 Dec 2008 21:45:00

Carta a Judas Iscariote, guía de los que prendieron a Jesús:

Señor "Mas-te-valiera-no-haber-nacido":

Contemplar el itinerario de tu vida y llegar a la conclusión de que fue realmente penoso es inevitable. Escogido por el Señor con amor de predilección para ser su apóstol no fuiste, ni buen discípulo en las horas buenas por no recibir con humildad las lecciones del Maestro, ni prudente en los momentos de oscuridad pues no supiste acudir al consejero que te hubiera salvado.

La primera noticia que tenemos de tu alejamiento del Señor es con ocasión del discurso eucarístico. Jesús dice que su cuerpo y su sangre van a ser comidos y bebidos. Aquellas palabras fueron ocasión de escándalo para muchos, y también para ti. El Evangelio de S. Juan dice:

«Desde entonces muchos discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él. Entonces Jesús dijo a los doce: ¿También vosotros queréis marcharos? Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Santo de Dios. Les respondió Jesús: ¿No os he elegido yo a los doce? Sin embargo, uno de vosotros es un diablo. Hablaba de Judas, hijo de Simón Iscariote, pues éste, aun siendo uno de los doce, era el que le iba a entregar» ( Jn 6, 66-71).

Por el comentario que hace S. Juan se ve que las palabras de Pedro fueron compartidas por todos los Apóstolesmenos uno, tú, Judas. En lugar de ser sencillo y preguntar lo que no entendías preferiste callar para no quedar en evidencia delante de los demás Apóstoles. Ya entonces eras un discípulo muerto de Jesús. Pero cuando un árbol se empieza a torcer lo normal es que el mal vaya a peor y así te sucedió a ti porque primero callaste, luego mentiste. Quiero recordarte otro humillante suceso de tu vida:

«Jesús, seis días antes de la Pascua, fue a Betania, donde vivía Lázaro, al que Jesús resucitó de entre los muertos. Allí le prepararon una cena. Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa con él. María, tomando una libra de perfume muy caro, de nardo puro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se llenó de la fragancia del perfume. Dijo entonces Judas Iscariote, uno de los discípulos, el que iba a entregarle: ¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres? Pero esto lo dijo no porque él se preocupara de los pobres, sino porque era ladrón, y, como tenía la bolsa, se llevaba lo que echaban en ella. Entonces dijo Jesús: Dejadle que lo emplee para el día de mi sepultura; pues a los pobres los tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis» (Jn 12,1-8).

Tu alma se iba progresivamente envenenando y fue así como del silencio caíste en la mentira pues simulaste tener piedad por los pobres cuando lo único que te interesaba era apropiarte de la que había en la bolsa. Fue una mentira particularmente vil. Pero no acabo todo con la mentira, pues de ella pasaste a la traición. Así nos lo cuenta S. Mateo:

«Entonces, uno de los doce, llamado Judas Iscariote, fue donde los príncipes de los sacerdotes, y dijo: ¿Qué me queréis dar a cambio de que os lo entregue? Ellos le ofrecieron treinta monedas de plata. Desde entonces buscaba una oportunidad para entregarlo» (Mt 26,14-16).

Poco tiempo tardaste en consumar esa traición. Fue con ocasión de la Última Cena. Saliste del Cenáculo para entregar a tu Señor. Era de noche; noche que significa la tiniebla que reina lejos de Cristo. Luego, con los esbirros de los sacerdotes y escribas acudiste a prender a quien te eligió como suyo.

«Todavía estaba hablando (Jesús), cuando llegó Judas, uno de los doce, acompañado de un gran gentío con espadas y palos, enviados por los príncipes de los sacerdotes y ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta señal: Aquel a quien yo bese, ése es: prendedlo. Y al momento se acercó a Jesús y dijo: Salve, Rabí; y le besó. Pero Jesús le dijo: Amigo ¡a lo que has venido! Entonces, acercándose, echaron mano a Jesús y le prendieron» (Mt 26,47-50).

