“En
política, lo importante no es tener razón, sino contar con los votos.”
Otto von Bismarck
El Partido Popular vuelve a
ganar, pero no logra gobernar sin depender de quien pretendía neutralizar.
Mientras el PSOE retrocede de forma casi estructural, VOX crece y consolida su
papel decisivo. Los datos no dejan espacio a interpretaciones complacientes:
cada convocatoria refuerza la dependencia parlamentaria del PP respecto a su socio
incómodo. La cuestión ya no es quién gana las elecciones, sino quién está en
condiciones reales de gobernar.
Las elecciones autonómicas celebradas en Aragón el 8 de
febrero de 2026 no fueron una cita ordinaria con las urnas. Fueron consecuencia
directa de una decisión política. El presidente autonómico, Jorge Azcón,
disolvió anticipadamente las Cortes tras constatar el fracaso de las
negociaciones presupuestarias con VOX. No hubo acuerdo para aprobar los
Presupuestos de 2026, y sin cuentas públicas y sin mayoría estable, el Gobierno
optó por devolver la palabra a los ciudadanos.
No quedaba otra salida habida cuenta de la dependencia
política de VOX. El Partido Popular estaba obligado a buscar el reforzamiento
de su posición parlamentaria para gobernar sin depender de terceros. La
aritmética de la legislatura hacía incómodo el equilibrio. La salida elegida
fue intentar ampliarlo en las urnas.
El resultado fue el contrario al esperado.
En las elecciones anteriores, el PP había obtenido 28
escaños en las Cortes de Aragón. En esta convocatoria descendió a 26. Perdió
representación. No amplió su base. No alcanzó la mayoría absoluta situada en 34
escaños. La operación diseñada para consolidar poder terminó reduciendo el margen.
Mientras el PP retrocedía, VOX protagonizó el movimiento
estructural más significativo de la jornada. Pasó de 7 a 14 escaños. Duplicó su
representación. En porcentaje de voto, ascendió aproximadamente del 11 % al
entorno del 18 %. No se trata de una oscilación marginal. Es una consolidación.
La lectura electoral que dejan esos números es difícil de
maquillar: el discurso del PP no solo no ensancha su base, sino que empieza a
desencantar. En 2023 el PP reunió 237.817 votos; en 2026 baja
a 224.797. Son 13.020 votos menos. En el
mismo movimiento, VOX pasa de 75.349 a 117.347 votos
(+41.998). Dicho de forma sencilla: parte del espacio que el
PP aspiraba a consolidar no le ha sido fiel y, en vez de reforzarlo, la
convocatoria anticipada ha terminado facilitando que el socio incómodo crezca y
se vuelva determinante.
La consecuencia es inequívoca: la dependencia parlamentaria
del PP respecto a VOX es ahora mucho mayor que antes de la disolución de las
Cortes aragonesas. Antes de la convocatoria, el entendimiento era necesario.
Ahora es imprescindible. Se convocó para evitar la subordinación aritmética. Se
ha salido con una subordinación más intensa.
Este patrón no es exclusivo de Aragón. Que el PSOE
retrocede en cada convocatoria es un dato asumido, casi estructural, que ya no
altera el análisis. El problema no es ese. El problema es que el PP gana, pero
no puede gobernar sin VOX. Y cuando se analiza la evolución electoral de ambos,
la tendencia es inequívoca. El PP mejora ligeramente, resiste, e incluso
retrocede, pero no consigue emanciparse. VOX, en cambio, crece con mayor
intensidad relativa y amplía su peso parlamentario. En Aragón el PP pierde
votos y escaños mientras VOX duplica su representación; en Extremadura el PP
avanza, pero el crecimiento de VOX es proporcionalmente mayor que su capacidad
de absorber el desgaste socialista. La consecuencia es clara: en cada cita
electoral aumenta la dependencia del PP respecto a VOX. No se reduce. Se
consolida.
Ese fenómeno es clave para entender la situación. El PSOE
pierde apoyo, pero el PP no logra capitalizarlo. No estamos ante un
desplazamiento ideológico masivo, sino ante una desmovilización. Una parte del
votante tradicional socialista se muestra incómoda con la evolución de la
política nacional y decide no participar. No cruza de bloque. Se retira.
