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Domingo VI del tiempo Pascual:"Me voy y vuelvo a vuestro lado."

 
Sat, 04 May 2013 23:59:00

CAMINEO.INFO.-

Hechos 15, 1-2.22-29
Salmo 66
Ap 21, 10-14.22-23
Jn 14, 23-29

Empieza Jesús hoy el evangelio diciendo: “El que me ama”. Jesús nos habla de la importancia de amarlo. Afecto que se desarrolla en un clima de relación, de diálogo, de encuentro (imagen del buen Pastor, imagen de la vid y los sarmientos). Esta expresión manifiesta también su deseo de ser amado, Jesús desea que lo amemos. Jesús desea nuestro amor. Así interpretaron los padres de la Iglesia la expresión que Jesús dijo en la cruz: “Tengo sed”. Sed de nosotros, sed de nuestro amor.

En nuestra oración pidamos a Jesús: “Jesús, Señor mío Dios mío, que os ame más, dadme experiencia de vuestro amor, que ponga medios para amaros más”. Él ha de ser el gran amor de nuestra vida, el amor que nos cambió la vida, el amor que hizo todas las cosas nuevas...

“...guardará mi palabra”. Los padres, a veces, se desesperan porqué sus hijos no les hacen caso de sus palabras. Los padres dicen a sus hijos cosas muy buenas para su bien, para su crecimiento, para su maduración, para que corrijan algún defecto... y los hijos, a veces, ni caso...
Lo mismo pasa con nuestro Padre del cielo, que por Jesucristo, nos dirige palabras para nuestro bien. Hoy Jesús explicita muy bien este ser transmisor de las palabras del Padre: “Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió”.

Y estas palabras del Padre son para nuestro crecimiento, nuestra maduración, nuestra felicidad, para que todo aquello que en nosotros es verdaderamente humano llegue en Cristo a su plenitud.

En Cristo, nuestra capacidad de amar llega a su plenitud. En Cristo, nuestra libertad llega a su plenitud. En Cristo, nuestra felicidad llega a su plenitud. En Cristo, nuestros deseos más profundos son saciados.

“Guardar su palabra”, vivir su palabra … Nuestra experiencia hacia la Palabra de Dios tendría que ser como la de Jeremías: “Cuando me llegaba tu palabra yo la devoraba. Ella ha sido el gozo y la alegría de mi corazón.”(Je 15,16)

Continuemos... “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”.
“Haremos morada en él”. Es la promesa de la inhabitación. Dios en nosotros, Dios dentro de nosotros, más íntimo a mí que yo mismo, como dice San Agustín. ¡Qué gran misterio!, ¡qué grandeza! Es una realidad de fe, es necesaria la fe para vivirla, y en la medida que en nuestra vida hay pequeños actos de fe en la inhabitación esta realidad de fe se hace más presente en nuestra vida.

A veces, oyes decir, hasta por personas cristianas y practicantes: “lo importante es ser buenas personas”. Cuando oigo esto pienso tres cosas: “no han entendido nada”, “se está perdiendo lo mejor, y no se dan cuenta...”, “han construido un cristianismo voluntarista”.

Porqué digo esto: pienso que la esencia del cristianismo es precisamente esta inhabitación de Dios en nosotros. Para que se entienda mejor, expresiones sinónimas (que no equivalentes) a inhabitación: “divinización, participar de la naturaleza de Dios, ser hijos de Dios, recibir el Espíritu Santo”. Todas estas expresiones apuntan a Dios que habita en nosotros.

¡Dios habita en nosotros!, gran misterio, realidad de fe que hemos de profundizar: su presencia en nosotros transforma nuestro corazón y, por tanto, nuestra vida.

Relacionado con todo esto hoy tenemos la presencia del Espíritu Santo en las lecturas. En la primera lectura aparece una expresión que podría ser un resumen del libro de los Hechos de los Apóstoles: “el Espíritu Santo y nosotros...”. En los Hechos, la presencia del Espíritu Santo es abrumadora, y esto nos habla de una vivencia espiritual que, parece, que nosotros hemos perdido. Pero, ahora que llegará Pentecostés podemos revivirla.

Y en el evangelio, Jesús nos ha dicho hoy: “el Espíritu Santo, que enviará el Padre..., será quien os lo enseñe todo”. Delante de palabras como estas, tendríamos que hacer como María: “María guardaba todo esto y lo meditaba en su corazón.” (Lc 2, 19). Ir pensando/meditando que el Padre desea ardientemente comunicarnos el Espíritu Santo.

El Espíritu Santo, es la tercera persona de la Santísima Trinidad. Creemos en un solo Dios que son tres personas divinas. Por tanto, donde hay el Padre, está el Hijo y el Espíritu Santo, donde hay el Hijo, está el Padre y el Espíritu Santo, y donde hay el Espíritu Santo, está el Padre y el Hijo.

Por esto, después de que Jesús hable de “venir a hacer morada en nosotros”, nos dice el cómo, por la presencia del Espíritu Santo.

Que esta eucaristía nos predisponga espiritualmente a vivir estas dos semanas pidiendo, implorando, la gracia y el don del Espíritu Santo.






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