Así conseguiste lo que querías. Eras ambicioso y por eso te acercaste al Señor. Cuando viste el cariz demasiado espiritual que tomaban los acontecimientos decidiste dejar al Señor, pero no quisiste retirarte sin una compensación material. Tenías ya en tus manos las treinta monedas de plata. ¿Qué te pasó entonces? Una cosa muy sencilla, la misma que sintieron Adán y Eva, a saber, que habías cometido un inmenso error. Antes de pecar todo estaba claro, después de hacerlo, todo es oscuridad. Y entonces cometiste el mayor de los errores y lo cometiste porque, como jamás abriste tu corazón a Jesús, desconocías sus entrañas de misericordia y pensaste que no había perdón para tu pecado. Entonces te colgaste. S. Mateo lo cuenta de este modo:

«Entonces Judas, el que le entregó, al ver que había sido condenado, movido por el remordimiento, devolvió las treinta monedas de plata a los príncipes de los sacerdotes y ancianos, diciendo: He pecado entregando sangre inocente. Pero ellos dijeron: ¿A nosotros qué nos importa?; tú verás. Y, arrojando las monedas de plata en el Templo, fue y se ahorcó» (Mt 27,3-5).

No es buen camino el propio juicio. Cuando Jesús dice refiriéndose a los fariseos —y posiblemente a Judas— dejadlos, son ciegos, guías de ciegos; y si un ciego guía a otro ciego, ambos caerán en el hoyo (Mt 15-14), esas palabras sirven para aquellos que nunca piden consejo a los demás ni siquiera a los que tienen esa misión. Judas, están convencidos como tú que les asiste toda la razón pero acaban comprendiendo su error y hundidos en la miseria.

Todo hombre necesita abrir el corazón para desahogarse, para recibir estímulo, para ser ayudado. Todos necesitamos tener consejeros. Nadie debe decir: «Yo me basto». Esto sucede en todos los órdenes de la vida. Un estudiante necesita profesores, un deportista necesita entrenador, etc. Por eso la Escritura juzga severamente al soberbio autosuficiente y alaba al que busca la amistad:

«Un amigo fiel es protección poderosa, quien lo encuentra, halla un tesoro. Un amigo fiel no tiene precio, es de incalculable valor. Un amigo fiel es medicina que salva, lo encontrarán los que temen al Señor. El que teme al Señor será recto en su amistad, pues según es él, así será su prójimo» (Sir 6,14-17).

En otro pasaje leemos:

«Hijo, haz las cosas con mansedumbre, y serás amado por el hombre de valía. Cuánto más grande seas, tanto más debes humillarte, y encontrarás gracia ante el Señor. Muchos son los altivos y los jactanciosos, pero Él revela sus secretos a los mansos; porque el poder del Señor es grande y es alabado por los humildes. No busques lo que te es demasiado difícil, ni investigues lo que te supera». (Sir 3,19-22).

Somos como los naipes. Podemos llegar a formar un castillo pero apoyándonos los unos en los otros. En este sentido dice un refrán popular que «cuatro ojos ven más que dos». Tal auxilio es más necesario cuando, en problemas personales, tendemos a llevar el ascua a nuestra sardina, en estos casos la tendencia a la interpretación que nos es más favorable es clarísima, por tal motivo conviene que otra persona valore nuestra situación desde fuera, de un modo más frío, más objetivo.

Recuerdo un suceso que acaeció hace muchos años. Tendría por entonces poco más de doce años. Fui con unos amigos a la sierra de Aralar para hacer una travesía que había de durar dos días. El primer día todo marchó bien hasta que llegó la noche cuando alcanzamos una borda en la que estaba previsto pasar la noche, la borda estaba cerrada. Como pudimos, los trece que íbamos nos metimos en una pequeña tienda de campaña separando el techo y el doble techo. Hacía un frío enorme. Dormimos poco, pero contamos muchos chistes. Por fin amaneció y salimos de las tiendas. La niebla lo dominaba todo. La situación, no digo que fuera desesperada, pero tampoco agradable.

Sin embargo en el momento menos esperado apareció un pastor —¡un buen Pastor!—, dudo que estuviera dispuesto a dar la vida por nosotros, pero sus consejos fueron de un valor inestimable. Nos dijo solamente: «seguid estas señales —creo que eran amarillas— y si no las perdéis llegaréis a un pueblo que se llama Lacunza. Y así fue. Llegamos llenos de barro, como croquetas, pero llegamos. Después de tantos años, las patrullas de los zorros y los ciervos de la primera tropa de boy-scout de Pamplona (Colegio Escolapios) nos sentimos agradecidos al buen pastor de Aralar.

Judas hay gente que no pide consejo ni cuando conduce. Llegan a una ciudad y piensan que el instinto les va a orientar. Al final, después de perder mucho tiempo, tienen que acabar preguntando y aguantando las ironías de los acompañantes que desde el principio les aconsejaban una actitud más prudente. Tú estabas confuso, no entendías a Jesús, pero no tuviste ni la confianza ni la humildad de pedir la luz que necesitabas para aclarar tu conciencia.

