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Portada:: Habla el Obispo:: Monseñor Carlos Osoro Sierra:: SIN CRISTO, ¿QUIÉN ES DIOS? ¿QUIÉN ES EL HOMBRE?

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CAMINEO.INFO.-

SIN CRISTO, ¿QUIÉN ES DIOS? ¿QUIÉN ES EL HOMBRE?

 
Mon, 17 Oct 2011 13:01:00

CAMINEO.INFO -Valencia/ESPAÑA- Comienzo a escribiros esta semana con una afirmación que ya en otras ocasiones os he expresado: sin Cristo no sabemos ni quién es el hombre, ni quién es Dios. Y es que, ciertamente, sin Cristo no comprendemos nada de lo que son el trabajo y la justicia, el pecado y la libertad, los demás y nosotros mismos, el sufrimiento y la muerte. Y sin Él aún sabemos menos quién es Dios y qué tipo de relaciones quiere entablar con todos nosotros. Tenemos que recordar aquí lo que ya dijo Pascal: “No conocemos a Dios más que por Jesucristo”.

La tentación más grande que invade la existencia del ser humano, tanto en la vida personal, como hasta en el nivel de la ciencia, es la de tener siempre la tendencia de acaparar a Dios. De esta manera, hacemos de Él una imagen adaptada a nuestros esquemas de pensamiento, a nuestras preocupaciones. A través de todos los tiempos, vemos cómo, normalmente, cargamos sobre Dios los rasgos de nuestra época y de nuestra cultura. En el fondo, tenemos el atrevimiento de seguir fabricando ídolos de Dios. Nos cuesta concebir que Dios sea a la imagen y a la medida de Dios y que el hombre tenga que ser también a imagen y a medida de lo que Dios puso en él. Releyendo hace días algunas citas de concilios sobre aspectos importantes del hombre, qué bueno fue para mí recordar lo que nos decía el cuarto concilio de Letrán, cuando afirmaba que entre Dios y el hombre no puede existir más que una relación de analogía, y que la diferencia que existe entre Él y nosotros es todavía mayor que el parecido. Y es que somos nosotros, como nos decía el concilio, los que tenemos que adecuarnos a Dios, no Dios a nosotros.

Sin embargo, a lo largo de la historia, ¡cuántas imágenes! ¡cuántas caricaturas!: un Dios inaccesible e inabordable, dominador, legislador, que lleva la cuenta de los méritos, rico, poderoso..., o también un Dios bonachón con el que cabe hacer toda clase de arreglos y tratos. Los cristianos sabemos muy bien que sólo Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, puede decirnos quién es Dios y quién es el hombre. Por ello, ante tantos retratos, nos dan ganas de gritar como Maurice Clavel: “Dios es Dios, ¡caramba!”. Os invito a contemplar a Dios en Jesucristo. Pasad ratos largos contemplando al Señor, meditando su Palabra. En esta actitud llegaremos a tener la verdadera sabiduría de quién es Dios y de quiénes somos cada uno de nosotros.

No es posible disociar a Dios de Jesús como si fueran dos seres diferentes. Sólo Dios habla bien de Dios. Sólo la revelación puede decirnos quién es Dios, ya que “a Dios nadie le ha visto jamás; el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado” (Jn 1, 18). “El que me ha visto a mí, dice Jesús, ha visto al Padre” (Jn 14, 9). “Nadie va al Padre” más que por Cristo (cf. Jn 14, 6); “nadie conoce al Padre más que el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mt 11, 27). Y es que para saber quién es Dios, hay que acudir de oyente a la escuela del Hijo, que es la Palabra del Padre: “Este es mi Hijo, escuchadle” (Lc 9, 35).

¡Qué maravilla! Cristo nos revela a un Dios que se deja ver, oír, tocar, zarandear por las turbas. Esto, ¿deja de hacernos ver que es el Totalmente-Otro? Aunque Dios ha salido de su misterio, aunque al tomar carne se ha hecho uno más entre nosotros, perdido en medio de los millones de seres humanos, no por eso ha dejado de ser el Único. En realidad el misterio oculto desde toda la eternidad y revelado, luego, en Jesucristo, notificado y predicado por los Apóstoles (Rom 16, 25-27), no deja de ser misterio. El Dios manifestado en Jesucristo desafía toda definición y toda explicación de Dios. “Nadie conoce los secretos de Dios más que el Espíritu de Dios” (1 Cor 2, 11; Ef 3, 19). ¡Qué fuerza tiene para nosotros el hecho de que el invisible, en su naturaleza, se ha hecho visible en la nuestra y cognoscible, al menos en parte. Ésta es la paradoja de Cristo: para manifestarse, Dios se sirve de lo que hay de más diferente respecto de Él, es decir, de la carne. Y, sin embargo, esta oscuridad de la carne se convierte en lenguaje privilegiado por el que Dios quiere proclamarse. Cristo es, personalmente, hombre. Y ese hombre es, personalmente, Dios. El amor de Cristo es el amor de Dios hecho visible; los actos de Cristo son los actos de Dios en forma humana; las palabras de Cristo son palabras humanas de Dios. Mete en tu corazón todas estas cosas, medítalas, ábrete a estas realidades.

¡Con qué fuerza subraya el Nuevo Testamento la proximidad de Dios! Y es que ¿hay algo más cercano y más frágil que ese Niño que nos ha nacido, ese Hijo que se nos ha dado? ¿Hay algo más desamparado que ese Crucificado, con los brazos abiertos y el pecho herido? ¿Hay algo más disponible, más anonadado que esa hostia que se ofrece a nuestra veneración y a nuestro amor? ¿Hay algo más pobre, más desposeído, más accesible que el Dios revelado en Jesucristo? Pues no. En Jesucristo, el Trascendente se hace cercano, el intocable se hace palpable, el tres veces santo brinda su amistad a los que se han lanzado contra Él. Y, sin embargo, incluso cuando se hace tan cercano, tan frágil, tan desvalido, Dios sigue siendo el Totalmente-Otro, tanto en su proximidad como en su trascendencia: el Verbo (trascendencia) se ha hecho carne (proximidad). Y es que, precisamente, porque es el Único, Dios puede perderse en la multitud humana; porque es Omnipotente, puede parecer sin poder; porque es la Vida, puede arrostrar la muerte.

Ten siempre esta seguridad, pues en contra de lo que nos imaginamos siempre, no es el hombre el que va en busca de Dios, sino que Dios es el primero que se pone en camino en busca del hombre. Dios te está buscando siempre. Piensa esto por unos momentos. Ponte en actitud de que te encuentre. No le pongas obstáculos a quien quiere revelarse a tu persona. Para eso ha venido a esta tierra el Señor. La originalidad del cristianismo radica en que nos propone a un Dios que tiene la iniciativa en todo, incluso antes de que el hombre tome conciencia de ello. Es el Dios que entra en nuestras vidas, en la hora imprevista, en la encrucijada menos esperada, el que suscita en nosotros los primeros deseos, las primeras cuestiones, los primeros pasos, invitándonos a una reciprocidad de amor. El buscador no es el hombre sino Dios. Recuerda el Evangelio de este Domingo pasado donde, a través de una parábola, se nos cuenta cómo Dios buscando al hombre, lo invita a un banquete y sale en su búsqueda por todos los caminos, si bien es cierto que para entrar a ese banquete hay que ponerse el traje de fiesta, que no es otro que dejarse invadir por el misterio de quien nos dice “quiero entrar en tu casa, en tu vida”.

Con gran afecto, os bendice

+ Carlos, Arzobispo de Valencia






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