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Portada:: Reflexión en libertad:: Desiderio Parrilla Martinez:: Dios bendiga el Estado de Israel

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Dios bendiga el Estado de Israel

 
Mon, 30 Apr 2012 07:01:00

La revelación evangélica de la Pasión de Jesucristo ha supuesto un cambio histórico sin precedentes respecto de la defensa de las víctimas inocentes.

El sufrimiento de los inocentes se ha convertido desde entonces en una categoría moral de primer orden.

Con este título, El sufrimiento de los inocentes, el Camino Neocatecumenal presenta una sinfonía este mes de mayo en los EEUU, apoyado por algunas de las autoridades máximas del pueblo hebreo.

Frente a esta acogida de la víctima, el Anticristo supone para la Tradición una vuelta al revés de esta Revelación. El Demonio es "la mona de Dios" que imita a la Santísima Trinidad para obtener en su remedo su justo contrario.

En el Apocalipsis esta perversidad se expresa con la subversión del victimismo. Este victimismo está perfectamente descrito en el libro "La tentación de la inocencia" de Pascal Bruckner. Según el texto joánico el Anticristo toma la Revelación evangélica para darle enteramente la vuelta y obtener su caricatura perversa.

El término Anticristo sólo se encuentra en las Epístolas de Juan (1 Jn 2, 18,11; 4, 3; 2 Jn 1, 7). El Anticristo aparece como quien se opone a Cristo y, por consiguiente, a Dios. El Anticristo es una categoría escatológica cuya esencia consiste en el engaño acerca de la identidad de Cristo. El Anticristo aparece tratado bien como persona bien como mentalidad, queda asociado a Satanás y define un movimiento profano y secular contra la Revelación cristiana en su intento de gobernar las naciones del mundo.

La rehabilitación de las víctimas por parte del cristianismo encuentra su versión satánica en este victimismo anticristiano. Sólo en una sociedad cristiana, regida ontológicamente por el sacrificio de Cristo, la víctima inocente es defendida como valor sagrado; en la sociedad pagana la defensa del inocente perseguido resultaba, por tanto, incomprensible. La versión anticristiana de este maltrato a la víctima, sin embargo, no cabe identificarse con la antítesis de la crueldad pagana sino con su sutil parodia satánica.

Esta parodia reside en el victimismo y consiste en el acto por medio del cual el agente moral se presenta como víctima para así mejor justificar su persecución contra sus adversarios. De este modo, el malvado se sube a la cruz para mejor poder crucificar a sus víctimas. De hecho este victimismo es uno de los rasgos del Anticristo (Zc 11, 17; Ap 13, 2-3. 14). Como Cristo, el Anticristo se presenta como víctima pero para beneficiarse de la transformación cultural que el cristianismo ha provocado sobre el cuerpo social, y presentar como cristiana su violencia anticristiana. Esta perversión moral sustituye en esa misma sociedad la mentalidad cristiana por su opuesto anticristiano, sin que nadie note el cambio de mentalidad y reivindique incluso esta violencia anticristiana como quintaesencia de la cristiandad.

Esta sabiduría antropológica sobre el "Anticristo" está expresada de múltiple formas en la Biblia. En los mencionados pasajes de la Escritura, por ejemplo, el Anticristo sufrirá una herida en la cabeza que será fatal, como Cristo sufrió la coronación de espinas. Como el Demonio, que imita la verdad para poder engañar, el Anticristo se levantará también de entre los muertos. Su resurrección será asistida por Satanás y retendrá las heridas de su martirio, como el cuerpo glorioso de Cristo resucitado mantuvo sus yagas abiertas. La enseñanza antropológica de estos pasajes es clara: el Anticristo asume por entero la Revelación cristiana para ocultarla por entero bajo su contrario perverso.

Sin embargo, actualmente asistimos a una perversión todavía más complicada y barroca de este victimismo anticristiano. Se riza el rizo acusando de victimario a la víctima con un discurso victimista. Esta hiper-victimización, o "Anticristo secular extremo", llamémoslo así, consiste en acusar a las víctimas reales de nuestra injusticia de ser victimistas para así mantener la agresión que nosotros ejercemos contra su inocencia. Acusamos al otro de ser culpable de ser victimista; esta acusación permite prolongar impunemente nuestra violencia anticristiana sobre él.

