“La injusticia en cualquier parte es una
amenaza a la justicia en todas partes.”
Martin
Luther King Jr.
El respeto a
las víctimas no se mide por homenajes ni declaraciones solemnes, sino por la
verdad, la prevención y la asunción de responsabilidades. Este editorial
analiza el siniestro ferroviario de Adamuz desde una perspectiva moral,
política y democrática, y plantea una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué
significa realmente respetar a las víctimas cuando lo que ha fallado es la
misión misma de proteger a los ciudadanos?
Desde el
primer momento en que se tuvo noticia del desgraciado siniestro ocurrido en
Adamuz, comenzaron a escucharse voces evasivas —sobre todo de aquellos que
pudieran estar más o menos implicados— apelando al respeto a las víctimas.
Cuarenta y
cinco vidas truncadas: padres que no volverán a ver crecer a sus hijos, hijos
condenados a aprender demasiado pronto el significado de la ausencia, hogares
partidos en un antes y un después imposible de suturar. En Adamuz no hubo solo
un siniestro ferroviario: hubo proyectos vitales segados, familias rotas,
futuros que nunca llegarán a ser, biografías interrumpidas y un dolor íntimo
que ninguna cifra, indemnización ni homenaje podrá jamás recomponer.
El verdadero
respeto a las víctimas está ligado a la responsabilidad previa, no a la puntual
exhibición de diligencia. Immanuel Kant lo formuló con claridad al sostener que
tratar a las personas como fines implica no exponerlas a riesgos evitables. Y
ese principio no se satisface por el simple hecho de actuar, invertir o
declarar que se ha actuado.
Se ha
afirmado que se han invertido 700 millones de euros en la línea en la que tuvo
lugar la tragedia; que se han realizado obras de mantenimiento; y que dichas
obras han sido verificadas. Nada de ello se discute. Lo que sí debe examinarse
—porque ahí reside el núcleo de la responsabilidad— es si esas actuaciones
fueron técnicamente suficientes y adecuadas a la realidad del tráfico actual.
Porque la pregunta incómoda no es si se actuó, sino cómo y con qué criterios se
actuó.
¿Se tuvo en
cuenta el notable aumento del tráfico ferroviario sobre ese tramo?
¿Se evaluó
que no solo circulan hoy muchos más trenes que cuando la infraestructura se
inauguró hace más de treinta años, sino que, además, muchos de ellos son de
mayor peso, incrementando de forma significativa la fatiga de los materiales y
las exigencias estructurales?
Nada se ha
dicho a este respecto por parte de quienes ostentan las competencias. Mientras
estos extremos no sean aclarados, harían bien los responsables en mostrarse
cautos ante afirmaciones indirectamente exculpatorias. Lo único incuestionable
es que el siniestro se ha producido: los 45 muertos y las decenas de heridos
están ahí; los hierros retorcidos, testigos mudos de la violencia del impacto,
también están ahí; y están ahí, sobre todo, los deudos de las víctimas,
condenados a convivir con una ausencia que ninguna explicación tardía ni ningún
gesto protocolario podrá reparar.
En sistemas
técnicos complejos, las casualidades rara vez existen. Siempre hay una
causalidad. Cuando una infraestructura falla tras haber sido oficialmente
renovada y revisada, la cuestión deja de ser meramente administrativa: pasa a
ser técnica, económica y política. Y cuando la prevención se reduce a un mero
cumplimiento formal y el resultado lo desmiente trágicamente, el pretendido
respeto posterior —por solemne que quiera mostrarse— no es más que humo. No por
falta de gestos o palabras, sino por la ausencia de los únicos hechos que
importan: aquellos que esclarecen lo ocurrido, reparan en la medida de lo
posible el daño causado y evitan que vuelva a repetirse.
Frente a actos
solemnes, declaraciones grandilocuentes y homenajes protocolarios que no
reparan nada ni mitigan en absoluto el dolor de los afectados y de los deudos
de las víctimas, el respeto auténtico solo puede demostrarse de una manera:
permitiendo y propiciando que se conozca cuanto antes la verdad completa de lo
sucedido. Todo lo demás pertenece al ámbito de la liturgia, no al de la
responsabilidad.
