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Portada:: Reflexión en libertad:: César Valdeolmillos Alonso:: La vergonzosa mancha de tinta
     




La vergonzosa mancha de tinta

 
Sun, 16 Jul 2017 09:47:00

“La defensa de la vida no es una cuestión religiosa, como muchos quieren hacer ver, para así, de este modo, poder justificar cualquier acción por horrible y deplorable que sea ésta”

 

Pienso que la armonía del universo, depende de una gigantesca balanza que es la que nos obliga a guardar el equilibrio de la existencia. Me explicaré: no existiría la noche, de no existir el día, ni la salud sin la enfermedad, ni la bondad, de no ser precedida de la maldad.

Ayer resultó ser un feliz miércoles. Carlos y Andrés, dos agentes de la benemérita, fueron protagonistas de un hecho de esos que te llenan el corazón de ilusión y de esperanza. Devolvieron a la vida a un bebé de 10 o 15 días, que alguien había condenado previamente a una muerte casi segura.

En Mejorada del Campo, a primera hora de la mañana, un vecino que estaba paseando a su perro, dio la voz de alarma, al escuchar un llanto procedente de un contenedor soterrado de basuras. Dos guardias civiles se presentaron en el lugar. Por los quejidos que se escuchaban, no se sabía si se trataba de un niño o un animal.

El acceder al contenedor subterráneo, constituyó el momento más delicado. Una vez sacado al exterior, los dos agentes lo abrieron un poco por debajo y comenzaron a sacar las bolsas de basura una a una. Un momento de angustia se produjo cuando los gemidos dejaron de escucharse. Por fin llegaron a una bolsa que pesaba más. En su interior había una mochila y al abrirla, asomó el bracito de un niño. Felizmente se había salvado una vida.

Pero para que ese feliz acontecimiento se produjera, antes, un hecho monstruoso tuvo lugar. Intencionadamente, alguien había arrojado a un ser inocente de no más de 15 días, al hedor de los desechos.

Entre los humanos, cada hijo pone en peligro la vida de la madre, porque solo se alumbra una nueva vida, a costa de la propia, y tras ese acto sublime ¿Qué es lo que nubla la mirada de esos ojos que por vez primera se cruzaron con aquellos otros, fruto de sus entrañas, que les sonreían en un infinito diálogo de agradecimiento y amor? ¿Qué es lo que los ciega y los sume en la espantosa embriaguez de una locura que convierte la mirada del amor en ojos de niño enfermo, moribundo ante el espantoso sentimiento de la adustez?

¿Qué atormentado dolor puede condenar a la inexistencia a ese ser indefenso, creado de la nada, alimentado en lo profundo de unas entrañas que cuidaron de él hasta que estuvo acabado y perfecto?

Alguien hizo que ese ser perfectamente acabado, sintiera que el calor de la vida se le escapaba por cada poro de su piel y penetraba el escalofrío del tránsito hacia la nada. Cuando un niño que es el futuro de la humanidad, llora porque se siente abandonado, no hay consuelo posible en el universo. Aunque los primeros rayos de sol alumbraban la tierra, todo eran sombras para él. En ese momento se le estaba arrebatando la misión que el destino le había entregado al nacer: la de ser simplemente “un niño”. La fuerza de la vida se le escapaba entre el sudor y el llanto, entre la inmundicia más inhumana de los humanos. Las madres de todo el mundo profirieron un infinito grito de dolor y la humanidad toda, tembló al escuchar el ruido que el cuerpo del niño, sumido en la negrura del submundo profundo de los desechos, hizo al caer al fondo del mismo.

La perspectiva de los niños para imaginar las proporciones de su mundo, se agiganta en función de su poquedad y su desamparo. Imagino la infinitud de su soledad en esa sima inmunda de los desechos humanos. ¿Tenía motivos esa criatura para alegrarse de haber nacido? ¿Qué culpa tenía ese ser inocente para merecer tan cruel destino? ¿Qué era? ¿Una equivocación? o ¿Es que sobre el paisaje de la vida de una madre, el fruto de su propio ser, había vertido una indeleble y vergonzosa mancha de tinta?

Es desalentador comprobar que esto a lo que ahora llamamos progreso, solo estimula nuestro salvaje e insaciable egoísmo hasta el extremo de inducir a una madre a renegar del fruto de su propia naturaleza, para, posiblemente, ocultar sus miserias, y así poder seguir exhibiendo la hipócrita máscara de las conveniencias sociales.


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