Ejemplo de esta nueva victimización es la persecución que sufre el Estado de Israel. El núcleo de la verdad es que Europa necesita repetirse a sí misma que Israel no sólo es culpable sino que, además, es victimario. Así aplaca sus propias culpas por la inmisericorde destrucción del pueblo judío que viene perpetrándose en occidente durante siglos.

Esta es la obsesión europea. No sólo acusa a Israel de violento sino denuncia que Israel "va de víctima por la vida" cuando, en realidad, es "uno de los peores verdugos de la historia". Es decir, Europa está obsesionada por demostrar que el Estado de Israel opera con los rasgos apocalípticos del Anticristo; más aún: que el Estado de Israel, como en el medioevo los "judíos pérfidos y deicidas", son el mismo Anticristo. Como vemos, esta obsesión delata una judeofobia extrema que supone una secularización del antisemitismo medieval.

Esta obsesión, sin embargo, manifiesta la estructura de ese anticristianismo satánico de la hiper-victimización. Occidente acusa de victimista al Estado de Israel para legitimar toda la violencia que pueda arrojar contra este Estado y lesionar su soberanía.

Comparto el juicio de Gustavo Perednik sobre este anticristianismo europeo expuesto en la revista El Catoblepas y que re-expongo en forma de resumen.

¿Por qué está Europa empeñada en hurgar solamente los pecados de Israel, un diminuto país que, a diferencia de todas los demás naciones, más o menos pecadoras, era indispensable para salvar millones de vidas de las garras europeas? ¿No cabe preguntarse por qué los defectos de Israel son magnificados con lupas y las vilezas de sus enemigos (y del mundo entero) son omitidas o aun aprobadas?

Los europeos tienden a creer que el motivo de su enfermiza obsesión con Israel es su humana solidaridad con el oprimido pueblo palestino. Pero esa fingida solidaridad tiene un doble mentís. Primeramente, que de entre centenares de pueblos carentes de estado propio, sólo los palestinos despiertan la solidaridad europea. Segundamente, que toda vez que los palestinos sufren por culpa de otros regímenes (Jordania, Kuwait, Arafat) no hay protestas ni lamentaciones. Sólo cuando puede acusarse a Israel (aun indirectamente, como en el caso de Sabra y Shatila) hay furibunda empatía.

En europa es obsesiva la necesidad de inspeccionar en Israel (y sólo en Israel) para revelar pecados de nacimiento.

No hay creaciones humanas perfectas; Israel tampoco lo es. Pero cuando de los doscientos Estados a disposición para el análisis crítico, Europa concentra su cuestionamiento privativamente en la legitimidad de Israel, sus preocupaciones morales resultan sospechosas.

La tierra de Israel fue independiente sólo cuando la poseyó el pueblo hebreo. Este fue despojado de su tierra por la fuerza, y nunca renunció a ella. No existe otro pueblo que haya mantenido por su tierra una incesante fidelidad de más de tres milenios. Y presencia constante. Siempre hubo comunidades de judíos en Israel, aun en los largos períodos durante los que los imperios de turno lo habían prohibido expresa y estrictamente. Importantes comunidades se restablecieron en Jerusalén y en Tiberíades desde el siglo noveno.

El sionismo, como aspiración de retorno y de reparar una injusticia histórica, es milenario. Lo expresaron tanto judíos religiosos (Maimónides o Najmánides, quien se radicó en Israel en el siglo XIII) como irreligiosos como Baruj Spinoza, quien en 1670 declaraba que los judíos recuperarían Israel.

Lo que se produjo en el siglo XIX fue la politización del sionismo, tal como le ocurrió al resto de los movimientos nacionales.

