San Valentín desafió la ley por defender
el amor. No celebramos solo un sentimiento: celebramos una elección. Y elegir
amar, cuando el tiempo empieza a pasar, es un acto de valentía mucho mayor que
enamorarse.
Quienes se asoman por primera vez al acantilado
del amor sienten el vértigo de no saber si aquello que les late dentro es miedo
o esperanza. Una fuerza imperiosa les impulsa a lanzarse al vacío sin saber
que, una vez iniciada la caída, nada volverá a ser como antes. Y sin embargo,
saltan, porque la búsqueda del amor merece, por sí sola, el riesgo de intentarlo.
No hay puerto definitivo para la nave
del amor porque el amor perfecto no existe. El amor no es un lugar al que se
llega: es un viaje sin fin. Una travesía cuyo objeto no es llegar, sino el
viaje en sí mismo. Porque mientras caemos desde el acantilado todo es posible.
El aire aún no tiene forma, el vacío aún no ha mostrado sus límites.
En el umbral del amor no vemos a una
persona: vemos la promesa de una persona. Sobre ella proyectamos todo lo que
deseamos, todo lo que hemos soñado, todo lo que anhelamos. Construimos un
palacio sobre un cimiento inexplorado.
Esa es la paradoja inicial: nos enamoramos
de quien aún no hemos comenzado a conocer, pero imaginamos que lo amamos, sobre
todo, porque todavía desconocemos sus grietas.
El enamoramiento, con frecuencia suele
ser embaucador: nos regala un espejo que nos devuelve la imagen de nuestro
sueño más acariciado. Nos muestra lo que nosotros queremos ver, no lo que es. Y
es esa imagen, aún no contrastada, la que nos impulsa a lanzarnos sin reservas,
persuadidos de que lo que vemos es la promesa cumplida de aquello que siempre
hemos buscado. Sin ese primer vértigo, jamás emprenderíamos la travesía.
La efervescencia del amor
El enamoramiento es una fuerza incontenible
que no pide permiso para entrar en nuestras vidas. Inesperadamente, dos seres
se buscan con urgencia, como si cada uno quisiera abolir la distancia que los
separa. Hay tensión, hambre, una voluntad de encuentro que no admite demora.
El arrebato del impulso obedece a la
urgencia de una conquista compartida. El amor joven es apremiante, se justifica
a sí mismo, no necesita demostrarse. Dos cuerpos que se encuentran, dos
historias que se entrelazan, dos soledades que se atreven a rozarse. Es la
primavera del amor: todo brota, todo emerge con ímpetu irrefrenable.
Pero cuando el deseo inicial ha dicho lo
que tenía que decir, cuando el cuerpo ya no reclama sino que cede, ocurre la gran
transformación. Surge el abrazo que ya no busca posesión, sino reconocimiento.
Ya no hay conquista, sino entrega. Ya no hay tensión, sino acomodo. La
respiración se modera. El latido deja de competir para acompasarse.
Ese abrazo no es cansancio: es armonía.
Una armonía que anticipa lo que el amor puede llegar a ser cuando el oleaje
inicial se transforma en corriente que nos sostiene en el lecho de la plenitud
alcanzada.
La sequía del verano
Pero la primavera, por hermosa que sea,
nunca es eterna. Tras ella siempre llega el estío que se instala, permanece y
extiende su quietud. Es el sosiego del mar cuando cesa el viento y el agua se torna
una lámina inmóvil. Así también el amor, después de la efervescencia, entra en
una calma profunda. Los días se hacen largos, semejantes unos a otros. Lo que
fue oleaje ahora es superficie tersa, y en esa tersura, poco a poco, empieza a
faltar el aire.
No hay sobresaltos. No hay sorpresa. La
repetición se instala en la convivencia, y cuando no se vigila, se convierte en
una costumbre que desemboca en las aguas de la monotonía: el mar muerto donde solo
tiene vida el hastío, el enemigo silencioso que no avisa, que no golpea, que
simplemente se queda hasta que un día el amor, sin saber cómo, ha dejado de
respirar.
Es el tiempo más peligroso del amor. No
porque falte intensidad, sino porque sobra fricción. Las diferencias dejan de
ser encanto y empiezan a ser límite. La libertad añora su amplitud perdida. El afán
inicial amenaza con diluirse en el desinterés de la costumbre.
El peligro del verano no es la tormenta:
es la calma que adormece. No es el desasosiego de la inquietud, es la tranquilidad
de la rutina. Porque un amor que ya no se agita, que ya no se pregunta, que ya
no se sorprende, empieza a ser un amor que sobrevive sin vivir.
La crianza del amor:
del mosto al gran reserva
El amor se
asemeja al proceso de crianza de un buen vino, Lograr que la frescura y
efervescencia de un amor joven —frutal, directo, que se entrega sin reservas—
adquiera la serena solidez de un gran reserva —propia del otoño de la vida—
requiere de los mismos elementos que en la bodega: paciencia, cuidado,
comprensión, saber esperar, aceptar la pérdida de la frescura, y decisión de
permanecer,
Un gran reserva
no se bebe: se paladea. No se traga: se degusta. Al contacto con el aire se le
deja que evolucione libremente.
En el otoño de la
vida, el verdadero amor no se vive con urgencia. No hay prisa. Una mirada basta
para decir lo que antes necesitaba mil palabras. Una caricia es reconocimiento,
no conquista. El otro ya no es el depositario de nuestras fantasías, sino el compañero
de un camino real, con baches y paisajes, con tormentas y calmas.
Ese amor ya no
promete felicidades imposibles. Promete presencia. Ya no ofrece soluciones:
ofrece compañía en la búsqueda. Ya no deslumbra: ilumina, el amor maduro ha
cambiado la intensidad por la profundidad. Y en esa profundidad encuentra una
belleza que el amor joven, con toda su efervescencia, ni siquiera es capaz de
sospechar.
Porque el amor,
como el vino, tiene dos caminos: ser bebido pronto, con alegría inmediata pero
efímera, o esperar y arriesgarse a convertirse en algo muy profundo. Los que
eligen esperar, los que cuidan, los que vigilan sin asfixiar, los que aceptan
que la frescura se perderá para ganar complejidad, esos —solo esos— conocerán
el gran reserva del amor.
El que no se
bebe: se vive.