«Donde terminan las
palabras, comienza la música»
Richard Wagner
La
música suele acompañarnos sin exigirnos nada. Está ahí, suena, pasa. Pero hay
ocasiones —pocas, memorables— en las que deja de ser un simple sonido y nos
obliga a detenernos. Es el momento, en el que escuchar ya no basta y se produce
el milagro.
Cotidianamente
vivimos rodeados de música y, sin embargo, rara vez somos conscientes de lo que
representa. La usamos como fondo, como acompañamiento, como un adorno habitual.
La dejamos sonar mientras hacemos otras cosas, como si fuera un ruido amable
destinado a rellenar silencios incómodos. Y, sin embargo, la música es todo lo
contrario: no está hecha para llenar el vacío, sino para ennoblecerlo.
La música
forma parte esencial de nuestra vida, aunque con frecuencia no lo sepamos,
porque la reducimos a un simple divertimento. Pero es mucho más que eso. Es el
lenguaje universal que compartimos todos los seres humanos, el que expresa
nuestra parte más noble: las emociones y los sentimientos. En la misteriosa
esencia de ese lenguaje incorpóreo no existen las diferencias, porque todos
reaccionamos de manera semejante ante el gozo y el dolor.
La música
es una forma de expresión tan vasta que puede llenar una vida entera, aunque
una sola vida no baste para colmarla de música.
Las
palabras nos sirven para comunicar ideas, deseos y proyectos. Nos permiten
pensar juntos, pero también nos separan. La lengua, que debería ser puente, se
convierte con demasiada facilidad en frontera. Nos une y nos divide a partes
iguales. La música, en cambio, no conoce ese riesgo. No pregunta quién eres, de
dónde vienes ni qué piensas. Simplemente llega y se instala en nosotros porque
todos coincidimos. En la emoción no hay pasaportes.
Por eso,
cuando las palabras se agotan, comienza la música.
Hay quien
la oye y le basta: le acompaña, le distrae, le alivia la soledad. Hay quien la
escucha y la disfruta, reconoce su belleza y aprecia su armonía. Y hay quien la
siente, quien la vive como una experiencia íntima que lo inunda todo y lo
transforma. Porque la música no está hecha solo para oírse, ni siquiera para
escucharse: está hecha para sentirse. Para captar toda su grandeza hay que
detenerse, cerrar los ojos, liberar el espíritu y dejar que cada nota penetre
en nosotros por cada poro de nuestra piel.
Solo así
se puede gozar la verdadera magnitud de su mensaje. La música es como un
perfume: no se impone, se insinúa. Revela la armonía secreta que el compositor
dejó encerrada entre las cinco líneas del pentagrama y opera el milagro de
hacer sonoro nuestro yo más íntimo, poblándolo de sensaciones inmateriales
imposibles de traducir en palabras.
Porque la
música no vive en la partitura. La partitura es solo un soporte, un mapa, una
promesa. La música nace cuando alguien —un ser humano concreto, con su
sensibilidad, su experiencia y su riesgo— decide recrearla. No basta con
ejecutar lo escrito. Es necesario entrar en el espíritu del compositor,
impregnarse de él, habitarlo, dejar que atraviese el propio cuerpo antes de
entregarlo a los demás.
En ese
acto de recreación reside el verdadero sentido de la interpretación. Y desde
ahí se comprende también el papel del director de orquesta. No es un ejecutor
ni un dictador del tempo. Tampoco un vigilante de la corrección. Es, o debería
ser, un mediador emocional: alguien capaz de escuchar lo que el compositor dejó
entre líneas, transmitirlo a la orquesta y abrir un camino para que esa emoción
alcance al oyente.
El
Concierto de Año Nuevo de Viena es, en ese sentido, mucho más que un evento
musical. Es un rito cultural. Una tradición compartida que inaugura el año no
con discursos ni consignas, sino con música. Y no con cualquier música, sino
con aquella que expresa una forma de estar en el mundo: la de un pueblo que
canta, baila y se reconoce en su propia alegría.
Desde que
la radio y la televisión comenzaron a llevarlo a los hogares españoles, el
concierto forma parte de la memoria colectiva de varias generaciones. Radio
Nacional de España empezó a retransmitirlo en la década de los cincuenta y,
desde 1971, Televisión Española lo incorporó de manera definitiva a la liturgia
del inicio del año, convirtiéndolo muy pronto en un acontecimiento cultural de
primer orden. No es solo lo que suena; es lo que significa. Una hora en la que
el tiempo parece suspenderse y la música ocupa el lugar que otras veces ocupan
las palabras.
Este año,
la responsabilidad de ponerse al frente del concierto recayó en el director
canadiense Yannick Nézet-Séguin. Un reto mayúsculo, porque la Filarmónica de
Viena no es una orquesta necesitada de lecciones técnicas ni de autoridad
impuesta. Es una formación con memoria, con carácter, con una tradición viva
que solo responde al reconocimiento mutuo y no tolera la impostura.
Nézet-Séguin
lo comprendió desde el primer gesto. No empuñó la batuta como un símbolo de
poder, sino como una prolongación de sí mismo. No impuso: propuso. Todo en él
era música antes de que la música sonara. Cada mirada, cada respiración, cada
movimiento del cuerpo estaba al servicio de una sensibilidad compartida. No
hacía falta autoridad cuando había convicción y el director supo cuando había
de dejar la batuta para no molestar a la orquesta..
Así logró
transmitir la mayor riqueza de la música, que no reside únicamente en su
realidad sonora, sino en su capacidad para despertar las sensaciones más
profundas. Incluso los silencios —esos instantes que muchos temen— quedaron
cargados de sentido y se integraron como parte viva del discurso musical.
Yannick
Nézet-Séguin consiguió que los espectadores, presentes y en la distancia,
vivieran la música de los Strauss no solo como belleza sonora, sino como
expresión de una forma de vivir: la de un pueblo con alma que canta, baila y se
reconoce a través de su música.
Ahí reside
la verdadera grandeza de este arte: no en dónde suena mejor ni en su ajuste
perfecto, sino en lo que provoca dentro de cada uno de nosotros. La música
alcanza su plenitud cuando deja de pertenecer solo al escenario y empieza a
resonar en el interior del oyente, cuando algo se mueve sin saber muy bien por
qué.
Eso no se
enseña. No se explica. Solo se transmite.
Y cuando
ocurre, la música sigue sonando, pero el oyente deja de permanecer al margen:
deja de escuchar desde fuera y empieza, por fin, a vivirla desde dentro.
Ahí es
donde sucede el milagro de la música.