CAMINEO.INFO.-TRISTE INCREDULIDAD
Se suele decir que la cara es el espejo del alma, que un rostro sonriente transmite paz y que un semblante serio nos muestra una posible preocupación encubierta.
Y aún así el debate sigue abierto, pues muchas veces no somos consecuentes y nos dejamos influir por los modos de pensar y de actuar que dejan un regusto amargo y un vacío imposible de llenar.
Sí, el debate sobre la existencia o no de Dios se acabaría bien pronto si los creyentes fuésemos consecuentes con nuestra fe. Esa fe que nos eleva al plano sobrenatural, que hace que nos sintamos felices pase lo que pase en nuestra vida porque nos sabemos hijos de un Padre que nos quiere.
Porque es muy fácil sonreír cuando todo nos va bien, cuando gozamos de buena salud, cuando tenemos al lado a alguien que nos quiere y que se preocupa por nosotros, cuando no nos falta el trabajo y tenemos dinero en el bolsillo.
Porque, aunque no es fácil si nos falta fe, los creyentes somos capaces de sonreír aunque todo se derrumbe a nuestro alrededor. Y por eso, no resulta extraño que los que se declaran ateos o agnósticos se queden perplejos, y hasta admirados, cuando ven la reacción de una persona de fe ante las adversidades que la vida trae consigo.
Y es que en el fondo, aun sin saberlo, todos los seres humanos anhelamos el amor de Dios.