«La gratitud no es solo la mayor de
las virtudes, sino la madre de todas las demás.» Cicerón
Hay alguien en el epílogo de su vida, lejos hoy de su
país y de los suyos. No está fuera por azar ni por simple decisión personal. Es
quien, desde la más alta responsabilidad del Estado, devolvió a los españoles
la soberanía y la libertad política tras décadas sin ellas. Su salud es frágil.
Ha manifestado públicamente su deseo de regresar para terminar aquí sus días.
No pide honores. Pide simplemente… volver. Y, sin embargo, la respuesta
colectiva oscila entre el silencio, la incomodidad y la indiferencia.
Juan Carlos
I vive fuera de España desde 2020 en un contexto en el que su regreso no es un
asunto puramente personal. La decisión de su salida se presentó oficialmente
como un gesto orientado a facilitar el ejercicio de la Jefatura del Estado por
parte de su hijo. Desde entonces, cualquier movimiento relacionado con su
presencia en España exige una delicada coordinación institucional.
Porque en
una monarquía parlamentaria, la Casa del Rey y el Gobierno deben caminar de la
mano con especial prudencia. Más aún en un clima político donde la institución
es objeto de debate y cuestionamiento constante. Esa necesidad de equilibrio
explica que determinadas decisiones respecto al rey emérito se hayan llevado
más lejos de lo que, en otras circunstancias, probablemente se habrían llevado.
Su situación
actual, por tanto, no depende únicamente de su voluntad ni puede entenderse
como un simple retiro personal. Se inscribe en un marco institucional complejo,
donde la estabilidad de la Corona, la relación con el Gobierno y la
sensibilidad política del momento condicionan cada paso.
Pero, más
allá de lo evidente, hay una pregunta que en conciencia deberíamos formularnos:
¿cómo hemos llegado a que un hombre que ocupó durante casi cuarenta años la más
alta magistratura del Estado termine sus días solo y lejos del país al que
dedicó su vida?
Porque antes
que rey, antes que símbolo, antes que institución, es una persona. Un hombre cuya
biografía quedó ligada a España desde la infancia, cuando su vida comenzó a
orientarse hacia un destino que él no eligió. Desde entonces, su existencia
quedó inseparablemente unida a este país, no solo en su dimensión pública, sino
en la más íntima y personal.
Pero
apartemos el ruido y recordemos con serenidad.
La Corona
que un día podría ceñir —cuando aún nada estaba decidido en firme— no habría de
representar a una ideología, sino a todos los españoles. Esa era la condición
de su legitimidad: ser punto de encuentro, no de división.
Desde que
era Príncipe de España, trabajó con una idea clara: que este país necesitaba un
sistema democrático moderno. No fue un espectador de la Transición. Fue el
motor discreto que, desde la sombra, sostuvo el equilibrio necesario para que
otros pudieran avanzar con confianza. Supo ofrecer a todos —a quienes procedían
del régimen y a quienes llegaban desde la oposición y el exilio— la seguridad
de que el camino que se abría no conducía a la ruptura, sino a la convivencia.
Esa confianza fue, quizá, el elemento invisible sin el cual la Transición no
habría llegado a buen puerto.
Intercedió,
a través de terceros, para facilitar la incorporación al proyecto común de
fuerzas políticas que permanecían en el exilio, especialmente el Partido
Comunista. No se trataba solo de sumar voluntades, sino de hacer posible la
convivencia dentro de la diversidad. Sin esa integración, la Transición
difícilmente habría podido desarrollarse en los términos de concordia en que
finalmente lo hizo.
Bajo ese
impulso se fraguó una Transición política pacífica que, medio siglo después,
sigue siendo observada en el mundo como un ejemplo de cambio sin ruptura
violenta.
Cuando llegó
el momento decisivo, al redactarse la Constitución de 1978, renunció voluntariamente
a los poderes heredados del franquismo y los devolvió al pueblo español,
haciéndolo soberano de los mismos. En aquel proceso constituyente, su posición
institucional le habría permitido conservar parte de esa capacidad de decisión
dentro del nuevo sistema. Sin embargo, optó por limitarla y someterla por
completo a la soberanía nacional expresada en la Constitución. Ese gesto no
tiene precedentes en nuestra historia reciente.
Durante
décadas fue, además, un extraordinario embajador internacional de España. La
imagen exterior de nuestro país quedó asociada a una Transición pacífica hacia
la democracia que despertó respeto y admiración en el mundo. Esa circunstancia
otorgó a su figura una autoridad moral y un prestigio personal que pocos
dirigentes españoles habían conocido en tiempos recientes. Gracias a ello,
España pasó de ser una periferia política a convertirse en un interlocutor
respetado en la escena internacional.
Y sí,
cometió errores. Como los comete cualquier ser humano a lo largo de su vida. La
historia de los hombres no se mide por la ausencia de fallos, sino por el
conjunto de lo que fueron capaces de construir.
En su caso,
sin condena judicial, la respuesta institucional fue inmediata y de enorme
impacto: desaparición de la vida pública, salida del país y reprobación moral
constante.
En otros
episodios recientes, marcados por la pérdida irreparable de vidas humanas y por
un dolor social difícil de medir, la respuesta institucional ha discurrido por
cauces técnicos, administrativos y judiciales, sin que se haya materializado
una asunción visible de responsabilidad política o moral acorde con la magnitud
de lo sucedido.
No es una
cuestión de nombres ni de quedarse en el formalismo institucional. Es, por
encima de todo, una cuestión de humanidad.
Y esto
conduce a una reflexión más profunda: qué revela de una sociedad la manera en
que mide la responsabilidad moral de quienes la han servido.
En el caso
del rey emérito, la cuestión trasciende a su persona y nos obliga a
preguntarnos qué dice de una sociedad la forma en que trata a quienes formaron
parte decisiva de su propia historia.
España le
debe a Juan Carlos I, como estadista, el periodo más largo de su historia
reciente de paz, desarrollo, progreso y libertad, incluida la libertad de expresión
que hoy permite a muchos criticarle sin temor. Una libertad que se ejerce,
además, en la certeza de que la Corona, por su propia condición constitucional,
no participa en ese debate.
Y, pese a
todo ello, resulta difícil no percibir una desproporción entre lo que se le
exige y lo que se le debe.
Ha
manifestado su deseo de regresar. La reina Sofía ha expresado su voluntad de
estar a su lado. El paso del tiempo y el visible desgaste físico propio de la
edad forman ya parte de su realidad cotidiana. Son hechos humanos, no
políticos.
Y aquí surge
la pregunta que deberíamos hacernos con serenidad:
¿Queremos
que, en sus últimos años, un hombre al que tanto debe este país sienta que le
hemos dado la espalda?
Porque la
indiferencia también es una forma de respuesta. Y lo que hoy hagamos —o dejemos
de hacer— no solo hablará de él ante la Historia, sino del respeto que tenemos
hacia las instituciones que un día representó y, sobre todo, del respeto que
una sociedad es capaz de guardarse a sí misma.