Hay que decirlo sin rodeos: recoger la abstención ajena no
es conquistar electorado. Son dinámicas distintas. El PP ha mejorado
históricamente en contextos de fuerte desgaste socialista. Sus mayorías
absolutas coincidieron con crisis severas del adversario. No fueron expansiones
estructurales profundas, sino respuestas a agotamientos ajenos.
Cuando el desgaste se estabiliza, el techo aparece.
En ese espacio intermedio crece VOX. El fenómeno responde a
una lógica conocida: en escenarios de incertidumbre institucional,
fragmentación territorial y desconfianza hacia los consensos tradicionales, una
parte del electorado busca mensajes simples, directos y sin ambigüedades. La
política se convierte en péndulo. Cuando el centro se percibe difuso, los
extremos ganan nitidez.
Se puede estar o no de acuerdo con sus planteamientos, pero
lo que es claro es que VOX ofrece claridad discursiva. Puede gustar o no, pero
proyecta definición. El PP, en cambio, ha operado con frecuencia en clave
reactiva. Ha respondido a la agenda del Gobierno central y a los movimientos
del adversario. Ha administrado tiempos. Ha evitado rupturas internas. Esa
prudencia institucional puede ser comprensible, pero electoralmente deja
espacios abiertos.
El precedente más claro está en las elecciones generales de
2023 en España. El Partido Popular fue la fuerza más votada. Ganó en escaños.
Sin embargo, no logró articular una mayoría suficiente para gobernar. La
victoria numérica no se tradujo en poder ejecutivo. La fragmentación del bloque
alternativo lo impidió.
Ese precedente no es anecdótico. Fue una advertencia
estructural.
Mientras tanto, Pedro Sánchez
abrió una etapa inédita al consolidar acuerdos parlamentarios con fuerzas que
cuestionan elementos centrales del modelo territorial vigente. Entre ellas, EH Bildu, coalición de la izquierda abertzale en
la que se integran dirigentes procedentes del entorno político de la antigua
ETA. La gravedad política del pacto no reside solo en su contenido, sino en el
precedente: antes de esos acuerdos, Sánchez había negado públicamente en
entrevistas y declaraciones reiteradas que fuera a pactar con Bildu, llegando a
afirmar en 2019: «Con Bildu no vamos a pactar. Si quiere se lo repito veinte
veces». Sin embargo, sus votos resultaron determinantes para la investidura y
para la aprobación de iniciativas clave de la legislatura. Esa estrategia,
discutida por una parte relevante de la opinión pública, ha demostrado eficacia
aritmética para sostener mayorías. Puede criticarse su contenido, pero no puede
negarse su utilidad parlamentaria.
Frente a ese escenario, la alternativa no puede basarse en
esperar el desgaste ni en competir por la hegemonía interna del mismo espacio
ideológico. Si PP y VOX no articulan un marco estable de entendimiento —sea
mediante integración, pacto estructurado o delimitación clara— el resultado
será repetido: suma insuficiente o bloqueo.
Aragón lo confirma con datos. El PP baja de 28 a 26
escaños. VOX sube de 7 a 14. El PSOE retrocede sin que se produzca ninguna
transferencia hacia el PP. La fragmentación se intensifica. La gobernabilidad
depende aún más de acuerdos complejos.
No es una anomalía. Es una tendencia.
El Partido Popular es la única fuerza con implantación
territorial amplia, estructura institucional consolidada y capacidad
demográfica suficiente para liderar una alternativa nacional estable. Esa
posición conlleva responsabilidad histórica. Liderar implica ordenar el espacio
propio, no competir permanentemente por su interior.
La ambigüedad prolongada no construye mayorías. Las diluye.
Convocar elecciones para fortalecer una posición y salir debilitado es una
señal de error estratégico. Persistir en la misma lógica convertiría ese error
en patrón.
Si no hay autocrítica profunda, si no se redefine la
estrategia y si no se asume que ganar votos no equivale automáticamente a
gobernar, el resultado será reiterado.
Seguir ganando elecciones sin que los resultados le
permitan gobernar no es una victoria.
Es una forma lenta de derrota.