Y esa verdad
solo puede alcanzarse mediante una investigación verdaderamente independiente,
capaz de exponer ante la sociedad la realidad de los hechos y de exigir que
quienes resulten responsables asuman sus responsabilidades, ya sean civiles,
políticas o penales, si las hubiere. Sin verdad, sin depuración de
responsabilidades y sin consecuencias, no hay respeto: hay puesta en escena.
Cuando los
gestos simbólicos se instrumentalizan como supuestas muestras de respeto y se
acompañan de silencios estratégicos o dilaciones tácticas, el mensaje implícito
es devastador: la liturgia importa más que la verdad. Sociológicamente, eso
erosiona la confianza pública; políticamente, degrada la rendición de cuentas;
filosóficamente, vacía de contenido la noción misma de dignidad humana. La
víctima deja de ser sujeto de derechos para convertirse en objeto de gestión
del daño reputacional.
El papel del
Estado y de los responsables técnicos y políticos exige aquí una crítica
severa. La tentación de desresponsabilizarse —señalar a niveles intermedios,
esconderse tras informes internos, convertir la investigación en trámite— es
tan vieja como el poder. Pero cada omisión y cada retraso agravan el daño
moral.
Precisamente
por eso es imprescindible separar con nitidez dos planos que nunca deben
confundirse. La acción de la justicia debe desarrollarse con serena solidez,
con la independencia y las garantías que exige el Estado de Derecho, sin
interferencias ni presiones de ningún tipo. Esa exigencia es irrenunciable.
Sin embargo,
el respeto a los tiempos judiciales no puede convertirse en coartada política.
La responsabilidad política no está supeditada a resoluciones judiciales ni a
sentencias firmes. Opera en otro plano y con otra lógica: la de la rendición
inmediata de cuentas por la gestión de lo público. Y en ese terreno, el paso
del tiempo no exime; agrava.
En cualquier
país con una cultura democrática mínimamente exigente, una tragedia de esta
magnitud, ocurrida en un ámbito de responsabilidad directa, habría provocado
—cuando menos— la dimisión voluntaria del responsable político del ramo. No
como reconocimiento de culpa penal, sino como gesto elemental de respeto
institucional hacia las víctimas, sus deudos y la sociedad en su conjunto.
Porque la misión de un Gobierno no se limita a administrar recursos o gestionar
procedimientos: incluye, de manera esencial, la protección de los ciudadanos, y
cuando esa función básica fracasa, la responsabilidad política no puede
diluirse en explicaciones ni acomodarse al ritmo de los tribunales.
Permitir que
el tiempo de la justicia beneficie políticamente a quienes están bajo
escrutinio no protege el Estado de Derecho: lo erosiona. Porque mientras los
jueces investigan, la política no puede esconderse. Y cuando lo hace, no está
defendiendo la legalidad, sino amparándose en ella para no asumir
responsabilidades.
En casos tan
excepcionales como este, los medios de comunicación, cuya función es
consustancial a la propia existencia de una democracia, no pueden abdicar de su
responsabilidad sin vaciarla de contenido. En una sociedad libre no son un
actor accesorio ni un mero canal de transmisión: son garantes del control del
poder, de la transparencia y del derecho de los ciudadanos a conocer la verdad.
Si renuncian a esa función —por comodidad, por cálculo o por dependencia— no
solo empobrecen el debate público, sino que debilitan los pilares mismos del
sistema democrático.
Sustituir la
verdad por el relato tiene consecuencias profundas: normalizar la mentira útil;
cambiar la justicia por la liturgia asienta la impunidad; reemplazar la memoria
por el olvido administrado enseña a la sociedad que el dolor es negociable. A
la larga, la instauración de esas prácticas, propias de regímenes autocráticos,
es letal. No solo para las víctimas, sino para la idea misma de Estado
democrático.
Respetar a
quienes murieron en Adamuz —y a quienes sobrevivieron— no admite atajos ni
eufemismos. Exige hechos, no palabras. Exige que el poder responda por aquello
que gestiona en nuestro nombre. Todo lo demás es ruido. Y el ruido, cuando tapa
la verdad, también mata.