Los católicos podemos no solamente pedir a otros el consejo, sino incluso el perdón de los pecados. Esto es muy importante para abandonar las tinieblas y continuar la vida por el camino de la luz, «para comenzar de nuevo». Nunca agradeceremos a Dios bastante este maravilloso don. El sacramento del perdón, de la paz, de la alegría, del consuelo. Todo aquel que acude a él recibe el perdón de todos sus crímenes siempre que acuda con las debidas disposiciones: dolor y sinceridad. No hay pecado que no tenga perdón de Dios. Dios no es como los hombres. Judas, ¿cómo no pediste ayuda a alguien? Las aguas se hubieran serenado. Para todos los que ven que su barca zozobra es un buen consejo acudir a pedir consejo a quien puede darlo y a confesarse para quitarse un peso de encima.

Cuenta el apóstol Juan que Jesús una vez resucitado se apareció a los discípulos e instituyó el sacramento del perdón:

«Al atardecer de aquel día, el siguiente al sábado, estando cerradas las puertas del lugar donde se habían reunido los discípulos por miedo a los judíos, vino Jesús, se presentó en medio de ellos y les dijo: La paz sea con vosotros. Y dicho esto les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor se alegraron los discípulos. Les dijo de nuevo: La paz sea con vosotros. Como el Padre me envió así os envío yo. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les son perdonados; a quienes se los retengáis, les son retenidos» (Jn 20, 19-23).

Jesús en su primera aparición a los apóstoles, les entrega aquello que ha obtenido para los hombres en la cruz, a saber, al Espíritu Santo, y con esta Persona divina les entrega el poder de perdonar los pecados. Los hombres, sin embargo, a veces preferimos permanecer en el fango. Lamentable, pero así es. Acumulando pecado sobre pecado. Judas, tuviste a tu lado al Buen Pastor pero no supiste abrir la boca para recibir la ayuda del Maestro, el perdón del Hijo de Dios. Por eso apareces retratado en aquel episodio que cuenta S. Marcos:

«A lo que respondió uno de la muchedumbre: Maestro, te he traído a mí hijo, que tiene un espíritu mudo; y en cualquier sitio que se apodera de él, lo tira al suelo, le hace echar espuma y rechinar los dientes y lo deja rígido. Pedí a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido. El les contestó: ¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo tendré que estar entre vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que sufriros? ¡Traédmelo! Y se lo trajeron. En cuanto el espíritu vio a Jesús, agitó violentamente al niño, que cayendo a tierra se revolcaba echando espuma. Entonces preguntó al padre: ¿Cuánto tiempo hace que le sucede esto? Le contestó: Desde muy niño; y muchas veces lo ha arrojado al fuego y al agua, para acabar con él; pero si algo puedes, ayúdanos, compadecido de nosotros. Y Jesús le dijo: ¡Si puedes...! ¡Todo es posible para el que cree! En seguida el padre del niño exclamó: Creo, Señor; ayuda mi incredulidad. Al ver Jesús que aumentaba la muchedumbre, increpó al espíritu inmundo diciéndole: ¡Espíritu mudo y sordo, yo te lo mando, sal de él y ya no vuelvas a entrar en él! Y gritando y agitándole violentamente salió; y quedó como muerto, de manera que muchos decían: Ha muerto. Pero Jesús, tomándolo de la mano, lo levantó y se mantuvo en pie (Lc 9,17-27).

Pobre Judas, aquel muchacho tenía dentro un espíritu mudo que le impedía hablar, como tú que tampoco hablabas. Como consecuencia de ello se nos dice que echaba espuma, le rechinaban los dientes y lo dejaba rígido. Cuánta amargura debiste pasar en aquel tiempo en que silenciosamente fraguaste tu traición. Y es que la senda del pecado es muy desgraciada. Dice Santa Teresa que «el camino que lleva al cielo es un cielo y el que lleva al infierno es un infierno».

El mudo quedó curado, pero tú, no. Fuiste un alma privilegiada por cuanto tuviste a Jesús como Maestro, pero ese privilegio fue para maldición tuya porque en lugar de escuchar al Señor le juzgabas en tu interior.

Hoy, más que nunca, la humanidad necesita de gentes que sepan pedir consejo.






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