CAMINEO.INFO.-
Hoy subimos al monte con Jesús. No
es una manera de hablar. Eso es la eucaristía, subir al monte con Jesús.
En este monte que es la eucaristía contemplamos a Jesús (en la Palabra, en el
pan), estamos a gusto, escuchamos la voz del Padre, salir de la misa distintos
a cómo hemos entrado. Más capaces de vivir el día a día, junto con el Señor. De
vivir nuestra cruces junto a Jesús.
El evangelio de la
Transfiguración no es un espectáculo de luz; es una revelación del corazón.
((Y ustedes, después de haber vivido un taller intenso de perdón, saben que))
el corazón —cuando se deja tocar por Dios— puede cambiar de forma. Puede
transfigurarse. Y eso se lo hemos de pedir en cada misa. Que toque nuestro
corazón, que lo transfigure. Se lo pedimos ahora …
El evangelio nos dice hablando de
Jesús: “allí su rostro resplandecía como el sol”. No cambia de
identidad: sigue siendo el mismo Jesús. Pero se transparenta lo que siempre
fue. Se deja ver la gloria escondida.
Eso es la vida cristiana, eso es
el perdón.
La vida cristiana/el perdón no
nos convierte en otra persona. Nos devuelve a lo que somos en verdad:
hijos/as de Dios. La vida cristiana/el
perdón nos quita esclavitudes, malas tendencias, vicios. Nos quita las sombras
que el rencor, la herida, la culpa habían puesto sobre el rostro del alma. El
resentimiento oscurece; el perdón ilumina. La vida cristiana/el perdón no nos
convierte en otras personas, nos ayuda a vivir según lo que somos hijos amados
del Padre, llamados a amar siempre, como hizo Jesús.
San León Magno decía
que en la Transfiguración el Señor quiso “quitar del corazón de los discípulos
el escándalo de la cruz”. Antes de mostrarles el sufrimiento, les muestra la
luz. Porque para atravesar la noche necesitamos la luz.
Todos hemos pasado por momentos
de noche, de desierto, momentos de cruz: heridas antiguas, palabras que
marcaron, ausencias que dolieron. Tal vez también culpas que pesaban como una
losa. La vida cristiana/el taller del perdón no ha borrado nuestra historia de
oscuridades, pero ha dejado que una luz las atraviese. Con la luz de Cristo
todo coje otro sentido.
En el monte aparecen Moisés y
Elías hablando con Jesús. La Ley y los Profetas dialogan con Él. Toda la
historia encuentra sentido en su rostro luminoso. También nuestra historia
herida encuentra sentido cuando la ponemos delante de Cristo. Ponemos nuestras
heridas ante Cristo y él obra, lo hemos visto.
San Juan Crisóstomo
explicaba que Jesús se transfigura para que los discípulos comprendan que la
cruz no es fracaso, sino camino de gloria. Y el perdón tiene forma de cruz.
Perdonar cuesta, no es fácil, duele. Es morir al orgullo. Es soltar
el derecho a la revancha. Es renunciar a tener siempre la última
palabra. Pero cuando uno perdona… algo se ilumina por dentro. La cruz del
perdón es camino de gloria.
Pedro quiere hacer
tres tiendas. Quiere quedarse allí. Allí se está muy bien. Que bien estamos
cuando el corazón se transfigura. Cuando crecemos en la identidad de hijos amados
del Padre llamados al amor y apartamos oscuridades y rencores. Cuando dejamos
que nuestras heridas, nuestra historia sean curadas por la luz de Cristo. “Señor
que bien estamos aquí arriba!” ((Todos hemos sentido algo parecido estos
días: “¡Qué bien se está cuando el corazón se libera!”.))
La voz de Dios Padre dice:
“Este es mi Hijo amado, escuchadlo”. Este es el camino, escuchar al Hijo, a
Jesús. Algunos tendréis dudas de qué pasará, de cómo iran las cosas, de si seré
capaz… Escucha a Jesús, lee el evangelio, ven a misa, habla con el sacerdote, …y
el plan de Dios irá haciéndose presente en tu vida.
Con que frase más bella
acaba el evangelio: “Levantaos, no tengáis miedo”. Es la misma palabra que hoy os
dice a vosotros. ((No tengan miedo de vivir como personas perdonadas y
perdonadoras. No tengan miedo de la fragilidad. No tengan miedo de volver a
empezar.))
¿Sabéis cuantas
veces aparece la expresión “No tengáis miedo” en la Bíblia? 365…una para cada
día del año. Jesús te dice cada día de tu vida: “No tengas miedo, yo estoy
contigo”. No tengas miedo, escucha a Jesús, ábrele tu corazón!.
Gracias a la vida cristiana/el
perdón nuestra vida queda transfigurada… nuestro corazón, nuestra sensibilidad,
nuestro rostro, todo queda transfigurado por el Señor. ¡Que así sea!