Destaquemos que aunque el pueblo judío era consciente de sus derechos históricos sobre toda la tierra de Israel, siempre estuvo dispuesto a contentarse con sólo una pequeña parte de ella. Estuvo listo a recuperar con alivio aunque más no fuera un territorio cien veces más pequeño que España, un rinconcito en este planeta al que poder volver a llamar finalmente patria, y dejar de ser perseguido. Renunciaba al todo para lograr un poco, por la premura que imponía que miles y miles de judíos fueran asesinados. El nadir de su martirologio llegó en la Segunda Guerra Mundial, cuando uno de cada tres judíos fue asesinado.

Me pregunto: ¿no es este todo esto suficiente para despertar mayor comprensión para con los "pecados" de Israel, para mirarlos con menor rigor del que aplicamos a los pecados de todos los demás países del orbe?

¿Hay algún país que no padezca pecados originales?

¿Cómo han nacido Jordania o Arabia Saudita? ¿No son creaciones pecaminosas de los imperios modernos? ¿Ha revisado Europa los orígenes de otros Estados de Oriente Medio, acompañados en general por agresiones e injusticias?

Los diversos imperios que la gobernaron les habían prohibido a los judíos regresar a Palestina, porque sólo ellos tenían aspiraciones independentistas en el territorio. Cuando a pesar de las trabas, los judíos recuperaron su audacia y comenzaron a regresar a la tierra de Israel en gran escala (1882) moraban allí (junto a algunos miles de judíos) unos doscientos mil árabes. Éstos no tenían ni identidad nacional ni cultura distintivas. Apenas vieron asomar los primeros frutos de la inmigración israelita, los empobrecidos árabes de los países vecinos respondieron a la obra creadora del sionismo: comenzaron ellos también a encaminarse a la entonces Palestina, precisamente porque el arribo de los judíos traía nuevas opciones de trabajo. No había pueblo palestino. No lo hubo hasta bien entrado el siglo XX.

Hasta hoy mismo puede verse en la práctica los beneficios que a los árabes les trajo el renacimiento de la patria hebrea. Es irrefutable que los árabes gozan de mayor prosperidad en Israel que en cualquier país árabe. Y no hablo sólo de nivel económico o cultural. En Israel hay parlamentarios palestinos, jueces palestinos que actúan sin temor, partidos políticos palestinos, diarios y radios. De hecho, es el único país del mundo en donde árabes como grupo exhiben tanta libertad. En ningún país árabe pueden ejercerla.

Los judíos no despojaron a ningún pueblo. La mayor parte de la tierra era estatal. Y el Estado moderno, eran los imperios otomano y británico. Los judíos vinieron a trabajar la tierra, no a desposeer a nadie. Construyeron sus kibutzim, sus aldeas colectivas, su agricultura de avanzada, sus universidades. De todo ello se vieron beneficiados también los árabes, a quienes sus líderes ofrecían sólo las alternativas de bombas, muerte y odio.

El conflicto de Palestina no comienza con la llegada de los judíos, sino con el rechazo de los líderes árabes.

La guerra la desata el agresor. Esos mismos líderes nefastos que no se opusieron al imperio colonial, sí descargaron su ira contra un puñado de necesitados que venían a trabajar el desierto porque en Europa los trataban como un virus, y porque sabían que esa tierra les pertenecía por legítimo derecho histórico. Y Europa alentaba al agresor.

Europa critica las leyes de propiedad de tierra en Israel, que determina que nadie es verdadero propietario de la tierra, sino el ente de forestación. Son leyes muy humanistas que han permitido hacer del desierto un oasis agricultor. Pero Europa no se detiene en logros sino en pecados. En contraste, no revisa las leyes de tierras de ningún otro país. Se habría enterado que la ley de Jordania (uno de los más moderados de entre las naciones árabes) pena explícitamente con la muerte a quien venda tierra a judíos. Habría descubierto que los judíos tienen expresamente prohibida la entrada a Arabia Saudita y a otros países, aun como turistas. ¿Por qué entonces poner el dedo acusador contra Israel? ¿No puede reconocerse aquí nuevamente la obsesión europea?

Rehabilitemos las víctimas inocentes frente a los "Anticristos secularizados".

Dios bendiga a Israel.






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