Esta homilía se podría titular “Una exigencia o un don,
de ti depende”.
Cuando escuchamos estas palabras de Jesús: “El que ama
al padre o a la madre más que a mi, no es digno de mi; y el que ama al hijo o a la hija más que a mi, no es digno
de mi; y el que no toma su cruz y sigue en pos de mi, no es digno de mi. El que
halla su vida, la perderá”.
¿Qué nos viene a la cabeza ...
qué pensamos ...? Podemos pensar: “palabras exigentes ... esto es muy difícil...no entiendo tanta
radicalidad ...Jesús a veces se pasa un poco”.
Estos pensamientos no serían
del todo correctos. Lo que tenemos que pensar es que detrás de estas palabras
hay un don ..., una gracia que tenemos que pedir y esperar: “Jesús dame la
gracia de poder vivir eso que propones”.
La propuesta de Jesús es
inalcanzable con nuestras fuerzas naturales. Y esto Jesús lo sabe. Por tanto,
detrás de que cada exhortación tenemos que ver una promesa de gracias.
Cuando Jesús nos dice cosas
como las de hoy, al mismo tiempo nos está diciendo: “Con mi gracia lo
conseguirás”. Que nos recuerda aquella frase suya: “Sin mi no podéis hacer
nada”.
Es preciso pedir la gracia, el
don, de vivir sus palabras.
Hay una pequeña historia que
lo explica muy bien.
Un padre llevó su hijo de cinco
años a subir una montaña. Al cabo de un rato, el niño, agotado, le dijo:
—Padre, no puedo más.
El padre no le contestó:
"Tienes que ser más fuerte. Esfuérzate." Lo que hizo fue agacharse, ponérselo
en las espaldas y decirle:
—Ahora continúa subiendo conmigo.
El niño llegó hasta la cima.
Pero no llegó porque fuera bastante fuerte. Llegó porque pidió ayuda y su padre
lo llevó.
Así es la vida cristiana.
Jesús no nos dice: "Espabila, ya te lo harás." Nos dice: "Ven
conmigo. Déjate llevar. Pídeme mi gracia." Sus exigencias siempre van
acompañadas de su fuerza.
Y esta idea es esencial para
entender el cristianismo: vivirlo como un cúmulo de exigencias o como un don a
recibir. “Una exigencia o un don, de ti depende”.
Otro motivo por el cual Jesús se expresa así es que su mensaje brota de un convencimiento
profundo: “sólo en la medida que, realmente, la persona me siga, encontrará la
vida, la luz, la verdad, la felicidad.” Este convencimiento le lleva a
manifestarse de aquella manera tan radical y sorprendente.
Sólo Dios puede hablar así. Un
hombre no puede hablar de esta manera. Lo que Jesús hace es concretar en su persona el mandamiento de amar Dios sobre
todas las cosas.
Es una manifestación más, un signo más, que revela la
identidad divina de Jesús. Es bonito ir buscando estos signos, y ver que hay
muchos en el evangelio.
Hoy, el Evangelio nos coloca ante una verdad decisiva:
Cristo no quiere ocupar un lugar en nuestra vida; quiere ser el centro de
nuestra vida. Por eso dice: «El que ama a su padre o a su madre más que a mí
no es digno de mí» (Mateo 10,37). Jesús no vino para convertirse en un
interés más entre muchos otros, ni para ser una presencia ocasional en
determinados momentos de la existencia. No vino para esto. Vino para tener un
lugar central en nuestras vidas.
Ayer hablaba con un adolescente, …bulling en el pasado, y
eso deja heridas. Yo le decía: “vale yo te voy a acompañar, vamos a hacer un
camino, pero tu tienes que empezar a rezar. Porque yo tengo el convencimiento
de que es Cristo quien puede sanar tus
heridas. Si no hay oración seria lo dejamos ya.” Es esto, que Cristo
tenga un lugar central en nuestra vida. Entonces y sólo entonces puede actuar
portentosamente.
Las palabras de Jesús, hemos de decir, que son de una
lógica aplastante. Si Él es el fundamento de nuestra vida, si Él es quien le da
sentido, si Él es nuestro destino último. Él debe tener un lugar central en
nuestras vidas. Él no puede ser un complemento. Jesús no puede ser una cosa más
entre muchas cosas. Él debe ser el eje entorno el que gira nuestra existencia.
Por esto, en esta Eucaristía, pidamos una sola gracia:
"Señor, ocupa el centro de mi vida.
Hazme quererte por encima de todo, porque sólo así podré amar de verdad todas
las otras cosas."
Cuando Cristo ocupa el primer lugar, todo el resto acaba
encontrando también su lugar. Ésta es la promesa del Evangelio. Y ésta es la
experiencia de todos los santos.