Málaga/ESPAÑA.- Desde hace unas semanas este cordobés oriundo de la tierra del membrillo -como a él le gusta decir- es el delegado episcopal de Medios de Comunicación Social y portavoz oficial del Obispado de la diócesis. Rafael Javier Pérez Pallarés es una voz que habla alto, claro, sin tapujos y sin esquivar los temas por espinosos que sean. Este estatus de pertenencia a la curia malagueña y el ser uno de los hombres de confianza de monseñor Jesús Catalá no se le ha subido a la cabeza y sigue siendo un cura amable, cercano a la gente, inquieto y todo un referente en el barrio de Cortijo Alto de la capital, donde ejerce su ministerio.
Su vida estuvo a punto de truncarse nada más nacer debido a una enfermedad que casi le cuesta la vida. Ante la gravedad de la situación, fue bautizado en el hospital Reina Sofía de Córdoba por un médico. Hoy, es él quien administra éste y otros sacramentos. Y eso que, aunque siempre fue una persona religiosa, él no quería ser cura cuando empezó a recibir la llamada de Dios en las aulas de un instituto público de Málaga donde cursaba el bachillerato.
Una ciudad a la que llegó con unos trece años debido al traslado de su padre, empleado del Banco de Vizcaya, desde Puente Genil. Con sus padres y su hermana, Rafael Pérez Pallarés se instaló en Huelin y La Paz. Como cualquier chico de su edad se echó novia y tras terminar sus estudios de secundaria se matriculó en Magisterio -en la rama de Educación Especial- e hizo el curso puente de Pedagogía. Se presentó a unas oposiciones y ganó una plaza fija.
Pero en ese instante, en 1993, la vida de este aficionado a la natación, a la playa, a tomar el sol, el cine y la literatura (novela y ensayos prioritariamente) dio un giro radical y entró en el seminario de Málaga. Durante siete años recibió formación teológica, pastoral, comunitaria y espiritual y hubo varios intentos por parte de algunos curas de que abandonara los estudios. Sin embargo, en el Año Jubilar de 2000, el entonces obispo de Málaga, Antonio Dorado Soto, le ordenó sacerdote en la Catedral.
Profesor en Melilla
Su primer destino fue Melilla, donde además de dirigir tres parroquias fue profesor de Teología del campus que la Universidad de Granada tenía en la Ciudad Autónoma, así como director del departamento de Ciencias Sociales y arcipreste. Fueron los años en los que entró en contacto con el movimiento Camino Neocatecumenal -los Kikos-. Previamente estuvo en contacto con el Opus Dei y hoy es miembro de los Misioneros de la Esperanza (Mies).
Tras pasar por Melilla, estuvo al frente de las parroquias de Alameda y Fuente de Piedra en la provincia. Por esa experiencia y por su contacto con otros sacerdotes sabe y mucho del esfuerzo que hacen para llevar la fe a todos los rincones. «Hay curas que se chupan muchos kilómetros de carretera para atender al pueblo cristiano», dice y recuerda que económicamente la labor del cura no está pagada -el salario mensual ronda los 900 euros-, aunque sí espiritualmente: «El que se meta a cura para ganar dinero, lo lleva claro».
Sus estudios en comunicación le abrieron las puestas para ser nombrado vicedelegado de Medios de Comunicación. En 2004 fue trasladado a la parroquia de San Ramón Nonato de la capital, que entonces tenía su sede en un local comercial. Hoy es un templo de estilo modernista, lleno de vida, modelo a imitar y que ha abierto las puertas al barrio y a sus necesidades, especialmente, y como otras iglesias, en estos momentos de crisis.
Por eso este cura que nunca se ha puesto una sotana aunque sí suelo vestir con clergyman se indigna con algunos ataques «injustos» que recibe la iglesia. «No se puede criticar a las administraciones públicas pero sí a la iglesia. Eso me toca las narices porque la iglesia y Cáritas están salvando a muchas familias en los barrios y pueblos», afirma Pérez Pallarés, quien dirige en Canal Sur Radio el programa 'Palabras para la vida', desde donde cada mañana lanza un mensaje de esperanza al iniciar el día.
El director espiritual de la Hermandad de la Salud, de la que es hermano, reconoce que hay curas que no comprenden bien el fenómeno cofrade. Sobre sus nuevas responsabilidades en la curia, «este pecador, como el resto de la gente», como él mismo se define, asegura que es un reto y un privilegio. Cuando se le pregunta sobre si tiene ambiciones para llega a obispo, contesta: «En absoluto. Yo no soy un buen cura y quiero ser santo». A su juicio, un sacerdote debe ser «un mediador» entre Dios y los hombres y considera que la crisis de vocaciones y el sufrimiento de la gente se mitiga «con la experiencia de Dios». Lo dice la voz autorizada de la iglesia malagueña