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CAMINEO.INFO

Domingo XXIV T.O.

Sun, 11 Sep 2011 00:05:00

CAMINEO.INFO.- Nos cuesta perdonar, a mí el primero. Nos cuesta perdonar una pequeña ofensa y nos parece imposible perdonar una gran ofensa.

Y como que vemos que nos cuesta vivir el perdón de corazón, buscamos excusas, justificaciones, para no perdonar. Y allá nos quedamos “en el valle de las excusas”: “Es que ha sido por culpa suya”, “es que yo no le he hecho nada”, “es que lo que ha hecho no tiene perdón”, (y la mejor de todas) “yo lo perdono pero no le hablo”. Excusas, excusas, y más excusas...

¿Sabéis quién hace el primer paso de acercarse al otro cuando ha habido un problema? ¡El que más ama! Aunque toda la culpa sea del otro el que más ama es el que se acerca al otro para buscar la reconciliación.

Esta dificultad para perdonar tan enraizada en nosotros nos lleva a contemplar con atención lo que Jesús nos dice en el evangelio. Tres ideas:

Primera: Imagino que ha quedado claro que hemos de perdonar siempre. Setenta veces siete quiere decir siempre. Por tanto, no llevemos la contraria a Jesús.

Hace falta perdonar siempre y hacerlo de corazón, y expulsar de nosotros el rencor, siendo capaces de recordar sin dolor.

El rencor es como un cáncer. Nos hace mal a nosotros, crece en nuestro interior hasta el punto de quitar la paz. Jesucristo, el médico de nuestras almas, nos ayuda a extirpar este cáncer.

Segunda idea: Sorprende en esta parábola de Jesús la actitud del ministro, incapaz de perdonar unos cuantos dineros cuando él ha sido objeto de perdón de una cuantidad desorbitada de dineros.

¿Qué ha pasado? ¿Cómo ha sido posible esto? Pues, que el ministro no ha hecho experiencia del perdón recibido. Ha sido perdonado pero él no ha hecho experiencia del perdón recibido. Esto nos puede pasar a nosotros, irnos confesando un poco rutinariamente y no hacer verdaderamente una experiencia del perdón que estamos recibiendo.

¡Es tan grande lo que pasa en la confesión! Recibimos un perdón que nos limpia, que nos purifica, que reconstruye lo que el pecado ha destruido, que nos da nuevas gracias para no volver a pecar.
¡Es tan admirable poder empezar de nuevo! Cuando confesaba jóvenes en la Jornada Mundial de la Juventud muchos lloraban, pienso que los lloros nacían por esta experiencia única de que de una manera tan fácil se pueda comenzar de nuevo. ¡Totalmente de nuevo! Es la experiencia única de un Dios siempre dispuesto a perdonar, siempre dispuesto a abrazar...

Cuando hacemos experiencia del perdón de Dios: perdón gratuito, amoroso, pacificador, entonces somos capaces (no por voluntarismo, sino que quedamos capacitados) de llegar a ser personas que llevan el perdón en el corazón, entonces somos capaces de ser personas que buscan el perdón...

Si Jesús sólo nos hubiera dicho que perdonásemos siempre habría quedado un poco como una exhortación voluntarista... “esforzaros en perdonar”. Pero en la parábola nos expone el motor del perdón. El motor del perdón es la experiencia de ser perdonados por Dios... Cuando hacemos experiencia de lo mucho que hemos sido perdonados, somos capaces de perdonar lo poco que nos hayan podido hacer...


Jesús nos dice hoy a nosotros: “¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti? O San Pablo nos dice en una carta: “perdonaos los unos a los otros como Dios os ha perdonado en Cristo”.

Tercera idea: Os habéis fijado que en el padrenuestro hay 7 peticiones a Dios y un compromiso nuestro: “así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. ¿Cómo puede ser que en la plegaria que nos enseñó el mismo Jesús sólo nos pida que perdonemos? Jesús sabe que en el perdón se encuentra la plenitud del amor. Si somos capaces de vivir el perdón entonces vivimos en el amor. (Si perdonas eres paciente,... eres bondadoso,... no tienes envidia,... no eres orgulloso,... no eres egoísta,... no te irritas,... todo lo excusas,... todo lo esperas,... todo lo crees.)

Resumiendo:
Hemos de perdonar siempre. San Agustín decía: “No existe culpa alguna en la que debas negar el perdón”.
Si nos cuesta, si nos parece que es imposible: primero invoquemos a Dios: “Señor ayúdame a perdonar, yo no puedo”. El perdón es un don que hemos de recibir.
Y finalmente, recordemos, haciéndonos presente el perdón recibido de Dios, perdón gratuito, total, amoroso...
Que esta eucaristía haga nuestro corazón más parecido al de Jesús…


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