Estamos celebrando el
Domingo VI de Pascua. Este domingo nos quiere ir comunicando un gran deseo de
recibir el Espíritu Santo en Pentecostés. Las lecturas nos hablan del Espíritu
Santo para que vayamos sintiendo hambre y sed del él, a la espera de recibirlo
en Pentecostés.
Domingo de la Ascensión +
Domingo de Pentecostés.
En Pentecostés culmina la
cuaresma y la pascua. Todo lo que hemos ido viviendo en estos dos tiempos
litúrgicos es para ser vivificados con mayor intensidad por el Espíritu
Santo.
Con Pentecostés se inaugura una nueva
etapa en la historia de la humanidad. Se inaugura el tiempo de Espíritu Santo.
Dios Padre hace la creación, Dios Hijo obra la salvación, la redención, y Dios
Espíritu Santo es el que produce la santificación en nosotros. El Espíritu
Santo nos lleva a la felicidad, Él nos mueve a seguir los pasos de Jesucristo,
por eso el mismo Jesucristo nos dice: “Os conviene que yo me vaya”.
El Espíritu Santo está llamado a ser en
cada uno de nosotros el principio vital, el motor de nuestra vida. Ya no nos
movemos por nuestros impulsos naturales, o por nuestra manera de ser, … sino
que somos movidos por el Espíritu Santo.
Ejemplo: Imaginaos que al llegar a casa
os critican por algo injusto, la reacción humana es saltar, responder
airadamente, contraatacar, enfadarse.
Esta reacción no viene de Dios. Es una reacción al modo humano, no al
modo divino. A medida que vayamos rezando más, viviendo mejor la eucaristía del
domingo, a medida que vamos dejándonos iluminar y purificar por el evangelio,
entonces iremos recibiendo el Espíritu Santo, que es el Espíritu del amor, que
nos lleva amar siempre y en toda circunstancia y que provoca en nosotros ante
una crítica injusta una respuesta de amor. Parece imposible pero así es.
Tres
bellísimas expresiones hemos oído hoy referidas a esta presencia de Dios en
nosotros:
“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Y
yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con
vosotros, el Espíritu de la verdad. Entonces sabréis que yo estoy en mi
Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros. El que acepta mis mandamientos
y los guarda, ése me ama; y el que me ama será amado por mi Padre, y yo también
lo amaré y me manifestaré en él”.
¡¡Estamos
habitados por Dios!! ¡¡Dios está en nosotros!! ¡¡Qué locura!! ¡Qué don de Dios!
¿Cómo no ser feliz? ¡Las tres personas divinas en nosotros!
Y si habita
Dios en nosotros, ¿¿no os parece que
nuestra vida tendría que ser muy diferente??
Hoy en la primera carta
del apóstol San Pedro se nos dice: “estad
siempre prontos a dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere”.
“Estad siempre prontos” …
¡¡Qué bello!! Siempre dispuestos, siempre abiertos a comunicar una palabra, una
actitud que sea luz … De lo que hay en el corazón…habla la boca
“Dar razón …”
La frase habla de la
disponibilidad a “dar razón de esa esperanza”. Eso nos exige formación. No
podemos dar razones de lo que vivimos si no estamos un poco formados. Pienso
que en un mundo complejo como el actual, un mundo que se aleja del evangelio,
nuestra santificación personal pasa, en parte, por tomarnos seriamente el tema
del estudio personal
Fijaos que esta frase
presupone que tenemos una esperanza. Y que los que nos rodean al ver nuestra
esperanza nos preguntan por ella.
“De vuestra ESPERANZA”
¿Cuál es nuestra esperanza? Nuestra esperanza es Dios, nuestra esperanza es
–como decimos en Navidad- Dios-con-nosotros. Y este Dios con nosotros nos da la
esperanza de:
librarnos de nuestros
pecados
de hacernos crecer como
personas
de amar como Cristo nos
amó
de resucitar junto con
Cristo, ...
Dios nos quiere conceder el Espíritu
Santo, a nosotros nos toca esperarlo, desearlo, pedirlo con humildad, sobre todo
en estos días que nos quedan hasta Pentecostés.