En su homilía, el Pontífice ha animado a redescubrir “con alegría siempre nueva la gracia de ser Iglesia, comunidad convocada para escuchar la Palabra de Dios”.
Y subrayó que la conversión no es solo individual, sino también
comunitaria: “hace de la conversión una urgencia inseparablemente
personal y pública”.
Frente a la tentación de señalar culpables externos, León XIV fue
directo: el mal “no viene de presuntos enemigos, sino que ha tocado los
corazones, está dentro de la propia vida y debe afrontarse con una
valiente asunción de responsabilidad”. Una afirmación que define el tono
de su mensaje cuaresmal: la Iglesia como “profecía de comunidades que reconocen sus propios pecados”.
El Papa alertó también contra las llamadas “estructuras de pecado”
—económicas, culturales, políticas e incluso religiosas— que condicionan
la vida social. “Podemos sentir en las cenizas”,
continuó, “el peso de un mundo que arde”, como “las cenizas del derecho
internacional y de la justicia entre los pueblos, las cenizas de
ecosistemas enteros, las cenizas del pensamiento crítico y del sentido
de lo sagrado”.
Sin embargo, León XIV ha recordado que la ceniza no es la última
palabra. “Reconocer nuestros pecados para convertirnos es ya presagio y
testimonio de resurrección”, afirmó. En este sentido, no se trata de quedarse en la derrota, sino de “levantarnos y reconstruir”.
Finalmente, León XIV invitó a vivir la Cuaresma no como exhibición, sino
como transformación interior: liberarnos del deseo de “ser vistos a
toda costa” para aprender a ver “lo que nace y lo que crece” y servirlo. Es decir, un periodo para reorientar “con sobriedad y con alegría todo nuestro ser” hacia “el Dios de la vida”.